El programa de Broncano en la televisión pública se ha convertido en una suerte de fenómeno social, sobre todo entre la gente joven o algo menos joven. Aparte de la frivolidad que pueda integrar como uno de sus ingredientes, tiene otros aspectos que no hay que ignorar, dada su repercusión social. Es decir, que vale la pena meterse en todos los charcos por parte de quien suscribe.
En principio es posible destacar algunos aspectos claramente positivos, sobre todo teniendo en cuenta que es un programa que enerva a la extrema derecha y aun la derecha sin sentido del humor, que es casi toda. Uno de estos aspectos parte de un esquema directamente antipuritano, en el aspecto sexual y en muchos otros, aunque es verdad que no son iguales los episodios de La resistencia, que los de La revuelta, que intenta desde una cierta prudencia llegar a más gente. Junto a su cruzada antipuritana destaca también su “cruzada” contra una especie de calvinismo del orden y la eficacia que suele presidir otros programas de imagen en esta sociedad del espectáculo que vivimos, y de ahí el desaliño buscado, el desorden, la idea de que los invitados para sentirse a gusto tienen que romper algo. Es una especie de revolución a través de una gramática de la anarquía permanente, como marca estilística. (Del desorden puede salir algo de esperanza, del orden nada).
De otro lado, a alguien que ha vivido intensamente muchos años en Jaén, como yo, esa especie de Macondo inesperado (a Jaén se llega llorando y de Jaén se sale llorando, suele decirse, ya que Jaén, sobre todo el paisaje humano, te atrapa), le resulta refrescante la reivindicación constante de esta tierra que suele hacer Broncano, que, aunque nacido en Galicia, se ha criado en esta provincia, y concretamente en esa sierra maravillosa de Segura donde se asienta Orcera. Suele decirse que la capital es fea, pero que la provincia es lo nunca visto, hermosísima, con esos atardeceres dramáticos sobre los ejércitos de olivos, derrotados en su repetición (66 millones de piezas), reptando por las lomas color caballo alazán o blanco antiguo y calizo, ese del sistema kárstico, que suele modelar con extrema fantasía la lluvia y el viento.
Destaca también en el programa que analizamos la recuperación del juego, en la que colaboran personajes singulares, destacando Ponce, Ricardo y el tal Grison, adscritos a una especie de surrealismo popular. Un juego de aspecto improvisado, ingenuo, preñado a veces de inventiva infantil, y no ese otro juego-astracanada de programas basura que tanto abundan en la jungla digital de nuestras pantallas. Esta recuperación del juego, y el jolgorio entusiasmado que origina en la gente, roza a veces una categoría máxima de toda travesía cotidiana: la alegría
Entre los aspectos negativos habría que referirse a los personajes estrella convocados y al fondo de las entrevistas que Broncano realiza, llenas de anacolutos y puntos suspensivos, sobre todo cuando las hace en inglés, dejando de traducir la mayoría de los significados. Pero él disfruta lanzándose por esas rampas de velocidad donde las palabras se atropellan, igual que hace en ciertas presentaciones. A veces vocaliza menos que una almeja.
Pero el fondo de la parte negativa es otro. Es un mundo, el que se interpela, de personajes y sensibilizadas extraídos de la sociedad del espectáculo, y del mercado del espectáculo, como forma de juego financiero (una de sus famosas preguntas), que Broncano no logra desmitificar casi nunca, si es que lo pretende. El caso es que todos los personajes estrella se le escapan vivos, aunque alguno realmente no llegue a decir nada, asustado de que Broncano pueda tomarle el pelo o ponerlo en cualquier momento con el culo al aire. Afán de desmitificación que, cuando sucede, lleva el programa arriba, a lo más alto, sobre todo cuando entrevista a gente anónima.
Al final, casi siempre, se produce un efecto de mitificación a la vez del programa, por haber recibido a tal cantante o actriz, y del personaje, por haber estado en un programa tan raro y con tanta repercusión social. Eso sí, no suelen abundar las frases preparadas y los chistes enlatados, lo cual es de agradecer. A pesar de todo, este capítulo negativo es donde el programa pasa del surrealismo popular a un tinte posmoderno y frívolo.
La política suele presentarse en el capítulo de la sátira y el esperpento, sobre todo cuando se habla de la casa real y de los personajes oficiales de la España de siempre. Y el que más habla de política es quizás el mismo Broncano, balanceándose en ese alambre flojo de aquel que se moja sin mojarse en él y tan alta vida espera que ríe por no llorar. Aunque sí, sabemos algo político de él, lo que dijo al recoger el premio Ondas: me siento orgulloso de defender lo público desde el éxito de mi programa. Ese programa inesperado para muchos en una televisión pública, que tanto hemos defendido algunos. Y ya está. La próxima semana hablaremos del gobierno.








