Uno de los primeros juegos infantiles que recuerdo a mi hija es meter libros en cajas. Meterlos y volverlos a sacar. Así una y otra vez. Todavía me da paz recordarlo. Y quizás nadie haya captado nunca mejor que ella el sentido real de esa labor que desarrollo: editor, editar. Esa persona que en las películas modernas, siempre irredentamente clasistas, aparece sentado en sillones, fumando o bebiendo con sus autores, pero que en mi realidad se dedica a hacer y deshacer cajas, a vigilar la contabilidad, a negociar con transportistas. Extraño oficio para alguien que en origen se sentía movido por una fe (muy sospechosa) por las palabras. Poca fe en sus congéneres y demasiada en la palabra escrita, en ese rol que asignamos, como civilización, al objeto libro. La pequeña es ya una adolescente y entre medias mis sospechas hacia lo escrito se agudizaron. Veo hoy una montaña de sombras en esa creencia generalizada hacia las potencias de lo escrito. Una lectura demasiado útil para naciones y Estados que para erigirse tomaron ese mismo objeto por herramienta privilegiada de construcción colectiva. Las tan famosas herramientas del amo. Y sin embargo ahí sigo. Moviéndome al son de esas potencias, haciendo como si creyera en ellas (lo que quizás es creyendo en ellas) y rehuyendo siempre compromisos concretos, disciplinas de partido, la incomodidad de la obediencia. En ese espacio se esconden muchas de las trampas de un editor que trabaja con lo político. En el Estado español con lo político puede trabajar cualquiera. Planeta lo hace. Penguin Random House lo hace. Renombrados líderes comunistas colaboran con ellos. Nadie sospecha aun así a esos grupos la voluntad de defender (defender de veras, en sus consecuencias) los ideales de ninguno de sus títulos.
En una escala mucho más pequeña (y tras pasar en el descenso por grupos en formación, como el integrado por Akal, igual de grupo, solo que más pequeño) podemos encontrar en el Estado varias decenas de editoriales muy centradas en trabajar sobre textos políticos. Tras ellas encontramos un buen número de personas con las que comparto, en general no clase, pero sí condición letraherida y cierto atravesamiento por lo político. Sea cual sea el signo concreto de esa vena política todos podrían encontrar con facilidad espacios de militancia organizada donde colaborar. Pero no, la disciplina y la edición política suelen llevarse mal, desde la cercanía. De este lado, la edición al final se ve cómoda ante los requiebros continuos de las políticas de partido.
Una de las preguntas más complicadas que como editor en alguna ocasión he escuchado concierne a para quién editas. Es una pregunta bien sencilla que en realidad me cuesta una barbaridad asir. Cualquier gurú económico repetirá aquello de conoce tu público, pero cuando me tomo en serio la pregunta (tomarse en serio las palabras, defecto de oficio) creo que en realidad no tienen nada que ver ahí el público habitual de nuestros libros con el para quién edito. Han pasado no pocos años con muy escasas alegrías colectivas con las que alimentar aquella fe original en los libros que antes aludía. Y supongo (un editor se maneja mucho mejor en el ámbito de la sospecha que en el de la afirmación), supongo que en realidad buena parte de lo que aún me mueve concierne a la ausencia de ese sujeto para quien edito. Aquel, aquella que quisiera reciba nuestros libros en realidad no existe. Es un sujeto en creación, un fantasma, de lejos emparentado con esa clase que tiene que ganarlo todo con su trabajo; un sujeto capaz de pararse y mirar de nuevo el mundo, sensible a sus injusticias y sinsentidos, insensible al miedo instigado, insensible a las prisas de los dictados sociales. Es un sujeto que no sé si está o estará algún día. Nada me alegra más que recordar que los ejemplares que producimos seguramente perduren en condiciones al menos un par de siglos.
Con la niña que hacía cajas repetimos también la escena típica: tirar piedras al río intentando hacerlas saltar sobre el agua. Eso son un poco nuestros libros. Piedras que mientras vuelan, lejos ya de nuestra mano, no sabes cómo reaccionarán. ¿Saltarán? ¿Sus ondas llegarán a ocupar toda esta orilla o se apagarán enseguida sin apenas consecuencias?
El objeto libro puede perdurar siglos. Durante un tiempo es mercancía pero en seguida se escapa de ella. Nos creemos sus historias y les entregamos nuestro tiempo. Nos afectan
Sé que el objeto libro puede perdurar. Que durante un tiempo es mercancía pero en seguida se escapa de ella. Que afecta. Que nos afecta. Circula y se comparte. Nos creemos sus historias y les entregamos nuestro tiempo. Las comunicamos a nuestros amigos. Hablamos de nuestras vidas a través de sus palabras. Todo ello en tiempos robados al cansancio de los cuerpos, a la precariedad de espacios, los imperativos materiales. Los libros tienen efectos.
Y ese sueño aún me mueve a la hora de negociar papeles, buscar almacenajes, revisar contabilidades, declarar impuestos. Como tantos otros mañana en la mañana volveré a mi actividad productiva. Trataré entonces de chantajear a la comercial de una imprenta para producirme contrarreloj un título que quisiera antes de Navidad. Revisaré los transportes que llevan unos palés de libros a nuestros almacenes. Me esforzaré por marcar los medios que serán objetivo de nuestra próxima campaña de prensa. Vigilaré que no falte nada en el rippeado de la última reimpresión. Y si todo ello funciona podré darme el lujo de mirar esa piedra volando, de preguntarme si saltará o no sobre el agua, y cuáles serán sus efectos. Escucharé desde una esquina, o incluso desde casa, el debate desencadenado en la presentación de uno de nuestros títulos. Y en ese momento, en silencio, solitario, quizás sea capaz de contemplar algo mejor aquello a lo que me dedico.
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EL CAMINO DE LOS LIBROS
Uno de los primeros juegos infantiles que recuerdo a mi hija es meter libros en cajas. Meterlos y volverlos a sacar. Así una y otra vez. Todavía me da paz recordarlo. Y quizás nadie haya captado nunca mejor que ella el sentido real de esa labor que desarrollo: editor, editar. Esa persona que en las películas modernas, siempre irredentamente clasistas, aparece sentado en sillones, fumando o bebiendo con sus autores, pero que en mi realidad se dedica a hacer y deshacer cajas, a vigilar la contabilidad, a negociar con transportistas. Extraño oficio para alguien que en origen se sentía movido por una fe (muy sospechosa) por las palabras. Poca fe en sus congéneres y demasiada en la palabra escrita, en ese rol que asignamos, como civilización, al objeto libro. La pequeña es ya una adolescente y entre medias mis sospechas hacia lo escrito se agudizaron. Veo hoy una montaña de sombras en esa creencia generalizada hacia las potencias de lo escrito. Una lectura demasiado útil para naciones y Estados que para erigirse tomaron ese mismo objeto por herramienta privilegiada de construcción colectiva. Las tan famosas herramientas del amo. Y sin embargo ahí sigo. Moviéndome al son de esas potencias, haciendo como si creyera en ellas (lo que quizás es creyendo en ellas) y rehuyendo siempre compromisos concretos, disciplinas de partido, la incomodidad de la obediencia. En ese espacio se esconden muchas de las trampas de un editor que trabaja con lo político. En el Estado español con lo político puede trabajar cualquiera. Planeta lo hace. Penguin Random House lo hace. Renombrados líderes comunistas colaboran con ellos. Nadie sospecha aun así a esos grupos la voluntad de defender (defender de veras, en sus consecuencias) los ideales de ninguno de sus títulos.
En una escala mucho más pequeña (y tras pasar en el descenso por grupos en formación, como el integrado por Akal, igual de grupo, solo que más pequeño) podemos encontrar en el Estado varias decenas de editoriales muy centradas en trabajar sobre textos políticos. Tras ellas encontramos un buen número de personas con las que comparto, en general no clase, pero sí condición letraherida y cierto atravesamiento por lo político. Sea cual sea el signo concreto de esa vena política todos podrían encontrar con facilidad espacios de militancia organizada donde colaborar. Pero no, la disciplina y la edición política suelen llevarse mal, desde la cercanía. De este lado, la edición al final se ve cómoda ante los requiebros continuos de las políticas de partido.
Una de las preguntas más complicadas que como editor en alguna ocasión he escuchado concierne a para quién editas. Es una pregunta bien sencilla que en realidad me cuesta una barbaridad asir. Cualquier gurú económico repetirá aquello de conoce tu público, pero cuando me tomo en serio la pregunta (tomarse en serio las palabras, defecto de oficio) creo que en realidad no tienen nada que ver ahí el público habitual de nuestros libros con el para quién edito. Han pasado no pocos años con muy escasas alegrías colectivas con las que alimentar aquella fe original en los libros que antes aludía. Y supongo (un editor se maneja mucho mejor en el ámbito de la sospecha que en el de la afirmación), supongo que en realidad buena parte de lo que aún me mueve concierne a la ausencia de ese sujeto para quien edito. Aquel, aquella que quisiera reciba nuestros libros en realidad no existe. Es un sujeto en creación, un fantasma, de lejos emparentado con esa clase que tiene que ganarlo todo con su trabajo; un sujeto capaz de pararse y mirar de nuevo el mundo, sensible a sus injusticias y sinsentidos, insensible al miedo instigado, insensible a las prisas de los dictados sociales. Es un sujeto que no sé si está o estará algún día. Nada me alegra más que recordar que los ejemplares que producimos seguramente perduren en condiciones al menos un par de siglos.
Con la niña que hacía cajas repetimos también la escena típica: tirar piedras al río intentando hacerlas saltar sobre el agua. Eso son un poco nuestros libros. Piedras que mientras vuelan, lejos ya de nuestra mano, no sabes cómo reaccionarán. ¿Saltarán? ¿Sus ondas llegarán a ocupar toda esta orilla o se apagarán enseguida sin apenas consecuencias?
Sé que el objeto libro puede perdurar. Que durante un tiempo es mercancía pero en seguida se escapa de ella. Que afecta. Que nos afecta. Circula y se comparte. Nos creemos sus historias y les entregamos nuestro tiempo. Las comunicamos a nuestros amigos. Hablamos de nuestras vidas a través de sus palabras. Todo ello en tiempos robados al cansancio de los cuerpos, a la precariedad de espacios, los imperativos materiales. Los libros tienen efectos.
Y ese sueño aún me mueve a la hora de negociar papeles, buscar almacenajes, revisar contabilidades, declarar impuestos. Como tantos otros mañana en la mañana volveré a mi actividad productiva. Trataré entonces de chantajear a la comercial de una imprenta para producirme contrarreloj un título que quisiera antes de Navidad. Revisaré los transportes que llevan unos palés de libros a nuestros almacenes. Me esforzaré por marcar los medios que serán objetivo de nuestra próxima campaña de prensa. Vigilaré que no falte nada en el rippeado de la última reimpresión. Y si todo ello funciona podré darme el lujo de mirar esa piedra volando, de preguntarme si saltará o no sobre el agua, y cuáles serán sus efectos. Escucharé desde una esquina, o incluso desde casa, el debate desencadenado en la presentación de uno de nuestros títulos. Y en ese momento, en silencio, solitario, quizás sea capaz de contemplar algo mejor aquello a lo que me dedico.







