Abril es un mes, para los republicanos, cargado de simbología, en el que añoramos aquella República arrebatada por el fascismo, y en el que, al recordarla, cargamos las baterías para seguir luchando por otra nueva República. Tan necesaria como aquella, por la propia esencia democrática, y como motor regenerador de la vida política. Abril es también un mes de alegrías victoriosas por la gesta de nuestros vecinos portugueses con su revolución triunfante. Pero abril también tiene huellas luctuosas, como la de Maiakovski, el mejor poeta de la Revolución, suicidado el día 14, el de nuestra República, pero en 1930. “No culpen a nadie”, dejó dicho. Igual que frente a una de sus derrotas sentimentales escribió, “la barca del amor se estrelló contra la vida cotidiana”. El poeta, su sensibilidad, sucumbió, aunque poco antes aún escribió que se arrepentía de no haber luchado lo suficiente contra el burócrata que le censuró un cartel. En esos pequeños detalles de la vida están encerrados los mejores consejos. Y en abril también murió Antonio Gramsci.
Gramsci, con la profundidad de su pensamiento, es una fuente constante, en la que cada vez que uno vuelve a beber le parece agua nueva, porque adquiere nuevos matices. Por su profundidad, y también, en sus “Cuadernos de la cárcel” por su lenguaje metafórico, con el que pretendía burlar a los censores de la prisión donde estaba encerrado. Gramsci, que es reivindicado desde muchas posiciones, las más ortodoxas y las más heréticas. Yo, como cada cual, prefiero la mía. Para quienes nos acercamos al comunismo a finales de los setenta, con la democracia naciente, tras las críticas a los modelos del llamado socialismo real, Gramsci fue inspirador. Eran los tiempos en los que a aquella formulación de principios de que sólo queríamos un socialismo en libertad, un socialismo deseado por la mayoría del pueblo, se le llamó eurocomunismo. Todavía no entiendo por qué es un término que ha desaparecido de nuestro argot, de nuestra teoría, cuando era lo más parecido a lo que ahora postulamos, y era una conquista original, tras muchos debates. En aquel movimiento Gramsci era un paladín, central para esa nueva revolución, pues, a nuestro pesar, la ola revolucionaria de la Revolución de Octubre ya no impulsaba los movimientos en nuestras sociedades occidentales. Y, aunque haya que volver siempre a Gramsci, no voy a hablar de ese proceso, sino que quiero compartir un hallazgo, el Gramsci albanés.
La geopolítica marca la vida de las personas, también las vidas privadas, pequeñas. Es algo fácil de comprender ahora que estamos rodeados por guerras. Lo fue siempre. También para nosotros. En 1937, miles de niños y niñas republicanos fueron enviados en barcos a Francia, Bélgica, Gran Bretaña, la URSS, para protegerlos de la Guerra Civil. Pensaban que iba a durar poco, y que volverían pronto. No fue así. Una de esas niñas, una vasca de Rentería, partió en el barco “Habana”, de Santurce, llegó a Leningrado y luego a Moscú. Esa niña, creció allí, donde conoció a un joven albanés, que había sido enviado por sus padres, guerrilleros albaneses, para protegerlo de la II Guerra Mundial. Se enamoraron y tuvieron un hijo, Vladimir. Vivian en Moscú. En los años 60, cuando Albania, en su delirio de pureza ideológica rompió con todos sus vecinos, incluidos los soviéticos, mandó que se repatriaran los albaneses que vivían en la URSS, en caso contrario se quedarían sin legalidad. El padre de Vladimir volvió. Y ni él ni su mujer vasca, supieron nunca más de él.
Estaba investigando sobre esa historia, escribiendo una novela que recogiera la esencia de estos hechos, desde la verosimilitud, intentando llegar adonde la inexistencia de datos no me permitía, cuando me encontré con el Gramsci albanés. Y, espoleado por aquella máxima marxista de que un deber de los intelectuales es prestar lo que conocen a la sabiduría de su clase, me parece pertinente compartir ese dato poco conocido.
En el centro de Albania existe una ciudad llamada Gramshi (no Gramsci) de donde era natural el bisabuelo paterno de Antonio Gramsci, quien emigró para escapar de la invasión turca de Albania, e italianizó su apellido al llegar a Italia. Gramshi fue una ciudad casi secreta durante el comunismo albanés, porque en una fábrica de la ciudad se producía una versión albanesa del famoso fusil soviético Kalashnikov, una copia, al parecer, de muy buena calidad. Oficialmente se fabricaban herramientas y útiles para la agricultura, picos y palas. Y, como era secreta, aunque fuera un secreto a voces como ocurría muchas veces en los países del Este, y casi cerrada, las comunicaciones con la ciudad de Gramshi eran muy malas, con unas carreteras horribles, para dificultar que los curiosos y extranjeros se acercaran. Durante aquel tiempo, nada recordaba en esa ciudad el origen del gran revolucionario italiano. Pero recientemente se ha erigido un monumento en una plaza con el busto de Antonio Gramsci. Quizá tampoco allí esté aún todo perdido.








