A veces para leer el futuro hay que mirar atrás, leer a los clásicos, prender fuego al presente para llegar al mañana. Las y los comunistas debemos recordar que somos hijas e hijos de Prometeo, aquel que le robó el fuego a los dioses (al Capital) y se lo entregó a los hombres (a las trabajadoras y trabajadores). Somos herederos de aquel héroe trágico que pagó cara su osadía. Leamos pues su tragedia porque hoy, cuando el fuego de la libertad, de la igualdad, del acabamiento de la propiedad privada de los medios de producción, es decir, de la Revolución, vive encadenado a la imagen terrible del comunismo como sueño obsoleto y fracasado, su historia es lectura absolutamente necesaria.
Cuando el capitalismo cultural y mediático ha extendido la insidiosa y derrotista sensación de que el fuego de la Revolución se ha apagado definitivamente, volver a robar el fuego, es la tarea que las y los comunistas debemos afrontar si queremos superar las tinieblas y la desorientación en las que el mundo del trabajo parece estar sumido. La revolución como el fuego que nos hará dueños de nuestro propio y común destino.
Esquilo sigue siendo un autor contemporáneo como lo es Agustín Gómez Marcos, otro clásico que el canon han enviado al olvido a pesar del meritorio empeño de la editorial Cabaret Voltaire que, desde al menos 1976, ha venido publicando buena parte de su narrativa con novelas tan intensas y reveladoras como María República o El hombre arrodillado y que recientemente ha editado su obra teatral completa donde podemos encontrar la oportunidad para leer, Prometeo Jiménez, revolucionario [1], obra que hasta el momento permanecía inédita.
El Prometeo de Gómez Arcos supone una lectura, o mejor una oportuna y sagaz contralectura, de la figura clásica del héroe trágico de Esquilo. Aquí Prometeo es un personaje, con raíces en el mundo rural que, de manera oportunista, un grupo de burgueses, agricultores y ganaderos, con una singular idea de que sea una revolución, van a financiar para que este Prometeo la encabece: “Hemos puesto nuestros ojos en ti, estamos seguros de que es necesario llevar a cabo esta… hazaña», pero la revolución es, antes que nada, un negocio. Un negocio formidable. El actual poder, una tela de araña económica en manos de unos cuantos hombres sin escrúpulos, está llevando el país a la bancarrota, y lo llevará a la ruina. Por lo tanto hay que desalojarlo.
El “héroe”, que responde a un perfil que hoy bien podríamos calificar de populista bienintencionado, no participa de esta idea mercantil del que sea la revolución pero se deja llevar por el idealismo retórico que su padre, viejo y humanista maestro de escuela, le insufla y conmueve: “quítales la antorcha a los dioses mezquinos, derriba el poder de los tiranos, consigue la libertad para nuestro pueblo”.
Y la revolución triunfa. La extraña revolución que la burguesía acomodada ha financiado. Pero una revolución que tiene en el logro en paz, es decir, en la reconciliación de las clases, su valor supremo: “Solo viviendo intensa y diariamente la paz —dice el autosatisfecho Prometeo— podremos esperar que con el paso del tiempo nos llegue el fruto de la paz.”
El pacifismo como revolución y como vía hacia el logro de las posibles metas sociales: “primero construiremos la paz y luego construiremos la equidad”. Esa es la ingenuidad política en que este Prometeo socialdemócrata se plantea el camino hacia la felicidad del pueblo. No escucha los avisos de quienes le advierten de que: “El que tiene la fuerza y la razón tiene también la amistad del tiempo. Pero aquel que solo cuenta con la razón, y le falta la fuerza, tiene al tiempo como enemigo. Siempre”. Tiempo e Historia.
La historia de este Prometeo postmoderno de Gómez Marcos ilustra, con irónica inteligencia, como las palabras sin hechos pueden resonar pero muy difícilmente moverán la menor piedra de esos cimientos sobre los que se levanta la propiedad privada de los medios de producción
Ni que decir tiene que la historia acaba mal. Y la tragedia acaba cobrando un aire de parodia. Merece la pena asomarse al texto y contemplar cómo la historia de este Prometeo postmoderno ilustra, con irónica inteligencia, cómo las palabras sin hechos pueden resonar en el parlamento, en las redes sociales o, incluso, en las manifestaciones legales que el sistema permite, pero muy difícilmente moverán la menor piedra de esos cimientos sobre los que se levanta la propiedad privada de los medios de producción.
El Prometeo de Gómez Arcos es más grotesco que patético y, más que del realismo, se nutre de la clarividentes sombras del teatro del absurdo. Pero a veces conviene mirarse en los espejos que no nos devuelven la cara que queremos.
NOTA:
[1] Gómez Arcos, Agustín. Teatro Obra Completa. Edit Cabaret Voltaire. 2024.








