Observar la jura presidencial del hombre políticamente más poderoso del mundo y oírle enunciar, con tanta frialdad, sus propósitos para su segundo mandato: venganza, rencor, persecución al migrante, dogmatismo sexual, misoginia oficial, belicismo exacerbado, expansionismo territorial …, genera en toda persona de buena voluntad, en todo demócrata, un hondo y doloroso sentimiento de desolación. Los ideales democráticos por los que tantos ciudadanos de nuestro mundo -pretérito y actual- lucharon tanto, tantas vidas, tanto esfuerzo, tanta energía desplegada en combatir por la igualdad, la libertad, la división de poderes, la equidad, la justicia y la paz contra el autoritarismo y el totalitarismo, se ven ahora intencionadamente encauzados hacia el sumidero de la historia por iniciativa intencional de un individuo tan extraño y arrogante como imprevisible: Donald J. Trump (Queens, Nueva York, 1946).
La causa no ha sido otra que el voto de 77 millones de estadounidenses que, consciente o inconscientemente, se han visto impregnados y persuadidos por el tóxico discurso de un embaucador como él, rodeado de chacales. El problema no es solo la personalidad del disfórico líder de 78 años que, en apenas unos segundos, pasa de la euforia a la furia, y de la furia a la ira, desde un temperamento tan frecuentemente arrasado por un rencor sordo y destructivo. No. El problema es que esa persona taimada por no sé sabe bien qué frustración desbocada, por qué ofensa no saldada, por qué tipo de trauma, pese a sus desaforadas propuestas contra vecinos como Canadá y México, o su obsesión por hacerse con Groenlandia y el Canal de Panamá, se ve avalada por los votos de millones de entre sus compatriotas que componen la base de masas que todo dictador -como Adolf Hitler, Benito Mussolini o Francisco Franco- necesita para desplegar su designio; un designio que suele conducir hacia el abismo, en esta ocasión, no otro abismo que la guerra con China. Ese es su objetivo. No lo oculta. Lo pregona. Y dada su pertinaz y marrullera manera de conseguir lo que quiere, nadie debe extrañarse que antes de culminar su segundo mandato, iniciado ahora, ponga el mundo en llamas en un enfrentamiento armado que devastará gran parte de, si no todo, nuestro Planeta. Es un riesgo real. Millones de seres humanos están, estamos, en peligro.
Él y sus votantes parecen pensar que esa guerra con China pudiera sacar a los Estados Unidos de América del declive en el que sus dirigentes han sumido al país a consecuencia de la imagen de inhumanidad, de deslegitimidad pues que, ininterrumpidamente ya desde el bombardeo con armas termonucleares contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki -180.000 muertos instantáneamente, decenas de miles después, entre horrorosa agonía- mostró como belicosa superpotencia ensangrentadora del mundo: Vietnam, Laos, Camboya, Indonesia, Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Granada, Panamá, Yugoslavia, Irak, Palestina, Afganistán, Libia, Yemen, Líbano, Siria…, con un collar de aliados tan repulsivo como los que rigen el designio poscolonial del Reino Unido, el agazapado autoritarismo alemán, los tan sumisos estadistas bálticos, los taimados líderes polacos o ucranianos, los traicioneros monarcas alauíes…, más toda la tropa de gerifaltes europeos de la OTAN, los Stoltenberg, Rutte,… cada cual más halcón, más belicista, más irresponsable.
Todo ello se ha visto decidido y reactivado por el voto de un compromisario electoral de Oklahoma, por ejemplo, que no sabe en qué continente se encuentra España, políticamente analfabeto y que solo disfruta ante la televisión viendo encestar a baloncestistas de la NBA, mientras consume diez veces más alimentos, consume más energía y gasta más dinero que el 90 % de los habitantes del Planeta. Eso sí, Hollywood, desde que el cazabombardero Enola Gay descargó su monstruosas bombas sobre ciudades indefensas de un Japón ya derrotado en agosto de 1945, venía preparando al ciudadano medio estadounidense para hacer creer a cada soldado y familia que asesinar masivamente en nombre del anticomunismo, el antisocialismo y contra toda otra soberanía nacional era la mejor manera de defender una supuesta democracia como la estadounidense: donde los multimillonarios del capitalismo ultraliberal mangoneaban ya entonces y mangonean hoy, sin careta alguna, no solo la riqueza sino ahora además el poder directo. Adiós a la política, a la democracia, a la representatividad. ¿No se ha visto revolotear, aleteando alrededor del nuevo presidente, a un tipo tan ridículo como lerdo, idiotizado por los millones de dólares que rebaña cada 24 horas? Y ello sin verse avalado por representación de ningún tipo sino únicamente por financiar el pulgar del autócrata del tupé rubio que luego le designa.
Los pueblos se extravían. Que se lo digan al pueblo alemán, al austríaco, en las vísperas electorales de la Segunda Guerra Mundial, dando su voto a los nazis y a sus colaboradores foráneos. Claro que, qué se podía esperar de un sector tan amplio de la clase dominante norteamericana, embrutecida por el mensaje insolidario repicado cada segundo desde Hollywood, exaltando el egoísmo, la violencia, el manejo de armas, el rencor racial, la codicia en dólares, el patrioterismo más rancio, el supremacismo contra los débiles, la adulación a los poderosos…
No ha sido la elocuencia, ni la inteligencia, ni la empatía las cualidades que han singularizado la personalidad del nuevo inquilino de la Casa Blanca; por el contrario, más bien ha sido un furibundo deseo de desquite y venganza, galopando sobre la desigualdad, la mentira y el racismo, el componente sustancial del empuje que ha llevado de nuevo a la Casa Blanca, al 47º presidente de los Estados Unidos de América.
La democracia, ese ideal que tuvo precisamente en Estados Unidos uno de sus baluartes en la lucha contra el imperio británico, posteriormente contra el nazismo y que cobró ascendiente histórico en España, sí, aquí también, en la pugna titánica y secular contra el oscurantismo, la desigualdad, la opresión y el fascismo, asiste allende el océano impávida a su propio naufragio. La potencia militar, geopolítica y diplomática, así como económica e industrial más desarrollada del mundo, titular de 800 bases e instalaciones militares que cercan estrechamente el continente euroasiático, tiene a su cabeza a un hombre de negocios inmobiliarios que quiso y no pudo ser marino, sin formación política alguna y una especialidad televisiva en reality shows como cuota fuerte de su curriculum vitae, dotado hoy con plenos poderes para poner al mundo en llamas si le place. Y, para colmo, aliado con la hez paranoide de los negocios mundiales, alguno con la vista puesta en Marte, no vaya a ser que su dinero, convenientemente expropiado al mundo del trabajo, sirva en nuestro planeta para remediar algún problema social de envergadura.
Jactancia
Nada más llegar a la Casa Blanca por segunda vez, su nuevo inquilino se ha jactado de dos cosas: la primera, haber sido designado por Dios para inaugurar una era dorada para Estados Unidos, tras librarle de un disparo en el cráneo despejado por su oreja derecha; la segunda, desmantelar acuerdos internacionales y nacionales trenzados laboriosamente por sus antecesores sobre asuntos de tanta entidad como la Sanidad pública -decretando la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud-; las migraciones -cerrando objetivamente la frontera mexicana-; el Medio Ambiente- exhortando a perforar aún más las entrañas del Planeta en busca de más combustibles fósiles-; amén de alardear de que Canadá y México, sus vecinos más cercanos se arriesgan, el primero a ser deglutido por su poderoso vecino y el segundo, a mantenerse genuflexo ante el nuevo y zafio mandamás. Qué decir de su intento de hacer trizas el Tratado Torrijos-Carter que, en 1977, devolvió la soberanía del Canal de Panamá al Estado panameño, gracias a la inteligencia de Omar Torrijos y a la anuencia de su antecesor, el presidente demócrata Jimmy Carter….Una sarta de estupideces surgidas de la escabrosa mente de un individuo que se comporta como lo que es, un millonario caprichoso hijo de millonarios, alejado de la vida cotidiana de la ciudadanía de a pie, de sus cuitas y penares… en su país, teóricamente el más rico del mundo, malviven 70 millones de pobres de solemnidad, al menos 100 millones de drogradictos de drogas duras, con 100 cárteles sin nombre, con servicios públicos en ocasiones inexistentes, con millones de armas automáticas al alcance de la mano de cualquier desaprensivo de los que ensangrientan colegios e institutos cada semana y en medio de un ambiente político polarizado y de confrontación, con unas minorías, de color e hispana, desplazadas, de los verdaderos nudos de poder, pese a a los embustes de Hollywood al respecto.
Toda una desgracia
Toda una desgracia se ha abatido sobre los Estados Unidos de América y, por extensión, dado su aún poderío mundial, también sobre nuestras cabezas. De entrada, ha confundido a España, miembro de la OTAN, entre los miembros de los BRICS, el colectivo alternativo al poder del dólar configurado por Brasil, Rusia, India, China y África del Sur. Además, pues, iletrado. Esperemos que quienes desde aquí propalan zalamerías constantes hacia Washington, pese a su afecto desaforado hacia Marruecos, se enteren bien de a quién adulan de manera tan vergonzosa. ¿Cómo puede alardear Donald Trump de codearse y posar con un genocida, convicto de infanticidio premeditado y masivo, como el primer ministro de Israel, Benjamín Nethanyahu, en quien él ha depositado buena parte de la política exterior estadounidense en un área del mundo tan sensible como el Medio Oriente? Busca abiertamente la vendetta contra Irán, 45 años después de la captura de rehenes de la embajada norteamericana en Teherán, tras décadas de dictadura del Sha avalado por Washington; y hasta que no consiga que su machacante israelí, armado hasta los dientes por el complejo militar industrial estadounidense, lamine el país de los persas, no parará tranquilo, advirtiendo a China que luego seguirá con ella…
Algunos ven en su silencio estos días sobre la guerra de Ucrania, un destello de realismo por atribuirle el propósito de acabar con la contienda; pero no conviene hacerse ilusiones; parece buscar, tan solo, romper el eje entre Pekín y Moscú; pese a lo que pueda argüirse en su contra, hoy por hoy ese tándem es garantía interestatal geopolítica de sensatez para que el mundo no reviente en pedazos por la irresponsabilidad de elementos como el propio Trump, heredero de la tóxica e imperial anglosfera.
Hegemonismo contra multilateralidad
Lo cierto es que nuestro mundo, tras numerosos y prolongados avatares coloniales, imperiales, hegemónicos y bipolares, ha ido abriendo paso a un escenario multilateral donde nuevos sujetos estatales, como los BRICS, ocupan cierta primera línea de la acción geopolítica y económica. Ese proceso, ya irreversible, es el que Donald Trump se propone reventar azuzando la unipolaridad estadounidense, para llevar a los mil millonarios norteamericanos y al debilitado dólar a un hegemonismo trasnochado que ya no tiene lugar en nuestro Planeta. Y solo se permitirá convivir únicamente con regímenes de extrema derecha en Europa, humillada y ninguneada a propósito, gracias a palmeros como el Gobierno de Giorgia Meloni o no-gobiernos perpetuos, como al que aspira el invitado español a los fastos de la Casa Blanca, el mismo que se desplazó a Tel Aviv a saludar al genocida cuando comenzaba su loca carrera hacia el infanticidio palestino. Estos son algunos de los mimbres sobre los que se sujeta el demagogo del rubio tupé que quiere engrandecer a Estados Unidos a costa de empequeñecer la democracia -y todo lo que significa- hasta su mínima expresión. En su alocada carrera, puede llevarse por delante la paz social donde aún perdura en el mundo, como por ejemplo en España, fomentando la sumisión y el control sobre todo Estado que no se avenga a pasar por el caprichoso aro que extiende con su brazo.
Durante su toma de posesión el pasado 20 de enero, una imagen que destacaba era la ensombrecida silueta de su esposa, Melanie Knavs,(Eslovenia, 1970), oculta bajo un sombrero negro de ala ancha, que impedía completamente ver sus ojos. Algunos comentaristas creían adivinar en su estampa la vergüenza ante lo que allí acontecía, todo un homenaje al supremacismo creado por y para multimilmillonarios o bien, todo un signo de lo que a las mujeres del mundo real, a sus parejas e hijos, les aguarda bajo la férula de un individuo como su iracundo y arrogante esposo.







