Karen Horney, fundadora de la psicología feminista

Cuestionó a Freud y planteó que las diferencias psicológicas de hombres y mujeres no eran inherentes a la biología de cada cual sino que tenían su origen en factores sociales y culturales
Karen Horney

El concepto de lo normal no sólo varía con las distintas culturas, sino también con el tiempo, en idénticas condiciones culturales.

“Si tomamos consciencia clara de la medida en que todo nuestro ser, pensar y hacer se conforman a estos criterios masculinos, comprenderemos lo difícil que es que el hombre individual, y la mujer individual también, lleguen realmente a sacudirse de encima este modo de pensar”.

El hecho bonito de llevar ya tiempo haciendo esta columna es que lectores habituales empiezan a hacer llegar aportaciones. Una de estas me la hace llegar un camarada y amigo de Sevilla, descubriéndome una pionera en la psicología feminista.

Nuestra pionera de hoy, Karen Horney, cuestionó al mismísimo Freud y planteó que las diferencias psicológicas de hombres y mujeres no eran inherentes a la biología de cada cual sino que tenían su origen en factores sociales y culturales. O, en sus propias palabras, que “Al igual que todas las ciencias y todas las valoraciones, la psicología de las mujeres hasta ahora se ha considerado sólo desde el punto de vista de los hombres”.

No podemos obviar aquí que tuvo una importante impronta en Horney la obra del filósofo Simmel, quien señalaba el carácter masculino de todo producto cultural de nuestra sociedad.

Pero antes de nada, vayamos con la historia de Horney:

Karen Danielsen nació en Alemania en 1885, hija de un capitán de marina autoritario y muy religioso y una mujer que no lo quería en absoluto, más flexible y notablemente más joven. Una situación familiar que, sin duda, tendría impacto en nuestra protagonista que, desde muy joven, cargó con una depresión que la acompañaría largos periodos de su vida. Incluso tuvo una traslación científica en forma de best seller. Su obra La personalidad neurótica de nuestro tiempo, publicada en 1937 habla, precisamente, de cómo se origina la angustia en edades muy tempranas: “si falta calor por parte de los padres en el contacto con sus hijos, ello originará en éstos frustración, intimidación y hostilidad. Y si tal hostilidad se prohíbe, terminará siendo reprimida, aunque se mostrará en fantasías de daño personal y en conductas sociales desajustadas, todo lo cual sería la cuna de la angustia básica”.

Volvamos a su historia… Karen decide estudiar medicina con el apoyo de su madre y contra la voluntad de su padre. Ingresó en el liceo de Hamburgo, que empezaba a admitir mujeres, y pudo estudiar en la Universidad de Friburgo gracias a los esfuerzos económicos de su madre (y a que esta se había separado, que también tendría su peso en todo esto). En este periodo conoció al que sería su esposo, del que tomaría el apellido y con el que tendría tres hijas.

Una vez finalizados sus estudios, conoció a Karl Abraham en la Clínica Neuropsiquiátrica de la Universidad. Atentos a esta figura del psicoanálisis alemán porque marcó a Horney: nuestra protagonista era asistida por él mismo en sesiones de psicoanálisis por su estado depresivo y algunas disfunciones sexuales que, según Abraham y resumiendo mucho, eran debidas a que Horney tenía “envidia de pene”.

Pueden imaginar que a la Sra. Horney aquello no le sentó demasiado bien: no solo se convirtió en una autora muy crítica dentro del psicoanálisis sino que, además, se dedicó a combatir con especial celo esta teoría de la “envidia de pene”. Gracias, Karen.

Llegó a ser, incluso en su posición crítica, una psiquiatra muy reconocida en su vida como una de las fundadoras de la psicología humanista y por su papel en los inicios del psicoanálisis. Abordó la educación sexual en niños y niñas, el traumatismo físico como origen de psicosis y, sobre todo, fue conocida por impulsar un modelo de terapias no autoritario. Y ser azote de Freud, como veíamos al principio.

Karen migró a EE.UU., nacionalizándose norteamericana, iniciando allí su carrera más reconocida. Y de manera temprana abandonó la cuestión femenina: desde la asunción de la importancia medular de la cultura en la formación de la psique femenina, llegó a la conclusión de que era imposible determinar qué era íntegramente femenino. En 1935 y en la conferencia «La mujer es el miedo de Acción» expuso que sólo cuando las mujeres seamos verdaderamente libres de la cultura patriarcal podremos conocer en qué nos diferenciamos realmente del hombre.

Aquello debió gustar mucho, porque ese mismo año fue electa miembro de la Asociación Psicoanalítica de Nueva York y analista didacta del Instituto Psicoanalítico de la misma.

Sin embargo, Horney se fue alejando del marco freudiano cada vez más: solo dos años después publica La personalidad neurótica de nuestro tiempo, donde expone ya con claridad la raíz cultural (y no biológica) de las neurosis, rechazando el valor de la libido y las pulsiones y poniendo el acento en los conflictos entre la sociedad y el individuo. Y esto era una mirada mucho más optimista: si los padres amortiguaban los golpes de la sociedad dando una educación cariñosa y no autoritaria, el desarrollo sería mucho más armónico y convenientemente adaptado.

Puso el acento en los conflictos entre la sociedad y el individuo y creó la Asociación para el Progreso del Psicoanálisis donde coincidió con Erich Fromm, Harry S. Sullivan y Margaret Mead

Y esto ya no debió gustar tanto, porque los miembros del Instituto Psicoanalítico de Nueva York empezaron a aislarla.

Así que Karen creó entonces la Asociación para el Progreso del Psicoanálisis (AAP) donde coincidió con figuras como Erich Fromm, Harry S. Sullivan o Margaret Mead.

No cabe toda su vida en este artículo así que invito a buscar y leer más sobre ella. Una vida intensa y en la que encontrarán un poco de todo hasta su muerte, a consecuencia de un cáncer, el 4 de diciembre de 1952.

Pero sí señalar que, gracias a ella, se puso en el centro de la importancia del sentimiento de amparo (o desamparo) en la infancia, que las cosas no tienen por qué ser innatas, sino que en nuestra conformación como individuos interviene la sociedad, la cultura y el ambiente. Y que como individuos actuamos sobre estos elementos y los modificamos para que, a su vez, nos cambien.

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