Walter Benjamin, en una conferencia que dictó en París en 1934 titulada “El autor como productor”, defendió la tesis de que una obra revolucionaria no solamente debe serlo en su tema o contenido, sino que tiene que revolucionar los medios de producción que la producen. Para ello el autor tiene que someter a examen su propio trabajo, reflexionar sobre su posición en el proceso productivo y sacudirse de la ilusión inscrita en la ideología literaria, desembarazándose de la idea de genio y creador. El autor es un productor y su función organizadora pasa por incluir, en el proceso productivo, a todos aquellos que hasta el momento habían quedado fuera: permitir que los de abajo cuenten su propia historia, fundando una nueva solidaridad entre los intelectuales y el proletariado.
Los periodos de revolución facilitan este encuentro solidario y, al tiempo que en ellos se cuestiona la propiedad de los medios de producción, se desestabilizan también los medios de producción simbólicos y culturales. Sucedió tanto en la revolución rusa como en la cubana, pero también en la guerra civil española, y un poco antes en la revolución de Asturias de 1934. El escritor José Díaz Fernández, uno de los mejores representantes de lo que se denominó “literatura de avanzada”, autor de novelas como El blocao (1928) o La Venus mecánica (1929), o del influyente ensayo en el campo político y cultural de los treinta El nuevo romanticismo (1930), cuando estalló la revolución se trasladó al lugar del acontecimiento para escribir una “novela”, que saldría a la luz en 1935 bajo el título de Octubre rojo en Asturias.
Para escribir esta obra José Díaz Fernández se liberó del autor y se convirtió en productor. Para hacerlo tuvo que posicionarse en contra de los tres elementos constitutivos de la ideología literaria: la noción de autor, la de lector y de la ficción. Para prescindir del núcleo básico que constituye la ideología literaria, la noción de autor, Díaz Fernández se liberara de su “marca de autor”, su nombre propio, el lazo simbólico que le vincula al campo cultural constituido, para firmar el libro con el seudónimo de José Canel. La desaparición, o al menos el cuestionamiento de la noción de autor, establece una ruptura con la dicotomía burguesa sujeto/objeto. Con Octubre rojo en Asturias no asistimos a la versión de los hechos de un sujeto que nos cuenta “lo que ha visto”, que despliega su mirada subjetiva y crítica ante un objeto real de conocimiento (en este caso, la revolución). El autor se borra, se desprende de la mirada privilegiada que se le presupone, para que sean los propios protagonistas quienes cuenten su historia.
El texto no interpela al lector en tanto que individuo, apelando a su conciencia personal, sino que se dirige a una clase para que se organice y participe en la lucha revolucionaria
Tras desestabilizar la noción de autor, el texto hace lo propio con la de lector. La ideología literaria burguesa define la lectura como un encuentro entre dos individuos que se comunican más allá del tiempo y el espacio, y comparten, en el acto de leer, un diálogo íntimo. La identificación autor/lector, elemento constitutivo de la ideología literaria, suele producirse a través de la presencia de un protagonista, configurado a partir de unos valores que se presentan como universales. En Octubre rojo en Asturias no hay identificación íntima o individual posible; el texto carece de protagonista o, mejor dicho, construye un protagonista colectivo que se produce en la lucha. El texto no interpela al lector en tanto que individuo, apelando a su conciencia personal, sino que se dirige a una clase para que se organice y participe en la lucha revolucionaria.
El tercer elemento que Octubre rojo en Asturias cuestiona es el de la ficción. Como la famosa máxima de Marx sobre Feuerbach, ya no se trata de interpretar ni de representar el mundo, ahora se trata de transformarlo. Tampoco desde la literatura, que tiene que dejar de ser “literaria”, es decir, dejar de responder a aquello que la ha constituido históricamente, para poder elaborar un discurso otro capaz de contribuir a la lucha por la emancipación. Como si la ficción constriñera la potencia revolucionaria del texto, este aspira a ser verdad, no ya representación o reflejo, sino la realidad misma. No es casualidad que en estos tiempos revolucionarios surgiera un nuevo género literario —o postliterario— en el que se inscribe Octubre rojo en Asturias: la novela documental, tan bien definida por Víctor Fuentes en La marcha al pueblo en las letras españolas como un género donde “la voz del narrador se funde con la de los otros y deja grandes espacios para que éstos, los subalternos, oprimidos y vejados, dialoguen directamente con el lector”.
Como decía Raymond Williams, “las formas de la conciencia de la clase obrera son forzosamente diferentes de las formas literarias de otra clase, y es una larga lucha encontrar formas nuevas y adecuadas”. Con Octubre rojo en Asturias se está participando en esa búsqueda de una forma literaria otra para luchar desde la explotación contra la explotación. En ella no se trata solamente de narrar la revolución sino de revolucionar la literatura al tiempo que esta se produce y se narra. El autor como productor benjaminiano no se detiene ante la realidad únicamente para contarla, sino que revoluciona sus propios medios de producción para hacerlo de la manera políticamente más eficaz. Así opera el autor/productor de Octubre rojo en Asturias, liberándose de los lazos simbólicos que constituyen la literatura burguesa y ensayando una nueva práctica literaria que sea capaz de contar aquello que la literatura, acaso por su propia lógica interna, nunca ha podido narrar: lo real de la explotación y su lucha por construir un mundo libre y sin clases.







