El malo

Para hacerse creíble, la mentira precisa siempre de un malo, aunque sea de andar por casa. Tener a alguien a quien se le pueda culpar de todo aquello que nos incomoda

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Representación del infierno con el diablo en el centro
Representación del infierno con el diablo en el centro

Si uno se atreve con la lectura de uno de los mejores libros de terror que jamás se hayan escrito, me refiero a la Biblia, y tras ésta, acude a la segunda parte, bastante peor por cierto, llamada Los Evangelios, descubrirá que uno de sus trucos literarios, difícil de superar, consiste en acabar convenciendo al lector de que el malo de la historia, es aquel que, en realidad, no ha cometido maldad alguna y, al contrario, el que se supone que es el bueno, no para de matar, torturar y humillar a cuanto se le pone delante de sus narices. Ni que decir que el malo es el diablo y el bueno, dios.

Saco a colación la Biblia porque es el código moral impuesto en nuestra civilización, pero qué duda cabe que la historia se repite en las demás. Todas se basan en el principio de divinidad, en la autoridad suprema que no admite rebeldía alguna. Y es precisamente eso lo que otorga al personaje del malo su categoría, la rebeldía o al menos la defensa de un relato diferente, a menudo más acorde con la realidad y las prioridades del ser humano.

Frente al principio de divinidad y de la autoridad suprema que no admite rebeldía alguna, el malo es el que se rebela o defiende un relato diferente, a menudo más acorde con la realidad y las prioridades del ser humano

Sin embargo, y a pesar de ello, es difícil de entender por qué, mayoritariamente, se acepta la arbitrariedad divina, ante la que solo cabe la sumisión bajo la promesa de una vida imaginaria en un lugar desconocido, mientras que a la vez se rechaza el elogio del placer y el disfrute de la libertad en este mundo palpable y real.

Y frente a este hecho inapelable, solo cabe una explicación. La mentira siempre ha estado mejor contada que la verdad, esto es, ha tenido mejores narradores, tal vez sea porque han tenido que esforzarse más dado que la mentira es un hecho falso y la verdad esta ahí, no requiere de más aclaraciones.

Pero hay algo más. Para hacerse creíble, la mentira precisa siempre de un malo, aunque sea de andar por casa. Tener a alguien a quien se le pueda culpar de todo aquello que nos incomoda, puede llegar a ser muy reconfortante y, crearlo, no es tan complicado como podría parecer. Basta con recurrir a los instintos más bajos del ser humano, el miedo, la envidia o la impotencia, para convertir una acusación en crimen, sin necesidad de pruebas ni fundamentos. La repetición constante de la falsedad, hará el resto.

De esa manera se logra que allí donde menos alegrías da la vida, allí donde la escasez es la constante, se encuentren los mayores defensores del ser todopoderoso que les ha colocado en esa nefasta posición, llámese dios, Estado u orden social.

No cuento nada nuevo, nada que no haya sucedido a lo largo de nuestra historia. Los Reyes Católicos aplaudidos y santificados a pesar de ordenar la expulsión de aquellos que tenían mayores artes y cultura; herejes y brujas,  científicos y filósofos, ardiendo públicamente en las piras de la Inquisición; el pueblo gitano menospreciado, impedido de viajar y trasmitir de un lugar a otro las noticias que permanecerían ocultas o deformadas; el judío gaseado junto a quienes osaban combatir al nazismo o el palestino, despojado de sus tierras, asesinado por quienes fueron, ellos mismos, víctimas del genocidio; poetas, músicos y maestros, acusados de violaciones y antropofagia por el fascismo español.

De una manera o de otra, el modo en que se le atribuía maldad al disconforme, estaba orquestado concienzudamente por perversos profesionales de la intoxicación. Y así sigue sucediendo hoy en día.

Sólo hay algo que diferencia otras épocas de la actualidad. Somos nosotros, los mismos que combatimos la mentira, quienes acabamos por engordarla, alimentando a sus creadores con los beneficios obtenidos por la publicación de libelos y calumnias en las redes sociales. Cada vez que compartimos, denunciamos o protestamos pulsando la pantalla del teléfono móvil, canallas como Elon Musk se frotan las manos al son del tintinear de su caja registradora.

Así que, tal vez, habría que plantearse el dejar de usarlas y volver al correo y la epístola.

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