Las trágicas inundaciones sucedidas en Valencia, me han lanzado a un viejo recuerdo de la solidaridad. Un recuerdo prestado vivido por un preso comunista en la cárcel de Burgos, aquella universidad de los presos que tantos ejemplos de lucha, honestidad, y entereza dio. Con motivo de la catástrofe se ha recordado otra inundación sucedida en Valencia, en 1957. Lo que no se conoce es la repercusión que tuvo en la cárcel de Burgos.
Los presos políticos de la prisión de Burgos, más de 1.500 y la mayoría comunistas del PCE, tuvieron el gesto voluntario de entregar un día de su comida, el coste de esa comida renunciada, que era lo único que poseían, para ayudar a los damnificados por la enorme inundación que asoló la capital levantina. El régimen decidió realizar un acto de concordia hacia los reclusos después de su gesto benéfico, premiándolos con un concierto del famoso pianista Iturbi. Las autoridades pensaron que su eco en los medios de comunicación, transmitiría una buena imagen acerca de las excelencias redentoras y el trato justo, amable, del sistema penitenciario franquista.
Iturbi, que era un profesional muy perfeccionista y deseaba supervisar todos y cada uno de los detalles, se acercó a la prisión varias semanas antes del día previsto para el concierto, con el objeto de prepararlo adecuadamente. Los presos, conocedores de la visita del músico, solicitaron a la dirección de la cárcel un permiso para fotografiarse con él, que les fue concedido.
Cuando Iturbi entró en el patio de la prisión, los presos le estaban aguardando donde les habían indicado que se tomarían las fotografías. Cualquier llegada al interior de la cárcel de una persona libre, les traía un soplo del mundo, y era festejada con mucha ilusión, porque eran muy escasas. Se juntó una auténtica muchedumbre de reclusos, que esperaban frente a la cámara que montaba el fotógrafo sobre el trípode. Se agachaban, se tumbaban, se alzaban, apretándose en un gran grupo compacto, que dejaba en el centro un hueco para el músico. Cuando éste llegó, acompañado por las autoridades, uno de los presos consiguió acercarse hasta él, antes de que ocupara su espacio para la foto.
—Somos presos políticos —le dijo—, presos políticos —remachó.
—¿Políticos?, ¿tantos? —contestó extrañado el pianista.
Junto al fotógrafo, un grupo de funcionarios vigilaba el orden de aquel enjambre, mostrando una compostura civilizada, tan diferente de la de cada día. Y junto a Iturbi, el director de la prisión. El director había guiado al pianista por la cárcel, y lo acompañaba hasta el lugar donde iban a tomarse las fotografías. El director, que oyó el comentario que el preso hizo al músico, reaccionó con rabia, con desprecio.
—Sí, señor Iturbi, éstos, aquí donde los ve, son los peores sujetos del país, son bestias, son peligrosísimos —le dijo al músico.
Iturbi se separó del director, avanzó varios pasos, y se fundió con el numeroso grupo, en el centro del cuadro, arropado por todos. Los presos posaban contentos, alegres.
Cuando las fotografías fueron reveladas, los presos las enviaron a sus familiares; éstos hicieron copias y las enviaron a otros, quienes, a su vez, las enviaron a más amigos; así que, gracias a esa rueda, circularon muchas fotografías de los presos políticos por todo el país. La propaganda que el régimen deseó se tornaba, y ahora, aquella divulgación de la realidad de España, la comenzó a considerar peligrosa. Pensaron que la idea del concierto no era tan buena para la propaganda, y suspendieron el concierto.
Años más tarde, aquel preso que informó a Iturbi de que los que lo arropaban en la foto eran presos políticos, vivía exiliado en Buenos Aires, donde Iturbi se presentaba en un concierto. El antiguo preso acudió a escuchar la música del maestro, la que no pudo oír en la cárcel. Disfrutó con el concierto, recordó con ternura, con nostalgia de los camaradas, aquellos dolorosos y terribles años; y al final, se acercó hasta el camerino, donde Iturbi, sentado tras una mesa, atendía a la gente que formaba una larga cola para pedirle un autógrafo sobre el papel del programa. Todos recibían su premio y se iban satisfechos. Cuando llegó su turno, el viejo preso arrojó sobre la mesa la fotografía del pianista con los presos. Iturbi, al verla, se sobresaltó.
—¡Vaya, estáis por todo el mundo! —le observó espontáneamente, con simpatía.
Enseguida, sin embargo, titubeó, la dictadura franquista seguía en pie, y se abrió paso su miedo.
—Estoy con el embajador de España, no puedo hacer gran cosa —le indicó incómodo, molesto.
—No se preocupe. Sólo quería traerle este recuerdo y darle las gracias —le contestó el preso.
Recuerdo este suceso y sus enseñanzas: cómo los presos comunistas de Burgos no se sentían aislados del pueblo, sino que mostraban su solidaridad, a pesar de estar encerrados; y cómo, a pesar de lo que dijo el preso en Buenos Aires al pianista, era Iturbi quien debía estarle agradecido, porque en la Prisión Central de Burgos, le había hecho descubrir la verdadera España.








