Aprender de las catástrofes

Es el momento de que nos planteemos la necesidad de no quedarse en el ajuste de cuentas sino en el análisis pormenorizado de todos los elementos que han provocado la tragedia

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Efectos de la DANA. Garaje inundado
Foto: Olmo Calvo

Hemos sufrido una catástrofe y lo primero que se me ocurre (apoyándome en el libro de Michael Useem y Howard Kunreuther), cuya lectura es altamente recomendable, (https://www.leadersummaries.com/es/libros/resumen/detalle/aprender-de-las-catastrofes) es que, si somos capaces de analizar lo que funcionó y lo que no, estaremos en condiciones de prevenir y mitigar calamidades futuras aprendiendo a gestionar el riesgo, porque seremos capaces de asumir las lecciones que nos enseñan estos fenómenos catastróficos.

Como no sabemos cuándo será la próxima inundación ni hasta donde llegará el agua, tenemos que aprender a reconocer el riesgo, prepararnos para paliar y responder a las catástrofes mejorando nuestra previsión y comunicación, la adaptabilidad y la sostenibilidad y tener una respuesta rápida y eficaz a los desastres.

Los especialistas nos advierten que, en un mundo cada vez más inestable e incierto, prepararse para el riesgo extremo es obligatorio tanto si pertenecemos al sector privado, al público o al no gubernamental.

Para desarrollar estrategias eficaces de gestión del riesgo y reducir los daños, los líderes de organizaciones públicas y privadas necesitan conocer los factores que influyen en la percepción del riesgo y las decisiones que se tomen partiendo de ella.

Son seis las áreas en las que se puede mejorar la gestión del riesgo.

  1. La previsión del riesgo.
  2. La difusión de la información sobre el riesgo.
  3. Incentivos económicos.
  4. Colaboración entre entes públicos y privados.
  5. Reaseguro y otros instrumentos financieros.
  6. Resistencia y sostenibilidad.

Estos puntos pueden encontrarlos, convenientemente desarrollados, en el libro ya citado de Michael Useem y Howard Kunreuther. La atenta lectura de los epígrafes permite establecer una comparativa entre estos puntos y los que hemos podido identificar (y padecer) durante los días en los que hemos estado sufriendo la DANA, particularmente los relacionados con la difusión del riesgo y la colaboración entre lo público y lo privado: Hemos manejado consignas sobre qué es y que no es Estado y otra, no menos coreada, sobre el pueblo que salva al pueblo.

Tampoco han faltado otras formulaciones, como la calificación de “asesinos” adjudicada a nuestros más eximios representantes, o la dimisión coreada como obligada penitencia por las deficiencias organizativas que han sido denunciadas por el pueblo llano en relación con la gestión de la catástrofe.

En fin, que la inundación no sólo nos ha producido un gigantesco dolor sino una rabia que nos empuja hacia una exigencia de responsabilidades. Es el momento de que nos planteemos la necesidad de no quedarse en el ajuste de cuentas sino en el análisis pormenorizado de todos los elementos que han provocado la tragedia.

La adaptabilidad de una comunidad ante la catástrofe y su sostenibilidad son factores que no podemos olvidar en la gestión del riesgo. Y hay que eliminar las prácticas que aumentan la exposición de la comunidad a las catástrofes o, dicho con distanciadora ironía, no vale contratar el seguro después de la catástrofe. La DANA nos ha ofrecido una lección. ¿Inolvidable?

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