Acabo de leer la noticia del tipo detenido en Brasil, convertido en “hombre bomba”, que quería asesinar al presidente Lula y a otros mandatarios. Un hombre bomba disfrazado del Jóker.
No me deja de sorprender cómo la industria cultural yanki fija los mitos, los “iconos” dominantes de su sociedad, en el cine y el cómic. Son elementos que cohesiona a un sociedad compleja y difícil de homogeneizar. Es fácil imaginar cómo un país sin la larga historia de los países europeos o asiáticos, sin la cohesión racial, con la política de abrirse a la inmigración para ocupar territorios o sostener a la burguesía…, haya construido un imaginario en torno a la TV, el cine o los cómics como elementos comunes.
Si Matrix refleja el mundo de la conspiración y la alienación existente, hoy el icono cultural es la figura de El Joker. Y no puedo negar mi admiración por la actuación de Joaquin Phoenix, grandioso narrador de la locura.
Pero este icono es el arquetipo del desequilibrio. Vemos cómo un personaje sin esqueleto emocional ni poyete donde descansar de tanta nada, se vuelve loco. Un personaje perdido en una familia irreal, en una ciudad sin sentido, en una violencia ambiental que domina el paisaje. Un personaje insignificante si viviéramos en una sociedad dirigida a la plenitud humana y la felicidad. Un personaje impotente en la sociedad que vivimos.
La ofensiva derechista pretende convencernos de que la locura es el lugar natural en una sociedad sin sentido. Para hacer aparecer la sociedad sin sentido como inevitable y crear consenso en la forma desequilibrada del ser humano, como única respuesta a lo que vivimos. Necesita de la máxima alineación, en la que el ser humano es un extraño en su propia vida, para hacer aceptable la realidad del sistema.
Pierde la esperanza. En el sistema capitalista estás condenado a permanecer en el terreno de la necesidad, de la supervivencia, de la desesperación.
Hemos leído cómo algunos estudios señalan a la cúpula capitalista como gente con algún grado de psicopatía, algo que tiende a explicar el nivel de crueldad y voluntad de poder. En general, me niego a admitir explicaciones tan simples como esta. Pero ¿lo que vemos en las élites económicas, políticas, o en cualquier otra esquina del sistema, no es producto de una sociopatía?
Como trabajador en una gran empresa, de esas que tiene poder, constato el nivel de deshumanización en una estructura así. El día a día está marcado por esa especie de Manual del Trepa, ese que empieza aconsejando machacar a quien está a tu lado y que lo que tú hagas, aunque sea un caca, que se entere todo el mundo, con ese discurso parecido a los vendedores de crecepelos. Y unos jefes encantados de que sea así la cosa. La lucha de todos contra todos sólo favorece a quien tiene el poder, el cual es capaz de destrozar a quien se ponga en su camino.
En la película, el Jóker recorre un camino hacia la ruptura con la realidad y vive un momento “liberador”, aquel que empieza con un “solo” de bailarín en una escalera y termina con el protagonista machacado y rodeado de manifestantes que corean su nombre. El final de la película hace aparecer este momento como catártico, y un protagonista encabezando una rebelión. Sin embargo, de los muchos momentos inquietantes este es el más desconcertante, por la falta de voluntad del Jóker de encabezar una rebelión contra el poder, sino solo tener su público. Y el hecho de que cualquier rebelión no es más que un momento de locura colectiva. El final es desconcertante, ya que —de nuevo— “no future”, y cualquier rebelión es inútil, una locura que será resuelta por los impulsores de un nuevo orden, un Batman que impondrá de nuevo el orden y anulará la locura, anulará al Joker: atentos a cómo se desarrollan los acontecimientos después de que un joven haya asesinado en la calle a un capo de las aseguradoras médicas. No hay una respuesta popular a la falta de atención médica, hay un tiro por la espalda, que será demonizado y no servirá para debilitar la fortaleza del capitalismo.
Cada cultura ha tenido sus arquetipos, sus modelos a seguir. El conjunto de valores compartidos o impuestos se reflejan en unos personajes a los que se les inviste de los valores que deben ser admirados por la sociedad.
En el marxismo más escolástico es extraño el análisis cultural. Pero si la cultura es consecuencia de las relaciones de producción, ¿qué cultura refleja la explotación capitalista?. ¿Cómo la cultura se convierte en un instrumento de reproducción del sistema? La crítica social y cultural sí se desarrolla en corrientes marxistas como la Escuela de Frankfurt, en España Manuel Sacristán o José María Ripalda, junto con el conjunto de la revista Mientras Tanto, Frederik Jameson en EE.UU, o la obra de Armand Mattelart y Ariel Dorfman (escrita en el Chile de Salvador Allende) Para leer al Pato Donald. Y Gramsci, respecto al cual la extrema derecha ha intentado hacer un plagio, interpretando a su manera el análisis sobre la hegemonía cultural, en este caso no como un instrumento revolucionario, sino para mantener a la élite.
Más allá del debate escolástico, debemos entender que cuando Elon Musk (el hombre del futuro), se reviste de la gestualidad del Joker, de su sonrisa sin sentido, de su baile, de su tono en la respuesta…, es porque Elon Musk calcula que repetir el arquetipo creado por la cultura pop, tiene una repercusión inmediata e inconsciente en la masa de votantes. Para el hombre más poderoso del mundo, el mundo debe ser una distopía con un final que favorezca a la élite, a la “meritocracia americana”. Una distopía que da por descontado que será la clase trabajadora la que se juega su destrucción, dirigiendo sus grandes negocios a la tecnología que ayudará a sustituir a la clase trabajadora. Trabajadoras y trabajadores que deben perder sus esperanzas. Sólo la supervivencia es importante. La guerra civil, el gran matadero del pueblo, es inevitable, ya sea por la guerra racial, la rebelión de los miserables contra los ricos o por la lucha por los escasos recursos que quedarán a medida que avance el cambio climático.
En esta rebelión de los ricos, el neoliberalismo necesita que la referencia común sea la del individuo roto, la del individuo intercambiable e insignificante. La ideología individualista ha sido quien más ha contribuido a la destrucción del individuo. Básicamente, porque el individuo solo no es nada. El individuo necesita a la sociedad, como bien sabe el capitalista que necesita a la masa para ser explotada.
La referencia del Joker, la que más repercusión tiene en la cultura pop de hoy, se repetirá, como lo hace esa especie de Joker macho que es Milei. Pero la personalidad de Elon Musk es más compleja, más conocedora de los referentes culturales que tienen repercusión en el yanki medio.
Elon es también “Ciudadano Kane”,un modelo de individuo fuerte y poderoso, mal entendido y dispuesto a marcar la historia con su impronta. Fue Kane en su entrada espectacular en la sede de Twitter, como cuando Kane se hizo cargo de su periódico. Fue Kane instalándose en la sede para dormir y cagar. Lo es cuando quiere dictar una condena a los medios de comunicación tradicionales y a la profesión de periodista (ahora vosotros, usuarios de X, sois los periodistas). Es Kane a medias, ya que del personaje aprendió que no debía ser él el que se presentara a las elecciones, sino que el desgaste lo haga otro. Nos terminará regalando una guerra como hicieron Kane y su reflejo real, William Randolph Hearst.
Joker y Ciudadano Kane es como cerrar el círculo de la cultura popular yanqui, lo cual indica la elección racional de Elon Musk, lo cual muestra su voluntad de poder y debería ponernos los pelos del cuerpo como puñales.
Este vínculo de la “batalla cultural” en EE.UU. con su propia cultura pop, es lo que la convierte en difícilmente traducible en otros países. En España, por ejemplo, no tenemos unos referentes que unifiquen nuestra memoria de la misma forma. La imagen cinematográfica a la que nos remite la puesta en escena del pijerío español es la de “La escopeta nacional”. De hecho, ni siquiera se han cambiado de ropa. Vox intentó una “performance” facha en sus actos de Vista Alegre, alejándose del tipo-bisonte de la invasión del Congreso de EE.UU., queriéndose parecer a la imagen de Le Pen, la de Juana de Arco. Así, sacaron a Reyes Católicos, cruzados, quizás el Cid… No sé por qué no nos hacen caso, que deberían sacar a Don Pelayo. En España ya existen varias generaciones que no se han socializado con “El Guerrero del Antifaz”, cómic que respondía a la imagen franquista de la Reconquista.
Todo pensamiento reaccionario señala una etapa del pasado como una “edad de oro” a donde volver. En ese volver atrás, EE.UU. señala a su propia década de los 50. Tras la Guerra Mundial, la hegemonía norteamericana llevó a un periodo de crecimiento y reforzamiento de una clase media que tenía como objetivo cumplir con el “sueño americano”. Una época que empieza a romperse con el asesinato de J.F.K. y la rebelión juvenil de los 60; de la oposición a una guerra en Vietnam, que cuestionaba todo el patriotismo y que terminó siendo perdida por la superpotencia. MAGA (lema de Trump) es volver a esos dorados 50, cuando la cuestión racial no había explotado, cuando el feminismo no contaminaba la vida familiar, cuando los puestos de trabajo que forjaron una clase media no habían sido deslocalizados hasta países con sueldos muy por debajo.
En España, un diputado de VOX acaba de hacer unas declaraciones que nos dicen por dónde van las cosas: los jóvenes están descubriendo en internet que el franquismo fue un periodo de progreso y reconciliación. El paraíso perdido de la derecha es el franquismo. Además, sólo rehabilitándolo puede extenderse una salida dictatorial al actual enfrentamiento político.
He querido retrasar el final de este artículo porque a la vez, la estrategia de reivindicar a Franco estaba desarrollándose, con una derecha queriendo poner como modelo de sociedad al genocidio, la persecución y la pobreza del franquismo. Y un PSOE queriendo recordar los 50 años de su muerte, dedicándoselo a las víctimas. En un esquema perdedor desde el minuto uno: reivindicación institucional, “oficial”, del antifranquismo, que competirá con su rehabilitación con instrumentos de la “batalla cultural”, aparentemente alternativo, con un mensaje dirigido a los más jóvenes en las redes sociales, etc.
Esto va en serio. Pretenden crear consenso sobre la necesidad de una salida dictatorial al caos actual. Es el momento de que la izquierda establezca una lucha ideológica, a la altura del ataque que sufrimos. Esto, no puede pasar.







