Literatura y lucha de clases

Dos novelas laborales o los misterios de la plusvalía

Son muy escasas las novelas donde el ámbito de trabajo ocupa un espacio narrativo relevante y menos aquellas en las que la problemática laboral, con sus conflictos individuales o colectivos, ocupe el foco de la acción narrativa
Fabricación de cigarrillos en la fábrica "El Buen Tono", Ciudad de México | Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos / Dominio público
Fabricación de cigarrillos en la fábrica "El Buen Tono", Ciudad de México | Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos / Dominio público

Un buen amigo y camarada, que lee los comentarios sobre libros que últimamente aparecen en esta sección de Mundo Obrero, me ha preguntado si lo que estoy haciendo, o al menos tratando de hacer, podría denominarse critica literaria comunista. Y le he dicho que no, pues creo que para poder hacer crítica literaria comunista sería necesario vivir en una sociedad comunista, algo que, de momento y como bien sabemos los comunistas, nunca ha tenido lugar pues, los llamados países comunistas, en realidad, fueron o son países “en transición al socialismo”. Lo que sí se puede intentar, y en eso estamos, aún cuando vivamos en sociedades capitalistas, es hacer crítica literaria materialista para quienes —los comunistas— nos identificamos como voluntad colectiva de acabar con el capitalismo y estamos, por consiguiente, contra los medios de producción tanto de una cultura capitalista como de una crítica literaria al servicio de ella.

Muchos, y no faltan comunistas entre ellos o ellas, tienden a identificar la literatura comunista con lo que, en un momento histórico concreto de la URSS, se propuso como realismo socialista, una escuela o tendencia estética que hoy es repudiada, desde el desconocimiento y la hegemónica agitación cultural anticomunista, sin evaluar las circunstancias históricas en las que tal tendencia tuvo su origen y razón de ser y estar. Cabe recordar al respecto que Bertold Brecht no dudaba al afirmar que “Los artistas del realismo socialista no sólo tienen una visión realista de sus temas, sino también de su público… tienen en cuenta el grado de formación y la pertenencia social de su público, así como el estado de la lucha de clases”. Si meditamos sobre estas condiciones y condicionantes entenderemos la dificultad de que hoy tenga existencia viva una literatura no capitalista, es decir una literatura y una crítica literaria, que se alejen de ese entendimiento, tan común, según el cual el objeto de la literatura sería indagar y celebrar los perennes, universales e incognoscibles misterios de la condición humana sobre los que “la buena literatura” volcaría una y otra vez sus humanistas preguntas y donde cualquier respuesta o cuestionamiento materialista sería señal de vulgaridad, dogmatismo o toxicidad ideológica.

De ahí que, por ejemplo, la mayoría de las novelas y obras de teatro se hayan centrado en contar historias de personajes representativos de la burguesía, mostrando, en sus mejores realizaciones, cómo el mundo interior o paisaje psicológico de los y las protagonistas se ve alterado por su encuentro con esa realidad que, la burguesía como clase dominante, ha venido llenando de significado. Como señala C. R. Collingwood, el escritor burgués, llevado por la teoría individualista del arte, en lugar de expresar los secretos de la comunidad expresa sus propios secretos, es decir, su alma, su ego, su verdadera, inaprensible y misteriosa verdad. La literatura como paisaje psicológico, el yo como objeto. Ese lugar donde reside la naturaleza ideológica del burgués: Yo soy el que soy.

Ocurre sin embargo que en esta sociedad ocupa también, y de forma absolutamente necesaria y mayoritaria, la clase trabajadora sobre cuya explotación se levanta su economía, su ideología y su visión del mundo. Lo sorprendente es que ese mundo del trabajo apenas obtiene protagonismo en la literatura. Escasas, muy escasas, son las novelas donde el ámbito de trabajo ocupa un espacio narrativo relevante y todavía serían menos aquellas en las que la problemática laboral, con sus correspondientes conflictos individuales o colectivos, ocupe el foco de la acción narrativa. Quizá por eso parece oportuno traer a colación dos “novelas laborales” en las que el trabajo es el eje de la narración y el argumento.

La primera de ellas transcurre básicamente en el espacio de una oficina de servicios profesionales de carácter jurídico comparable a lo que hoy llamaríamos una notaria, con un jefe —que además va a ser el que cuente la historia—, un estudiante en prácticas que ejerce también como chico para todo y tres amanuenses con sus propias particularidades. La historia se centra en el más joven de estos recién incorporado a la oficina cuando la carga de trabajo hace necesario su contratación como copista manual: “En respuesta a mi anuncio, una mañana apareció un joven apacible ante las puertas de la oficina”. Sin embargo, este escribiente, al solicitar su colaboración para un trabajo que va más allá de su estricta tarea como copista, se niega —“preferiría no hacerlo”— a realizar lo que el jefe le solicita en esa y en sucesivas ocasiones semejantes. Esta rebeldía laboral —desobediencia ingrata, en palabras del narrador— a lo que el jefe demanda aun cuando continúe realizando sus estrictas labores como escribiente, acaba desconcertando a ese jefe-narrador que intentará comprender los rechazos del empleado e incluso dice sentir generosa y egoísta compasión cuando descubre las condiciones tan precarias en las que sobrevive —“su extraña voluntad me costará poco o nada y mientras, yo custodiaré en mi alma lo que al final terminará siendo un dulce bocado para mi conciencia»— si bien, finalmente, y después de repetidos intentos de librarse del inofensivo pero molesto empleado que se niega incluso a abandonar la oficina, a la vista de posibles problemas en su reputación profesional, decide, como última medida, trasladarse de local, siendo los nuevos arrendatarios quienes lograrán meter al ingrato empleado en la cárcel donde morirá de tristeza e inacción. Esta sería en resumen la historia de Bartleby el escribiente, narrada desde la voz de un empresario que, hasta el momento en que su negocio es puesto en peligro, una y otra vez trata de verse a sí mismo como una persona humanitario:¡Ay, Bartleby! ¡Ay, la humanidad!

Este encomiado relato de Herman Melville ha dado lugar a múltiples lecturas e interpretaciones. La crítica humanista ha resaltado siempre entre sus cualidades literarias, su riqueza (complejidad), su versatibilidad (multiplidad de significados), su simbolismo (desgarro existencial) y su originalidad (extrañeza). Lo que es sorprendente es que nunca se hayan ponderado como factores relevantes del relato la relación de dependencia que allí se argumenta —No quiero ser dependiente— o el desencuentro que en el relato se produce entre la lógica del empresario y la de Bartleby:

—…dígame ahora que en un día o dos empezará a mostrarse un poco razonable. Dígamelo, Bartleby.

—Ahora mismo preferiría no ser ni un poco razonable

Deseos de independencia y conflicto entre el lenguaje del amo y el trabajador que, en cuanto componentes fundamentales de la narración, la crítica tradicional no ve o no reconoce como tales, pero que, entiendo, no deben pasar inadvertidos en una crítica marxista que haga ver cómo el intercambio regular en el mercado oculta transferencias materiales e intangibles asimétricas que contribuyen a la acumulación de capital —monetario o cultural— en manos de algunos individuos y grupos, a expensas de otros actores del mercado. Lo que el mercado cultural esconde.

En la segunda novela que hoy traemos a consideración, el protagonista es también un empleado que se desempeña, con descontento, como viajante de comercio hasta que una mañana es víctima de una extranatural transformación enfermiza que le impede ir a trabajar. La extraña enfermedad, aunque no parece que pudiera ser diagnosticada como enfermedad laboral, tampoco resultaría una hipótesis desechable, ya que él mismo piensa que su labor como viajante le ha estado sometiendo a un fuerte y excesivo stress: “¡Dios mío?!», pensó, «¡Qué profesión tan agotadora he elegido! De viaje un día sí y otro también.”…. «Este continuo madrugar», pensó, «lo idiotiza a uno por completo. La gente tiene que dormir sus horas». Si a ese entorno laboral le añadimos el rechazo que su actividad laboral le produce, sintiéndose solamente obligado a trabajar a fin de saldar la deuda de sus padres con su jefe, sin duda, hoy, alguien hablaría de su enfermedad como una clara manifestación psicosomática de esa inquina que por más que cuando el gerente de su empresa se interesa por los motivos de su ausencia, se siente obligado, sin éxito alguno, a suplicarle: “Ya ve usted, señor gerente, que no soy tozudo y me gusta trabajar; viajar es molesto, pero no podría vivir sin hacerlo… Alguien puede estar incapacitado para trabajar en un momento dado pero es precisamente entonces cuando hay que acordarse de sus rendimientos anteriores y pensar que más adelante, una vez superado el impedimento volverá a trabajar con mayor ahínco y aplicación”. Súplicas aparte, pronto será despedido (dada la época, sin indemnización ni seguro de paro).

Gregor, consciente del desastre que eso supone para la sufrida economía familiar que hasta entonces él venía abasteciendo, se verá angustiado tanto por los antinaturales síntomas físicos de su extraña enfermedad como, y sobre todo, por las consecuencia laborales y económicas que la imposibilidad de volver al trabajo conlleva. La familia, padre, madre y una hermana, al hacerse evidentes los singulares síntomas de la enfermedad del protagonista, reaccionan en principio con una actitud de rechazo y compasión que, con el paso del tiempo, se va transformando en cruda indiferencia, solo sacudida al hacerse consciente la grave situación financiera que la nueva situación provoca. Situación que bien cabría identificar hoy con los problemas generados, en el seno de una familia de clase media baja y además endeudada, por la pérdida del puesto de trabajo del único ingreso salarial. Va a tener entonces lugar lo que podríamos llamar una segunda transformación que atañe ahora a la familia. El padre, que hasta entonces llevaba una vida de pereza inactiva, deberá volver a trabajar como conserje; la madre coserá, por cuenta propia, ropa interior fina para una tienda de modas y la hermana, que había aceptado un trabajo como vendedora, aprende por la noche taquigrafía y francés para conseguir, más tarde, algún puesto mejor. Los problemas pecuniarios de la familia se irán así resolviendo —“hablaron de las perspectivas futuras y llegaron a la conclusión de que bien mirado, estas no se presentaban nada mal, pues sus tres puestos de trabajo eran sumamente ventajosos y, sobre todo, muy prometedores para más adelante”— al tiempo que el abandono de ese desemejante hijo en paro, que nada aportaba ahora a sus vidas, acrecienta la indiferencia familiar, agrava su abandono y causará una muerte que será recibida con alivio.

Una novela cruel, en la que los sentimientos que en ella se mueven y transforman según la narración avanza, reflejan “la cruda condición inhumana” que el mundo laboral bajo el sistema capitalista produce. La prosa concisa desde la que es contada esta historia, parece teñir con un cierto aire cínico el relato que, a veces, coge el aire propio de un prudente humor negro absolutamente cáustico aunque sin apenas aspavientos literarios. Como en el caso de la novela de Melville, causa sorpresa también que el peso de la materia laboral en los análisis más usuales de su obra apenas sean subrayados, mientras que aspectos que podríamos entender más anecdóticos, como la metamorfosis de Samsa en escarabajo, dan lugar a mil académicas disquisiciones. Creo en cualquier caso que los paisajes laborales que ambas historias retratan no dejan de ser una buena ocasión para reflexionar sobre esa zona de la realidad, el trabajo, que a los comunistas nos interesa y, ya de paso, sobre la clase de lecturas que nuestro tiempo realiza de lo que nosotros irónicamente podríamos denominar los misterios de la plusvalía.

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