La feminista estadounidense Kate Millet, que en septiembre hubiera cumplido noventa años, dejó escrito en su libro Política Sexual que el amor es el opio de las mujeres y lo explica con estas palabras: “Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”. Considera que la relación entre los sexos es una relación de poder, que el sexo es una categoría social impregnada de política y que el patriarcado es la expresión de la política sexual, una formulación que supuso un paso decisivo en el Movimiento Feminista de los años setenta del siglo pasado, no sin tensiones incluso dolorosas, pues se trataba de superar una historia dispersa en ámbitos privados y de conquistar una identidad como sujetos autónomos con poder y capacidad de decisión. El lema feminista “lo personal es político” lleva implícita una politización que es imprescindible para seguir luchando por la igualdad, también en el espacio que el patriarcado trata de asignar a las mujeres y que es el ámbito de lo doméstico y de las emociones, del amor que debe ser ternura y fortaleza, pero puede convertirse en dominio y tiranía. Tengamos en cuenta que el amor aparece en el imaginario colectivo como algo que sobrevuela por encima de los tiempos, mágico e inmutable, pero es un sentimiento que forma parte de nuestras vidas como seres históricos que somos, y ahí están las contradicciones del sistema capitalista: el mercado, la competitividad, el individualismo…
La feminista sueca Anna Jonasdottir en su libro El poder del amor coloca, en el centro del análisis, lo que ella llama “el patriarcado formalmente igualitario” porque, efectivamente, en sociedades democráticas donde la igualdad de sexos está garantizada en la ley, no hay un correlato de igualdad en todos los ámbitos de la vida y el amor puede ser un poder que no solo oprime, sino que explota, dado que en las relaciones de reproducción, las mujeres aportamos una plusvalía emocional en las distintas formas de cuidado, abnegación, servicio y entrega que parecen formar parte de la naturaleza y, por lo tanto, es difícil percibir esa realidad en términos de contradicción de género. Pero eso no quiere decir, según Jonasdóttir, que las mujeres seamos víctimas de una falsa conciencia o conspiración masculina, sino que es algo más profundo y perfectamente encajado en la trama de pactos y trampas del patriarcado y, de este modo, la explotación del amor se presenta sin coerción ni abuso de forma consistente y se brinda libremente porque existe una libertad supuesta, según la cual ambas partes —hombres y mujeres— se benefician y otorgan su pleno consentimiento. Es algo parecido a lo que ocurre en las relaciones de producción: los trabajadores y trabajadoras tienen que ser libres legalmente para vender su fuerza de trabajo, es decir, para ser usados y desarrollados al máximo en sus capacidades con unos objetivos determinados; consideran que lo que reciben a cambio les compensa pues, como dice Allen Wood, obtener un beneficio y sufrir la explotación son dos caras de una misma moneda. En la conciencia de muchas mujeres no hay maltrato, ni exigencia, ni siquiera infelicidad, y esa situación de desigualdad se mantiene como algo natural y determinado, contra lo que no hay respuesta posible.
Sin embargo, es necesario señalar esa injusticia histórica, seguir defendiendo que lo privado es público y reivindicando el pan y las rosas. Para luchar contra la explotación y el dominio, queremos hacer del amor una causa para la revolución: será un amor expresado y vivido en libertad e igualdad y ése será su único poder.








