Huertopías: asaltar los suelos para construir fragmentos del mundo

Agricultura urbana
José Luis Fernández Casadevante "Kois" | Foto: Nacho Goytre
José Luis Fernández Casadevante "Kois" | Foto: Nacho Goytre

El sociólogo José Luis Fernández Casadevante Kois (Madrid, 1978) es un experto internacional en soberanía alimentaria. En su último ensayo, Huertopías. Ecourbanismo, cooperación social y agricultura (Capitán Swing, 2025), hace un recorrido sobre la práctica agrícola en los espacios urbanos. El autor nos propone así una fórmula para sembrar futuros deseables.

MARIANO ASENJO: ¿Cómo nace este libro?

JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ CASADEVANTE: Son ya unos cuantos años los que llevo en este mundo, moviendo el azadón y conociendo distintas experiencias a través de contactos y lecturas, pero esencialmente el libro nace de la pandemia y de la necesidad de arrimar el hombro con lo que teníamos a mano: nuestro huerto. Conseguimos un protocolo que permitió a veintitantos huertos de Madrid poder atender nuestras siembras y donarlas a las redes vecinales o a los servicios sociales. En siete meses llegamos a las cuatro toneladas, obviamente no era la solución, pero sí supuso una ayuda cargada de simbolismo. Toda esa experiencia me la llevé a casa y me puse a indagar, era muy revelador observar cómo allí donde se decretaban confinamientos se disparaban en Google las búsquedas como “agricultura urbana”, “cultivar en casa”, “semillas”, etc., entonces prendió Huertopías.

M.A.: ¿Aparte de lechugas, qué es eso de “cosechas intangibles”?

JL.F.: Yo digo que el huerto, más allá de los alimentos, proporciona otros beneficios no tan materiales: lo que llamo cosechas intangibles. Por ello, cuando damos el salto de lo individual y miramos a estrategias más colectivas, a la agricultura vinculada a procesos comunitarios y sociales, encontramos que es una de las experiencias asociativas más inclusivas y abiertas que hay. Los huertos acogen una diversidad social enorme, es una de las fórmulas asociativas más inclusivas que conozco. No hay que llamar a una puerta. Uno puede asomarse y te invitan a entrar a un refugio en el que encontrarse y reconstruir comunidades. Las comunidades oprimidas han encontrado en los huertos lugares en los que juntarse y organizarse.

M.A.: ¿Entonces la agricultura urbana no es una marcianada que se ha puesto de moda?

JL.F.: La agricultura urbana brota recurrentemente en situaciones de emergencia. Ahora que la crisis ecosocial pone en cuestión la continuidad de lo que denominamos normalidad, ha llegado el momento de normalizar su presencia en las ciudades. Y entender que sus episódicas reapariciones deben dar lugar a una presencia permanente y una planificación estratégica. Ya no basta con disfrutar las flores de un día, toca organizar la llegada de la primavera. La agricultura es un acto que exige confianza y esperanza, esa apuesta por un futuro es lo que convierte a los huertos en una experiencia singular. Y ojalá la agricultura y la jardinería se volvieran un hobby de masas.

HUERTOPÍAS. Ecourbanismo, cooperación social y agricultura.
José Luis Fernández Casadevante “kois”
Editorial Capitán Swing, 2025

M.A.: Una pregunta que nos hacemos quienes permanecemos fuera, curioseando, es si hay ideología detrás de los huertos urbanos…

JL.F.: Entiendo esa curiosidad, los huertos urbanos son un espacio poco ideologizado como tal, lo que sí hay es mucha camaradería, y volvemos a lo de “cosechas intangibles”, porque la propia tarea te obliga a desarrollar una suerte de valores cooperativos, de trabajar en común, se cultiva una nueva sensibilidad hacia la naturaleza. Eso genera dinámicas de cuidado y de ayuda mutua. Esta es una de las grandezas de los huertos, también promueve las relaciones sociales y el bienestar emocional.

Sembramos tomates pero cosechamos nuevas relaciones sociales. Y cada huerto es distinto, respondiendo al lugar en el que se inserta y a la comunidad que lo compone. No es lo mismo un huerto gestionado por una asamblea de personas en paro, que otro dinamizado por una asociación vecinal o de atención a personas con autismo. Lo determinante son los valores de los que te he hablado antes. Y como broma, hemos tenido de compañeros en nuestro huerto del barrio de Adelfas (Madrid) durante unos años a tres matrimonios chinos, gente mayor que ya se han marchado a su tierra. La experiencia ha sido estupenda, más allá de las complicaciones del idioma, pues no hablaban castellano, nos entendíamos en el lenguaje de los hortelanos, sin problema, si hubiésemos hecho un estudio ideológico cuando estaban ellos, pues nos habría salido supongo un perfil un poco Xi Jinping… (risas)

«El hortelano y el promotor inmobiliario comparten una mirada especulativa sobre el suelo. El promotor ve edificabilidades, mientras que el hortelano ve qué se puede cultivar ahí, tanto en la parte alimentaria como en el aspecto relacional»

M.A.: Me ha resultado llamativa esa relación que estableces entre el hortelano y el especulador inmobiliario…

JL.F.: Sí (risas), al final el hortelano y el promotor inmobiliario comparten una mirada especulativa sobre el suelo. La mirada del promotor ve rentabilidad por metro cuadrado…, mientras que el hortelano ve qué se puede cultivar ahí, cultivar tanto en la parte alimentaria como a nivel relacional, es decir, ambos especulamos puesto que especular no es una palabra que solo tenga un significado. Tenemos esa responsabilidad de especular y de ofrecer posibilidades, ya que antes de ganar los espacios para los huertos comunitarios, los permisos, las regularizaciones, todo ese follón, hemos de ganar primero la percepción de la gente, que aprecie este tipo de instalaciones en su entorno ya que esa parcela podría tener otros muchos usos. Al final lo que disputamos es una idea acerca de cómo es la ciudad que deseamos.

M.A.: Otro mundo es posible…

JL.F.: Bueno, si recogemos todo el conocimiento acumulado sobre ámbitos como la energía, la movilidad, la inclusión social, la vivienda, la agricultura, la renaturalización de espacios.., si juntásemos todo eso en una misma ciudad, ¡pues figúrate! Es claro que el mundo está repartido de forma muy desigual en términos geográficos, nuestra responsabilidad se encamina a ayudar a la gente a conformar un puzzle con todas estas piezas y que entre todos seamos capaces de observar la panorámica, de superar la caricatura antropológica que nos venden los medios de comunicación, de cómo somos las personas, qué deseamos, lo qué nos motiva, lo qué nos mueve…, vendría a ser algo así como asaltar los suelos para empezar a construir nuestro fragmento del mundo.

M.A.: Un aporte interesante de Huertopías es la relación de experiencias y emociones que ofreces…

JL.F.: Son como una constelación de experiencias transformadoras: huertopías frente al urbicidio. En el libro reflejo el ejemplo de los huertos de Sarajevo al que las personas acudieron para cosechar alimentos, pero inesperadamente terminaron por obtener algunas semillas para la reconciliación, es decir, rehabilitar espacios urbanos en aras de generar confianza entre desconocidos. Otra experiencia es el trabajo en prisiones, donde la agricultura se convierte en una herramienta que prepara para la reinserción a la vida en libertad. En el libro recuerdo la historia de Nelsón Mandela y su huerto de la isla Robben. Ahora mismo se está estudiando en la planificación de campos de refugiados, qué hacer con las aguas grises y qué papel pueden jugar los huertos para dar de comer y ayudar en otras necesidades. Hay también estudios muy serios que nos reflejan la importancia de los huertos urbanos para la biodiversidad en las ciudades, de lo que significa la aparición, en medio de la jungla de asfalto, de pequeños espacios naturales.

M.A.: Estás embarcado en una densa campaña de promoción, con muchos actos y entrevistas, ¿qué te dice la gente sobre el libro?

JL.F.: La verdad es que estoy recogiendo muchas buenas emociones. He querido hacer un libro esperanzador, propositivo…, y me dicen que también me ha salido luminoso. Para mí es muy estimulante esa respuesta de la gente, ¡porque ya está bien de flagelarnos!, sabemos que detrás de cada iniciativa de huerto urbano hay mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucha asamblea tediosa, hay conflicto incluso, pero al final hay una gran fecundidad cuando ves crecer los bancales, cuando las lagartijas andan a tu alrededor, cuando nos juntamos para compartir unos calçots. Por encima de tanto pesimismo atmosférico y de tantas malas noticias hay logros. Me dicen que Huertopías es un libro manchado de barro, que permite soñar con toma de tierra. No solo ofrece un paisaje reconfortante, sino que activa energías. Al final, participar en los huertos permite aprender otras políticas nutricionales, otras formas de alimentarse y conectar con otros modelos de consumo. Son cambios en positivo que tienen lugar de manera comunitaria y colectiva.

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