La crisis ecosocial y los impactos de la guerra

Las más de 2.000 bombas nucleares detonadas sobre la Tierra han dejado una impronta radioactiva irreversible en la composición de la atmósfera
Defensa química, biológica, radiológica y nuclear | Ministério Defesa (Brasil) / CC BY 2.0
Defensa química, biológica, radiológica y nuclear | Ministério Defesa (Brasil) / CC BY 2.0

Dice Nancy Fraser que la política climática ocupa un lugar central en nuestro presente. Es por eso que pocos debates de nuestro tiempo son ajenos a la crisis ecosocial. Se trata de una crisis ecológica, de eso no hay duda, pero también económica, social, política y de salud, por tanto, una crisis general, apunta Fraser acertadamente.

Las guerras arrasan con una furia que no conoce compasión. Su primer lamento es la vida humana que se apaga, cuerpos que caen a los que se les ha arrebatado el final de su historia. El primer golpe es brutal, pero su impacto no termina ahí.

La contaminación de la industria militar

Tal es la incorporación de la necesidad de preservar el planeta al sentido común, que uno de los acuerdos de la OTAN en su cumbre de Madrid de 2022 fue que los ejércitos de los países miembros alcancen la neutralidad climática para el año 2050 en un intento de lavado de cara verde.

Desde hace décadas, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático exigió a los países industrializados reportar sus emisiones de CO2 para garantizar transparencia y facilitar su reducción. Sin embargo, la industria militar quedó excluida de este requisito, bajo el argumento de proteger la confidencialidad de sus operaciones, permitiendo que su reporte fuera voluntario.

Esta excepción impide el cálculo preciso de las emisiones militares, debilitando los acuerdos climáticos y la reducción global de gases de efecto invernadero. Como consecuencia, el sector militar opera con impunidad ambiental, evadiendo los marcos legales que sí rigen para el resto de las industrias.

Gracias a investigadoras comprometidas tenemos estimaciones fiables del impacto de la industria de la guerra en el calentamiento del planeta. Conflict and Environment Observatory y el Scientists for Global Responsability, calcularon en una investigación presentada en 2022 que el sector militar era responsable del 5,5 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. Otros estudios apuntaron que la industria armamentística de EE.UU. es la responsable del 31,2 % de las emisiones históricas del país.

En 2019, la huella de carbono de la industria militar en Europa fue de aproximadamente 24,8 millones de toneladas de CO2 equivalente —un valor que agrupa todos los gases de efecto invernadero—. Esto equivale a las emisiones de, al menos, 14 millones de automóviles, o lo que es lo mismo, las emisiones totales de los vehículos de Portugal, Grecia y Noruega juntos.

Las más de 2.000 bombas nucleares detonadas sobre la Tierra, por ejemplo, han dejado una impronta radioactiva irreversible en la composición de la atmósfera. Otros efectos son las emisiones de CO2 por los combustibles fósiles que utilizan los ejércitos, los restos tóxicos de las guerras que destruyen ecosistemas y biodiversidad, y el daño directo a entornos naturales.

La contaminación de las guerras y su industria: la punta del iceberg

Gaza, Sudán, Myanmar, Ucrania y un largo listado de países siguen en guerra por todo el planeta. La guerra degrada de manera profunda los territorios. Por ejemplo, sembrar en campos quemados o bombardeados es una tarea heroica. Se pierden ecosistemas que son condición de posibilidad para el desarrollo de la vida humana gracias a su capacidad de proveer acceso a bienes básicos como el agua. Además, desestabilizar ecosistemas repercute en la salud de personas, animales y plantas. Se pierden infraestructuras que tejen la red que une a la población.

Tenemos la responsabilidad de mirar más allá de las emisiones y del aumento de temperaturas. Tenemos la responsabilidad de aportar una mirada ecosocialista al conflicto ¿De dónde vienen los minerales necesarios para hacer baterías de litio o los molinos eólicos? Las tecnologías que empleamos en nuestro día a día y las  transformaciones de la transición energética necesitarán recursos del Sur. El mundo que tenemos ahora se ha basado en traer mediante la fuerza al Norte los recursos. Mediante el extractivismo, la colonización y la guerra. Y nunca debemos pasar por alto que una de las principales razones de ser de los ejércitos es el control de los recursos naturales que son la sangre del capitalismo, los combustibles fósiles y ahora ya los minerales para la transición energética.

Una de las principales razones de ser de los ejércitos es el control de los recursos naturales, asegurar la extracción y transporte de capitales fósiles hacia los centros de consumo del Norte

Como ya dijimos en la Cumbre por la Paz de julio de 2023 en Madrid, el objetivo de los ejércitos no es defender la vida o la sociedad, y mucho menos reducir emisiones, sino asegurar la extracción y el transporte de capitales fósiles, hacia los centros de consumo del Norte. Greenpeace apuntaba que, en 2021, Alemania, Italia y España gastaron unos 1.200 M€ en misiones militares para proteger la importación de combustibles fósiles.

No es posible entender la estructura de la actual crisis planetaria (climática, energética, humanitaria y de recursos) sin atender al rol de los sistemas militares como guardianes del statu quo. Por ejemplo, la dinámica comercial global a la que asistimos desde el siglo XIX cuelga de la inyección de energía fósil barata.

El pasado 21 de junio la Agencia Internacional de la Energía (AIE) publicó su informe anual sobre el estado de los minerales críticos donde examina todo el espectro de cuestiones energéticas: suministro y la demanda de petróleo, gas y carbón, las tecnologías de energías renovables, los mercados eléctricos, etc.

Este informe nos deja muchos titulares de interés. En primer lugar, la demanda de minerales sigue su tendencia al alza y los precios se están abaratando y, sin embargo, las inversiones en exploración y desarrollo se desaceleran por la incertidumbre del mercado, ¿es esto otra expresión más por la que el capitalismo demuestra que es rígido e incapaz de atender la crisis ecosocial? Ni aún con la certeza de la crisis en la que estamos, a pesar de toda la evidencia científica, es capaz de transmitirle seguridad al mercado.

Además, se está concentrando geográficamente el refinado y la minería aún más. Los tres principales países refinadores (China, Indonesia y República Democrática del Congo) concentraron el 86% del aumento en 2024. En algunos casos, el 90% del crecimiento del suministro provino de un solo país: Indonesia para el níquel, y China para el cobalto, grafito y tierras raras. El litio fue una excepción, con una gran parte del crecimiento proveniente de productores emergentes como Argentina y Zimbabue.

Los minerales críticos son un eje estratégico en un mundo de crecientes tensiones geopolíticas. La sed de minerales crece más rápido que la capacidad de extraerlos

En consecuencia, el informe afirma sin tapujos que los minerales críticos son un eje estratégico en un mundo de crecientes tensiones geopolíticas. Nos adentramos en un horizonte donde la sed de minerales crece más rápido que la capacidad de extraerlos. Y así, bajo las reglas implacables del capital, no quedará más que abrirse paso a codazos, disputar cada veta del subsuelo, y aferrarse con ansia a cada uno de los rincones ricos en promesas minerales inciertas.

¿Vamos a lograr la tan ansiada autonomía estratégica con recetas violentas del pasado? Como hemos visto, China se ha adelantado a todos y es la mayor refinería del mundo, deslocalizando procesos de su cadena productiva a países de África donde abundan los minerales que necesitan ¿Cómo lo va hacer España y la Unión Europea? Más allá de la incertidumbre de hasta dónde tenemos reservas de minerales estratégicos, nos debe preocupar cómo serán y cómo se van a regular los flujos de todos estos materiales, necesitaremos mirar más a China.

Un internacionalismo ecosocialista

Para salvarnos necesitamos una contrahegemonía que sea capaz de mantener un planeta lo más parecido al que conocemos. Cada décima de grado de más que nos aleje del aumento de 1,5 ºC que se estableció en los Acuerdos de París, nos distancia más de ese objetivo.

Una contrahegemonía que se construya todo el tiempo y desde todas partes, ya que, cualquier pretensión de cuidar y mejorar el mundo, exige cambios profundos en los hábitos de vida, de los modos de producción y consumo, y de manera urgente de las estructuras de poder que hoy rigen el mundo.

Algo que pasa por construir alianzas alejadas de sectarismos, de la moralina, de la disputa estratégica por ocupar un nicho de voto a la izquierda del PSOE que tanto nos limita, algo que Izquierda Unida ha tenido como objetivo. Pasa por un bloque que se construya con la gente en la vida y lucha cotidiana. Pasa por un bloque que ilusione y salga a ganar (y no me refiero solo unas elecciones), porque si planteamos nuestra acción y discurso político desde un fetiche extraño de la resistencia, la batalla está perdida, ¿Qué clase de esfuerzo le vamos a pedir a alguien que ya tiene bastante con suportar un curro de mierda?

Robamos recursos, no solo en el espacio al Sur Global, sino en el tiempo, a las generaciones que vendrán. «Hemos colonizado el futuro»

Desde 1980 esos poderes han hecho que la huella ecológica del sistema productivo haya superado religiosamente cada año la capacidad regenerativa del planeta, tanto para reconstituir los productos extraídos para atender la demanda, como para absorber los desechos que genera. Robamos recursos, no solo en el espacio al Sur Global, sino en el tiempo, a las generaciones que vendrán. «Hemos colonizado el futuro», dice Roan Krznaric. Romper la rueda de la brecha metabólica, que se encuentra en la raíz más profunda del capitalismo, y que tan bien describió Marx, es el requisito indispensable de nuestra propuesta.

Sin paz no tendremos un planeta habitable

Frente a una crisis ecosocial que atraviesa todos los planos de la vida, desde el climático hasta el político, pasando por lo económico y lo humano, resulta imprescindible asumir que la guerra y el militarismo no son ajenos a este colapso, sino piezas fundamentales en su engranaje.

La maquinaria bélica no solo arrasa territorios y vidas, sino que actúa como garante de un modelo extractivista y depredador que sustenta la lógica capitalista global. Su impunidad ambiental, su rol en la protección y coptación violenta de recursos y su vínculo con las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad, hacen imposible una transición ecológica justa mientras no enfrentemos directamente el poder militar.

No basta con “ecologizar” el mundo tal como lo conocemos; es urgente transformarlo desde la raíz. La transición energética, si ha de ser justa, debe ser también antimilitarista, anticolonial y solidaria. La construcción de una alternativa real exige un nuevo internacionalismo que no mire hacia otro lado, que ponga la vida en el centro.

(*) Responsable de Ecosocialismo de Izquierda Unida

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