Ricos

Los ricos, y digo ricos, no adinerados, sino ricos de verdad, solo reconocen como de su especie a los que son tan ricos como ellos o más. Del resto, lo ignoran todo, no por desprecio, sino por considerarlo inferior

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Elon Musk | Foto: U.S. Navy / Dominio público
Elon Musk | Foto: U.S. Navy / Dominio público

De repente la figura del apocalipsis se nos ha aparecido peligrosamente cercana. Llevaba tiempo asomando la patita, dejando entrever sus pútridos bigotes de felino malvado por la puerta entreabierta de las noticias del día, pero no le hacíamos caso. Quedaba lejos de nuestro bienestar. Creíamos que la tiranía absoluta del poderoso, solo era posible allí donde lo urgente consiste en sobrevivir. Parecía que sólo era patrimonio del mundo que está más al sur del sur de los mundos. Y así, como quien no quiere la cosa, la maldad en persona se ha hecho con el cetro de Emperador del planeta.

Nunca consideré, ni por asomo, que los anteriores inquilinos de la Casa Blanca pudieran ser personas de buena fe. Que nadie se llame a engaño. Nada más lejos de mi intención. Poder decidir sobre el destino de la humanidad, difícilmente camina junto a sentimientos nobles. Pero, sin embargo, hasta ahora, quienes batallaban por llegar a lo más alto de la ignominia que supone dirigir la mayor máquina de destrucción de la historia, lo hacían impulsados por deseos, principios, ideas o ambiciones. Incluso acepto que habría quien pensara en ayudar al género humano. El sueño americano ha creado tantas ilusiones como sueños ha destrozado. Pero ¿qué motivos pueden tener Trump o Musk si ya lo tienen todo? Es más, ¿cómo han podido construir su credo sobre el valor del esfuerzo si ambos han nacido en cuna de oro?

En el recreo del colegio, si no les dejabas meter gol, se llevaban el balón porque para eso era suyo. No querían tener amigos, ni compañeros. Querían dejar claro que ellos eran más. Simplemente eso

Me recuerdan a esos niños de mi infancia de pelo engominado con raya al lado, pantalón corto de franela gris, mocasines y camisa bien planchada, que te encelaban mostrando flamantes juguetes que nunca compartían y, en el recreo del colegio, si no les dejabas meter gol, se llevaban el balón porque para eso era suyo. No querían tener amigos, ni compañeros. Querían dejar claro que ellos eran más. Simplemente eso.

Los ricos, y digo ricos, no adinerados, sino ricos de verdad, solo reconocen como de su especie a los que son tan ricos como ellos o más. Del resto, lo ignoran todo, no por desprecio, sino por considerarlo inferior. Por supuesto, la piedad les es algo completamente ajeno. Nunca han tenido que hacer cálculos en el supermercado, ni apagar las luces o el aire acondicionado. No saben de cuentas, sólo de sumas. Cuando hablan, lo hacen desde la verdad absoluta y quien les lleve la contraria es calificado como loco o peor aún, ingenuo. Aborrecen de lo público si es que sirve a la comunidad, pero no si les reporta beneficios. Creen que toda persona tiene un precio, excepto ellos porque no hay quien pueda pagar el suyo, no porque no lo tengan.

Sin embargo, han conseguido convencer a quienes ni siquiera existen para ellos. Han conseguido su confianza, aunque nunca querrán saber sus nombres porque no les interesan, porque todos les parecen la misma persona. Una nueva Edad Media se nos aparece en el horizonte. Una nueva y vieja era en la que ya no es el Rey quien tiene en su mano la vida y la muerte, quien goza del poder divino. Ahora es aquel que más tiene.

Es lógico que así sea en una sociedad donde la única divinidad indiscutible es el dinero. También es comprensible cómo, mediante el miedo al más pobre, al migrante que con su sola presencia recuerda al ciudadano medio lo poco que puede llegar a tener si las cosas se le tuercen, han hecho creíble la mentira, incluso la más estrambótica. Todo tiene su explicación.

Pero, ¿ahora qué? De momento parece una broma de mal gusto. El recién nombrado responsable de la Sanidad no cree en las vacunas; la de Educación está a favor de la violencia y contra la libertad sexual; el de Política Exterior, representa a la mafia cubana de Miami; el de Energía, un negacionista del cambio climático; y, a cargo de los Servicios Públicos, un gladiador de la empresa privada.

Aunque, a lo mejor es precisamente eso lo que pretendía la pareja de multimillonarios. Hacer lo que les diera la gana, ser los más malos y, de paso, divertirse un poco a cuenta del planeta. Pinta mal. Muy mal.

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