En la calle Jerez de Sanlúcar de Barrameda, en el centro del Barrio Alto (abajo está la parte moderna y más gastronómica), hay varios poyetes que coinciden con los ventanales de una farmacia. Dos poyetes pequeños, donde cabe una persona, y dos más grandes. Uno de los grandes suele estar ocupado por el vendedor de cupones, siempre rodeado de gente; el otro banco, cerca de la esquina con la puerta de Jerez, donde aún queda parte de la antigua muralla, es el poyete Freud, donde se sienta la gente y habla a lo largo del día, sobre todo por las mañanas. Pueden caber tres personas, pero lo usual es que haya dos, una en cada extremo.
Algunos comentan que ya han estado en su parcela, unas pocas aranzadas de naranjos y viñas, con gallinas y un caballo. Es un rito diario eso de ir a la parcela, que casi todos tienen. Uno ha concluido, después de relatar una serie de peripecias judiciales y familiares, que es en las herencias donde se conoce a la gente de verdad. Los más viejos suelen contar su vida antes de concluir que se sienten bien o mal en la recta final. Otro ha concluido que no hay que repartir las cosas entre los familiares cuando aún estás vivo, porque se lía siempre la mundial.
También se habla de política en el poyete Freud.
—Están las cosas muy complicadas, ¿verdad?
—Más liadas que un euro de fideos.
—Yo apago la radio todas las mañanas. Qué agobio. Gritan y se interrumpen y todo lleno de anuncios que parecen empujarte. Y nada bueno: todas las noticias son de algo malo. Como si todo fuera… la política de altura, me refiero…. un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Luego sales a la calle y todo sigue igual.
—Hay un apagón político en la gente… Una distancia entre eso que se oye o se ve en las televisiones, y la vida real que se vive.
—En el fondo muchos comprendemos que hay que unirse como sea frente a esa ola de franquismo que nos invade. El otro día, en el bar de las Descalzas, alguien gritaba ante un partido televisado: Qué barbaridad, decía, un Real Madrid lleno de negros. Eso no lo hubiera permitido Franco.
—Están convirtiendo el fascismo en una nueva espontaneidad… La derecha española… De nuevo con el síndrome de desposesión: no pueden asumir que gobiernen otros, se sienten como si alguien les hubiera robado la patria.
—La patria no, la cartera.
—En Francia los de izquierdas lo están haciendo bien: unidad y mucha gente en la calle.
—Es lo que hay: o luchamos unidos o nos ahorcarán por separado.
—La lucha en la calle, sí… Algo que se va perdiendo. Ya nadie habla de huelga general, por ejemplo. Con lo que ha sido este pueblo y ahora cada uno en lo suyo y muchas bocas selladas. Desde los años sesenta, cuando aún no existían los sindicatos, o por lo menos CC.OO., los trabajadores se veían en el bar Noriega y se decían unos a otros: mañana paramos, que nadie vaya a cortar uva, y así una semana… A ver lo que pasa. Lo repetían en las esquinas, en las tiendas… Y al día siguiente se paraban hasta los relojes. Y los señoritos se tenían que sentar a negociar.
—Ahí se juntaban por las madrugadas, en la Puerta de Jerez.
—Eso es. Y llegaban los encargados a elegir braceros.
—Y se confabulaba.
Pasan muchos coches por la calle Jerez, hacen stop en la esquina de la farmacia y después, cuando no viene nadie por Pozo Amarguillo, aceleran hacia la calle San Agustín. A veces paran a la altura del vendedor de cupones, a comprobar algún número o a comprar. (“Se juega mucho en Andalucía, sobre todo en los barrios pobres”, ha comentado uno de los contertulios).
—Ya nadie quiere organizarse… Con lo que ha sido este pueblo… Bueno, este pueblo y muchos pueblos de Andalucía.
—Sí, como si la organización fuera algo pasado de moda y lo que se necesitara ahora fueran dirigentes para seducir a la gente.
—Por ahí vamos mal.
—No todo son elecciones. La política es para cada día.
—Eso es.
—Pero la televisión y el capitalismo actual nos han llevado a una especie de mercado electoral cada cuatro años.
—Eso es. El otro día el frutero de la esquina, que tiene la lengua que no descansa, le dijo a una mujer que era muy guapa y que daban ganas de votarla, que se presentara a algo.
—Ya. Pero la lucha volverá. No hay más remedio. La lucha y la gente organizándose.
—A ver si lo vemos.
—Eso o un gobierno de los neofascistas.
—¿Pero dónde está la izquierda? Porque el PSOE no lo es.
—Bueno, la izquierda… la izquierda transformadora está ahora en el gobierno.
—Pero un país sin una fuerte oposición de izquierdas no puede ir bien.
—Por eso es tan complicada la situación… Gobernar para que no entre el neofascismo, y al mismo tiempo hacer una oposición de izquierdas de bajo voltaje.
—Mira que es difícil eso.
Un silencio largo anuncia el fin de la conversación. Sigue el río de coches por la calle Jerez. Uno de los conversadores se levanta al cabo.
—Bueno —dice—, yo ya me voy.
—Vale.
—Yo me llamo Manuel, ¿sabe?…. Manuel el Tórtola. ¿Y usted?
—Yo, Felipe.








