El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 define, en su web, los Servicios Sociales como “servicios de intervención social profesional que las administraciones públicas ponen a disposición de la ciudadanía para responder a situaciones de especial necesidad (…) Los servicios sociales son, por lo tanto, una parte esencial de la respuesta que, desde lo público, se da a las incertidumbres y riesgos que afectan al conjunto de la ciudadanía en algún momento del ciclo vital”.
La clase trabajadora concebimos en nuestro imaginario los Servicios Sociales como unos servicios destinados únicamente a personas y familias en situaciones de vulnerabilidad extrema, situadas en los márgenes y en las periferias, en exclusión social. Ello en parte ha sido construido con las representaciones simbólicas de las trabajadoras sociales (las mal llamadas asistentes sociales) en el cine y la literatura, pero también con la larga tradición de las entidades religiosas como gestoras de la pobreza en hospitales y hospicios.
Nuestra mirada sobre los Servicios Sociales también ha sido colonizada por el ideario franquista, con instituciones como el Patronato de Protección a la Mujer, sobre el que hay un interés novedoso impulsado por investigadoras feministas, que abordan su estudio desde la historia y el periodismo principalmente. El Patronato fue una institución, con múltiples centros y recursos a lo largo del territorio, de disciplinamiento de las mujeres y de las niñas, de aquellas que no encajaban en el modelo de la mujer decente o de la “buena mujer” del Franquismo. El fascismo y el falangismo siempre han tenido un interés en modelar y disciplinar a las mujeres como esposas y madres, la Sección Femenina de la Falange es sólo un ejemplo de ello.
Esa mirada del nacionalcatolicismo sobre los Servicios Sociales es la que debemos deconstruir las marxistas, para no entenderlos con una perspectiva asistencialista y de beneficencia, cuyo modelo despolitiza a nuestra clase; ya lo decía Eduardo Galeano, la solidaridad es horizontal, “la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder”. Pero tampoco desdeñemos el asistencialismo que nosotras, las marxistas, entendemos como la cobertura de las necesidades materiales de nuestra clase, porque sabemos que, si todo nuestro tiempo lo dedicamos a conseguir el pan, no podremos hacer la revolución, nuestra emancipación no será posible.
Los y las comunistas debemos estar con nuestra clase, especialmente en situaciones de vulnerabilidad y de emergencia humanitaria como en la pandemia por COVID o en la reciente DANA en Valencia. Pero ello no significa que nuestro modelo sea el asistencialista sino que debemos consolidar un Estado Social de Derechos, en el que los Servicios Sociales no sean sólo la respuesta a situaciones de extrema vulnerabilidad sino que se configuren con un carácter preventivo y consoliden el denominado Estado del Bienestar junto a la Sanidad, la Educación, la Vivienda y las Pensiones.
Sabemos además, que nuestros Estados del Bienestar no pueden cimentarse en los Estados del Malestar de otros pueblos del mundo, es nuestra seña de identidad también la solidaridad internacionalista, de especial relevancia en el momento actual, en el que seguimos asistiendo al genocidio en Palestina, a las deportaciones y los asesinatos en las fronteras y, en definitiva, a la reconfiguración de la geopolítica internacional, con los mandatos de rearme de la Unión Europea y el desvío de grandes presupuestos para las industrias de defensa y seguridad, en una tendencia a la militarización y al autoritarismo que no es una novedad. Es obvio que, ante los discursos y las políticas belicistas, debemos defender la paz y los derechos humanos tanto en las calles como en las instituciones, bajo la premisa que ya plantease Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”, porque sabemos que, en sus guerras, serán nuestros los muertos.
La ultraderecha se cuela al enfrentarnos a los pobres con otros pobres
El modelo de Servicios Sociales en nuestros territorios tiene su ámbito competencial en las comunidades autónomas, entendiéndose que deben ser éstas quienes establezcan los recursos y carteras de servicios. El modelo, en consecuencia, se configura con una desigualdad estructural y los Servicios Sociales, en función de quien gobierne en cada territorio, no reciben las mismas partidas presupuestarias ni los mismos recursos materiales y humanos. En general tenemos un modelo de Servicios Sociales externalizado, privatizado (la mal llamada colaboración público-privada en el discurso neoliberal) y, la atención social es gestionada por multitud de actores, entre ellos, empresas privadas, fundaciones, entidades religiosas y, en los últimos años, los Fondos Buitre, que hacen negocio y mercadean con la atención social y la vulnerabilidad y, por ende, con sus profesionales y las personas a las que atienden. Se mercadea con la vida y, en particular, con ciertas vidas.
El caso reciente del asesinato de la educadora social en Badajoz sólo ha revelado las grietas de un sistema que falla, que desprotege a las trabajadoras y a las personas usuarias de los servicios. Éste debe ser un punto de inflexión para mejorar el Sistema de la Atención Social en nuestros territorios, para transformar no sólo las condiciones laborales de las profesionales sino para transformar el modelo estructuralmente.
En las grietas de un sistema que falla se cuelan fácilmente los discursos punitivistas, racistas y xenófobos, los discursos que abogan por una mayor securitización, demandando más vigilantes, más policías, mayor control de los cuerpos y de las vidas en las fronteras, así como en los recursos residenciales y en los centros sostenidos con financiación pública. Más cámaras de vigilancia, más vigilar y castigar, junto a la criminalización, no sólo discursiva, sobre los menores, los niños y las niñas, en función de su origen étnico-racial, así como la criminalización sobre las personas en situación de sinhogarismo, sobre las personas psiquiatrizadas, sobre las mujeres víctimas de violencia de género, etc. El ser y el estar en el mundo de las personas se construye de forma desigual según la posición que se ocupe en la estructura, hay desigualdad en el acceso y en el ejercicio de los derechos sociales, en la participación en la comunidad, en la representación y en la toma de decisiones que afectan a las vidas cotidianas, en la movilidad por los territorios, en las posibilidades de desarrollar una vida plena y de relacionarse como ciudadanos/as libres e iguales.
La ultraderecha se cuela enfrentándonos a los pobres con los pobres, culpabilizando a los pobres de su pobreza, depositando en la individualidad la responsabilidad de la posición que se ocupa en la estructura de la desigualdad, construyendo simbólica y materialmente una alteridad, en una relación binaria por oposición, “nosotros vs. los otros”. Los otros son los pobres del mundo, los nadie, los dueños de nada, los parias de la tierra, desposeídos de tierra, pan, trabajo y dignidad. Y, para la ultraderecha y el fascismo, los otros son los enemigos.
La ultraderecha sustenta sus discursos reaccionarios en la biología, convirtiendo falsas premisas y asociaciones de ideas en naturales, como que las personas migrantes y racializadas son criminales, (el origen como causa de criminalidad), que son quienes cometen las agresiones sexuales, las que más se benefician de las ayudas del Estado y un sinfín de sentencias condenatorias que pueden rebatirse fácilmente con datos, pero que tienen un impacto directo en las emociones, a través de las noticias falsas, los vídeos virales en redes sociales, y, en definitiva, los bulos que forman parte de los discursos de odio, en esta era que algunos han denominado la era de la posverdad, en la que la desinformación está a la orden del día.
La necesaria transformación del modelo
Según el último Informe del Estado de la Pobreza en España (febrero, 2025), publicado por la plataforma European Anti-Poverty Network (EAPN), la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social AROPE (at risk of poverty or exclusion) se ha reducido en el último año y alcanza al 25,8 % de la población residente en España, en términos absolutos ofrecen la siguiente cifra: 12,5 millones de personas están en AROPE.
Aunque este informe señala que la tasa de riesgo de pobreza actual se sitúa en niveles similares a los anteriores de la crisis financiera de 2008, reflejando el valor más bajo de la serie histórica. Respecto a la carencia material y social severa, ésta disminuye hasta el 8,3 % de la población, es decir, afecta a 4 millones de personas. Estos datos parecen ser congruentes con los que aporta la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales, quienes también realizan informes de carácter anual sobre el Estado de los Servicios Sociales en España e indican que son 8 millones de personas en el territorio estatal las que son usuarias del Sistema de Servicios Sociales.
El modelo debe transformarse, otorgando el reconocimiento a las profesionales que desempeñan un trabajo esencial para la vida en comunidad, implementando en todos los niveles competenciales la Estrategia para un nuevo modelo de cuidados en comunidad: un proceso de desinstitucionalización (2024-2030) y la Estrategia Nacional de Prevención y Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (2024-2030).
Este modelo no puede sustentarse en que vuelvan a ser las familias y, en concreto, las mujeres las que sostengan los cuidados. No queremos un Estado familista, sino un Estado Social de Derechos, debemos atender a la problemática estructural de la feminización de la pobreza y a los cuidados que ejercen las mujeres con sus “cuerpos rotos”, tal y como ellas refieren.
La transformación del modelo pasa por establecer una legislación que bloquee el mercadeo de los Servicios Sociales, así como por impulsar la profesionalización del Tercer Sector y la aplicación y mejora del Convenio Estatal de Acción e Intervención Social, y los convenios colindantes (reforma, dependencia, etc), es decir, la reconfiguración de los convenios y su posible homogeneización, es urgente la fiscalización a las comunidades autónomas, de sus relaciones clientelares y nepotistas en el sector, con fondos buitre, fundaciones y entidades religiosas, así como la realización de auditorías a las entidades que ganan los concursos y licitaciones públicas; urge también la reactivación de los Colegios Profesionales de Trabajo Social, Educación Social y Psicología, para que se conviertan en agentes políticos clave en la transformación del sector social, son imprescindibles las inspecciones de trabajo, que no sitúen a las trabajadoras en condiciones de vulnerabilidad así como la consideración de las diferentes categorías profesionales (la supervisión de la práctica de las entidades en la contratación de integradores/as sociales como educadores/as sociales, entre otras).
Es clave el reconocimiento de los riesgos psicosociales en el ejercicio de este trabajo, establecer condiciones de seguridad y salud laboral adecuadas. Realizar investigaciones cuantitativas y cualitativas que ofrezcan un diagnóstico situado del estado del sector, de la precarización de los recursos y servicios, de sus profesionales, de las personas usuarias, etc.
En definitiva, transformar el modelo a unos Servicios Sociales Públicos, Dignos y de Calidad, con gestión directa y remunicipalización, es decir, servicios sociales de proximidad eficaces, que se traduzca en que los centros de servicios sociales en municipios, distritos y barrios se transformen en lugares de encuentro y convivencia, no en espacios burocratizados de fiscalización de las vidas y de los cuerpos de la clase trabajadora.
Necesitamos una atención social primaria profesionalizada.
Es necesaria también una mejor coordinación entre los servicios sociales, la sanidad, la educación, la vivienda y las pensiones. En definitiva, cambiar la mirada, transformar la estructura y analizar cómo la desigualdad y la discriminación atraviesan cada instancia y aterrizan en el acceso y el ejercicio de los derechos sociales en nuestros territorios.
Los Servicios Sociales son Res Publica, cambiemos la mirada, nos va la vida en ello.







