Fabián Jareño: un imprescindible

Fabián Antonio Jareño Sánchez. Nació en Monforte del Cid en 1959 y a mediados de los años 70 ingreso en la UJCE, llegando a formar parte de su dirección en el País Valenciano. Tuvo varias responsabilidad en la dirección en Elda y Elche. Actualmente era Secretario Político de la Unión Comarcal del Baix Vinalopó-Vega Baja.

El día 20 de febrero, a las 9 de la noche, de puntillas y sin hacer ruido, con su admirable discreción, ha cerrado la puerta y se ha marchado de viaje Fabián, nuestro camarada y hermano en la lucha. Se ha ido físicamente, pues ha decidido embarcarse en la singladura más larga, pero, afortunadamente para nosotros nos ha dejado en casa toda una tonelada de ejemplo, de fuerza y de entrega a unos ideales algo que estoy seguro de que seguirá vivo para siempre en cada uno de nosotros y nosotras.

Fabián ha sido y será uno de los considerados como imprescindibles, de aquellos que, como decía Berthold Brecht, “luchan toda la vida”. Desde niño, su existencia fue difícil y, sin caer en el resentimiento, mirándolo de frente, entendió que el mundo solo lo cambian los valientes, los que no se rinden, los que tienen un propósito. Supo ver, desde muy joven que el mundo es un lugar donde la desigualdad no se combate con lamentos, sino con acción. A pesar de su fragilidad aparente, la de su cuerpo no muy grande para ese corazón tan enorme, allí donde había un conflicto, donde hacía falta una mano firme y solidaria, donde los compañeros necesitaban apoyo, allí estaba él, y su figura menuda crecía frente a todos nosotros. Nunca preguntaba si valía la pena hacer las cosas, simplemente las hacía, porque tenía claro que luchar por un mundo mejor es una tarea colectiva, un compromiso de vida, donde cada uno y cada una debe poner de su parte lo mejor de sí.

Formando parte del Partit Comunista del País Valencià desde los 16 años cuando comenzó a militar en Elda, en cada huelga en la que participó, en cada asamblea en la que se acaloraba defendiendo lo que creía justo, en cada momento de camaradería en el que consideraba, con razón, que era necesario estar también alegre y cercano para unir a la gente, en cualquier parte donde estuviera, Fabián era un pilar maestro, un ejemplo de humanidad y alguien a quien seguir sin cuestionártelo. Su sentido de la humildad fue tan elevado y auténtico que nunca buscó reconocimiento ni protagonismo; su única recompensa era la de ver a sus compañeros y compañeras de trabajo recuperar su dignidad porque su lucha sindical tenía sentido; la de ver a una familia inmigrante respirar aliviada porque él había movido cielo y tierra para ayudarla; la de apoyar a una madre que, a punto de ser desahuciada, él junto a otros compañeros y compañeras conseguían hacerla sonreír tras parar el desahucio. Fabián, como esa persona sabia que fue, era consciente de que la lucha por construir un mundo mejor es un camino largo, lleno de obstáculos y, sin embargo, su voluntad estaba forjada en un acero tan duro que no recuerdo haberle visto nunca derrotado ni abatido por el desánimo.

Los que compartimos trincheras de lucha política sabemos que su convicción no era una simple fachada ni una idea bonita sin sentido, sino una forma de estar en la vida. Su coherencia, esa cualidad tan escasa en estos tiempos de hoy, era su seña de identidad. Fabián no solo hablaba de solidaridad, la practicaba día a día. No solo denunciaba la injusticia, se partía el alma y la cara para cambiarla. Era tal su capacidad para llegar a todo que, en medio de tanta lucha, nunca le faltó, tras esas colosales pegadas de carteles de las campañas, un momento de risa sonora con los compañeros y compañeras de partido cuando contaba series interminables de chistes, ni tampoco se privó de disputar una entretenida pelea con frases provocadoras cuando defendía a su siempre amado Real Madrid frente a su querido amigo y, ahora también camarada, Enrique “el Pitillo” que, como no podía ser de otra manera y para que la historia tenga sentido, es del Barça.

Pero su enorme corazón sin límites también fue capaz de repartir palabras de aliento para quien las necesitó, un gesto de camaradería desinteresado y una sonrisa tan auténtica que era sanadora para el que la recibía. Porque Fabián no solo era un militante comunista (nada más ni nada menos), sino que era, además, ese amigo auténtico y ese hermano con el que se podía contar siempre y en toda circunstancia.

A menudo, repetía “aunque nunca he conseguido ver triunfar ninguna de mis posturas políticas en el partido, lo importante es que sigo en él y me moriré en él, pero con la esperanza de que algún día construiremos, entre todos y todas, un partido mejor”. Por ello, la mejor manera de recordarlo no es con lágrimas. El mejor homenaje es seguir su ejemplo inquebrantable y su voluntad para conseguir la fuerza de la máxima unidad dentro del partido, con el puño en alto y la mirada firme.

Hoy nos falta tu voz, camarada, tu abrazo, tu presencia infatigable, pero tu legado seguirá vivo en cada pancarta sostenida, en cada grito de justicia en las manifestaciones y en ese gesto infatigable de cada compañero o compañera que se organiza para cambiar el mundo.

Hasta siempre Fabián, querido y admirado camarada. Tú bien sabes que no hay descanso para los que sueñan con la revolución. Estamos seguros de que allá donde estés, seguirás con nosotros y nosotras, guiándonos con tu ejemplo, sosteniendo, con tu mano derecha, una enorme bandera roja del Partido Comunista bordada en hilo de oro con la hoz y el martillo y, con la izquierda, un ramo tricolor de flores frescas que nos recuerda la bandera de esa gloriosa III República con la que junto a ti muchos y muchas soñamos. La lucha sigue camarada, sí, pero tu inborrable recuerdo será siempre sinónimo de victoria.

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