Las denominadas tierras raras, ni son tierras, ni son raras. Tampoco son un descubrimiento actual: ya en Suecia, en 1787, fueron descubiertas y medio siglo después, los científicos clásicos Mendeleyev y Lavoisier conocían estos óxidos de minerales, 17 en total, cuyo hallazgo consecutivo se prolongó hasta 1947. Ya en 1961 comenzaron a ser manipuladas y comercializadas merced al ingenio de un químico austríaco Carl Auer von Welsbach quien, ya un siglo antes, las había aplicado a la iluminación de linternas. El caso es que esas tierras raras, en realidad óxidos muchos de ellos de origen férreo, afines a los silicatos —de ahí su denominación como tierras— incorporadas ya al Sistema Periódico de los Elementos Químicos, se han convertido, por su versatilidad, en la materia prima industrial por excelencia de nuestro tiempo, así como una decisiva forma de poder. Y ello debido a que su estudio demuestra que tienen implicaciones en ámbitos tan generales como la minería espacial, la química, la física, la astronomía, la ingeniería, la bioquímica, la genética y la biología molecular, con sus correspondientes e innumerables aplicaciones en: luminotecnia, telefonía, automoción, energías renovables y transportes con cero emisiones, baterías, láseres, imanes, reactores nucleares, aviones, redes informáticas, aeronáutica aeroespacial… Por poner algún ejemplo, cada uno de los tristemente conocidos cohetes Patriot, misil propio de la actual forma de guerra, precisa de más de 460 kilos de este tipo de material. Asimismo, un automóvil híbrido, de los millones que ya se fabrican en el mundo, requiere de, al menos, 12 kilos de tales componentes.
Todo ello determina que la lucha por la tenencia, explotación, distribución y comercialización de las tierras raras se haya convertido en eje de una disputa geopolítica de enorme trascendencia. Y las disputas geopolíticas, tienen siempre un bastidor militar sobre las que se soportan. Hacerse con las tierras raras se ha convertido en una de las principales batallas en la arena mundial y su disputa cobra formas extremas de contienda no solo comercial, sino localizadora previa de enclaves mineros que las contengan y redes de distribución que permitan comercializarlas. ¿Quién detenta hoy la hegemonía en este campo?: China.
En el último tercio del siglo XX, cuando China hizo su apuesta estratégica por la tecnología y Estados Unidos, empeñado en enfrentar belicosamente a la Unión Soviética con la República Popular, descuidó su atención industrial hacia estos minerales estratégicos
El origen de este predominio chino sobre las tierras raras, de las cuales posee oficialmente al menos el 34% y extraoficialmente un 20% más de las reservas mundiales y de su gestión, se enraíza en la geopolítica del último tercio del siglo XX, cuando China hizo su apuesta estratégica por la tecnología y Estados Unidos, empeñado en enfrentar belicosamente a la Unión Soviética con la República Popular, descuidó su atención industrial hacia estos minerales estratégicos por meras razones mercantiles. Así, una enorme mina estadounidense extractora de tierras raras, Mountain Pass, en California, entre 1965 y 1984 la principal fuente extractora de este tipo de minerales, dejó de explotarse entonces por una serie de alteraciones en los precios y de bandazos en los circuitos bursátiles. Aquello desplomó el específico mercado occidental. Si bien en los años 70 del siglo XX, había en Estados Unidos hasta 20.000 mineros y especialistas dedicados a este menester extractivo y distributivo, recientemente solo quedaban 1500 personas insertas en este ámbito y tan solo una de los centenares de universidades estadounidenses imparte ahora títulos de esta especialidad mineralógica. Además, hay que destacar que desde que el material se extrae, se distribuye y se refina, hasta que se comercializa, tras ingresar en los usuales circuitos mercantiles pueden transcurrir hasta quince años. Otro tanto se precisará para formar nuevos operarios, habida cuenta de la avanzada edad de los mineros veteranos.
Apuesta estratégica
La posición hegemónica de China en la extracción, distribución y comercialización de las tierras raras se debe, sobre todo, a la apuesta estratégica de los dirigentes chinos por este rubro económico e industrial, que ha mantenido conscientemente fuera de las oscilaciones bursátiles —tan apegadas al sistema del capitalismo financiero—, un sector de tal relevancia económica y social; todo ello favorecido por una coyuntura geopolítica derivada de la miopía occidental que sólo tuvo y tiene en cuenta la rentabilidad a corto plazo de toda actividad productiva. La perseverancia de China, sus apuestas a largo plazo, más la conservación de la estatalidad y la planificación, la primera como condición necesaria para la racionalización de la vida social y la planificación como instrumento político imprescindible del social-comunismo, han permitido al gran gigante asiático plasmar la sabiduría de su cultura política y situarse a la cabeza no solo de la tenencia de tierras raras, sino sobre todo, a la cabeza de los principales procesos tecnológicos y comerciales hoy vigentes en el mundo. Y eso es, particularmente, lo que la superpotencia occidental, Estados Unidos, interioriza como origen de su inexorable declive, habida cuenta de que, como la ciencia demuestra, los componentes infraestructurales, básicos, es decir, la organización de la producción, determina hondamente las condiciones de la vida y existencia de las sociedades contemporáneas. La tecnología tira de la demografía, de las instituciones políticas y económicas, así como tira también de la organización social, con sus correspondientes estilos y formas de existencia. Y la sociedad estadounidense no es una excepción a este axioma que la realidad prueba.
Se abre paso el multilateralismo
Por otra parte, es preciso resaltar que la tecnologización de la vida cotidiana en el mundo, dada su aplicabilidad y versatilidad a tantos ámbitos vitales, genera unos réditos geopolíticos y geoestratégicos de enorme impacto; sobre todo y en este caso, concernientes a que la erosión del supremacismo estadounidense, por su declive en esta y en otras cruciales contiendas, es la condición sine qua non para que el multilateralismo, como forma suprema y emergente de regirse la comunidad internacional, se abra paso en la escena geopolítica y geoestratégica mundial. Y progresa arrumbando el unilateralismo imperializante del debilitado Estado norteamericano, débil pese a su formidable arsenal nuclear y la amplitud y agresiva variedad de su armamento y su capacidad para generarlo y venderlo.
Por ello, las tierras raras desencadenan un cambio estructural en las relaciones interestatales, habida cuenta de que, por su alcance a propósito de la multilateralidad, ponen fin a las prácticas hegemónicas de comercio desigual aventadas por Occidente durante siglos contra países fuera del ámbito de la anglosfera, la hegemonía imperial y colonial de Inglaterra y Estados Unidos. Es señaladamente esta la causa por la cual la Casa Blanca, ocupada hoy por un botarate que únicamente parece conservar su instinto de clase dominante, se propone dañar la economía y el ascendiente mundial de China, que encuentra en las tierras raras el mejor emblema de su potencia tecnológica y comercial; emblema que exhibe de manera tan pacífica como creciente y que trata de brindar, en condiciones formalmente igualitarias, a numerosos países ex-coloniales deseosos de salir de la sumisión a las políticas hegemonistas de los Estados Unidos de América y su leal cancerbera, Inglaterra.
Así pues, el multilateralismo abre paso a la presencia de Estados hasta ahora excluidos de la escena geopolítica, exclusión impuesta por Occidente en África, Asia e Iberoamérica, donde países como Madagascar, Suráfrica, Birmania, Laos o Brasil, contienen en su subsuelo potentes vetas minerales de las cuales las tierras raras proceden. Es preciso subrayar que 16 de los 17 componentes de estos silicatos litófilos son más abundantes en la corteza terrestre que el oro, el mercurio o la plata. Por tal motivo, su supuesta rareza obedecía más a la ignorancia de sus cualidades y aplicaciones que a su precariedad, si bien sus reservas pueden agotarse en el presente siglo. Otras vetas y filones de enorme potencial se localizan, por ejemplo, en Groenlandia —el país más extenso de Europa dada su adscripción a Dinamarca—. De ahí la apetencia de Donald Trump por ocupar la gigantesca isla helada que tan solo cuenta con una población de 55.000 habitantes. Bajo los 3 kilómetros de espesor del hielo ártico se ocultan tesoros minerales que componen un apetitoso reclamo para los países ribereños del mar Ártico, entre los cuales la Federación Rusa posee más de 6.000 kilómetros de litoral, la mitad aproximada de esta extensión, Canadá y la Alaska estadounidense y los países nórdicos, salvo Dinamarca, una superficie aún menor. El hecho de que el cambio climático haya acelerado el deshielo y haga potencialmente transitable el mar Ártico que baña Groenlandia y toda la cornisa septentrional del continente euroasiático, aviva las pulsiones y apetencias de Donald Trump por apropiarse de las riquezas allí existentes.
——
La mayor parte de los datos de este reportaje procede de Ricardo Prego Reboredo, en su trabajo inserto en el cuaderno Energía y Geoestrategia 2021, publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos.







