Recientemente, he tenido ocasión de ir a Colliure; quería ver el último paisaje que contempló Antonio Machado, la casa donde pasó los últimos días de su vida, su tumba en el cementerio de la localidad francesa… Las horas que pasé allí estuvieron llenas de evocaciones y recuerdos: mientras miraba el faro, el mar o el castillo y recorría las calles por donde pasaría don Antonio, me venían a la mente fragmentos de estudios y lecturas de varias décadas sobre uno de los poetas más grandes de nuestra literatura, para quien la poesía no es “ni mármol duro y eterno, ni música ni pintura, sino palabra en el tiempo”; el español que murió en el exilio, viejo y cansado, pero comprometido hasta el final en la defensa de la República y en la lealtad a su pueblo, siempre a la altura de las circunstancias. De camino a la tumba de Machado, un emocionante monumento a la memoria con sus banderas republicanas, sus flores y algunos versos, pasé por Casa Quintana, el último lugar donde vivió, donde murió y velaron su cadáver, antes de que unos soldados de la República obtuvieran el permiso correspondiente para portar el féretro hasta el cementerio. Casa Quintana conserva la sencillez y la grandeza del poeta en cada detalle y, por eso, quise volver de nuevo, mirar cada uno de los cuadros que cuelgan en las paredes y cada uno de los textos que se ofrecen en las mesas que invitan a sentarse alrededor.
Entre estos libros encontré uno sobre Louise Mitchel, de quien había leído algunos textos no hace mucho y cuyo nombre está ligado a la Comuna de París, el breve periodo revolucionario que empezó el 18 de marzo y terminó el 28 de mayo de 1871, una experiencia de gobierno de la clase obrera, inspirado en ideas socialistas y autogestionarias para avanzar en los derechos de las clases populares y en el que las mujeres participaron en pie de igualdad, no solo con su presencia activa en cada trinchera, sino impregnando de feminismo las medidas que promovía el gobierno revolucionario. Las mujeres que habían perdido la batalla después de tomar parte decididamente en la Revolución Francesa, luchaban de nuevo por los derechos de ciudadanía y las reivindicaciones de clase: obreras, artesanas, criadas… defendieron la creación de guarderías para sus hijos y la equiparación de salarios con los hombres, al tiempo que tomaban la palabra en las asambleas y aprendían a empuñar las armas. Louise Mitchel fue una de ellas: escritora y educadora de pensamiento anarquista, fue represaliada y exiliada y dejó el testimonio de su lucha en el libro La Comuna de París, publicado hace unos años en la editorial Mala Testa con un prólogo de la historiadora Dolors Marín Silvestre. Escribir este libro fue, según palabras de la autora, “revivir los días terribles en que la libertad, rozándonos con sus alas, levantó el vuelo desde el matadero; es abrir de nuevo la fosa ensangrentada donde, bajo la cúpula trágica del incendio, se durmió la Comuna, bella para sus bodas con la muerte, las bodas rojas de martirio…”.
Cuando salí de Casa Quintana con las imágenes y las palabras de Antonio Machado, me iba diciendo que la lucha por la libertad y la justicia es el común denominador en las distintas batallas; que la Historia nos sale al encuentro en cualquier momento y hay que leerla, para saber, por ejemplo, que, en estos días de mayo hace más de siglo y medio, Louise Mitchel estaba luchando por los derechos de la clase obrera y por los derechos de las mujeres en la Comuna de París.








