Relato finalista – IV Concurso de poesía y relato de la Fiesta del PCA

El cuarto de los tiestos

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Imagen: Mundo Obrero

Cuando compramos “La Sede” en 1978, decidimos dejar una de las habitaciones para guardar el material de nuestra caseta de feria. Un par de años después, al reconstruir esa casa que habíamos adquirido con tanto esfuerzo, reservamos un cuarto de unos cincuenta metros cuadrados para el mismo propósito. Con el tiempo, ese salón se fue transformando en lo que llamamos el CUARTO DE LOS TIESTOS. Allí no solo se almacenaban los útiles de feria, sino también todas esas cosas que podrían ser útiles, o no, en algún momento. En ese espacio se acumuló, además del polvo, una variedad de materiales: carteles de campañas pasadas, octavillas que nunca se repartieron, algunos discos de aquella radio FM que montamos y funcionó durante cinco años, viejas vietnamitas y multicopistas, latas  de pintura, botes  de cola,  brochas y paneles para pegar carteles junto con otras cosas inimaginables.

Marta, que acaba de cumplir veinticinco años, se unió al Partido hace un par de años después de terminar su doble grado en historia y periodismo. Se había obsesionado con conseguir un original de los carteles  de las primeras  elecciones  municipales de

1979, así como alguna pegatina o programa electoral; en definitiva, algo que le recordara ese momento tan significativo. Un compañero le mencionó que podría encontrar algo interesante en el cuarto de los tiestos. Emocionada, se dirigió hacia allí sin imaginarse las sorpresas que la esperaban y que marcarían sus próximos años. Entre toda esa variedad de cosas, dos objetos llamaron su atención: un viejo archivador de cartón verde y una caja de madera. Estos elementos desviaron su búsqueda inicial; sentía una atracción tan fuerte hacia ellos que no pudo resistir la tentación de abrirlos.

En el archivador de cartón encontró las fichas de los primeros militantes después de la legalización del Partido. En la caja de madera un centenar de fotografías en blanco y negro. Quitó unos cuantos cachivaches de encima de una mesa que había por allí y cogió una silla para sentarse y examinar aquello que había encontrado. Cuando se dio cuenta ya había anochecido y había pasado toda la tarde leyendo nombres de personas  que ni siquiera había conocido e intentando reconocer a alguien entre las fotos.

No eran solo nombres, eran sombras que se habían deslizado por las calles al anochecer, pegando los carteles en las farolas, en las paredes desconchadas de los edificios viejos, eran pintadas en los muros. Rodrigo, Calegio, Manolete, Matías y los demás no existían en los recuerdos oficiales, sus rostros no aparecían destacados en ninguna fotografía, sus voces nunca habían hablado en público. Pero en aquel cuarto, entre tiestos polvorientos y algunos papeles con anotaciones escritas a mano, estaba ese  archivador verde con sus fichas. Era el único lugar donde su existencia quedaba documentada, donde quedaba constancia de su labor, ellos esparcieron la palabra de la organización. Esa documentación, recordaba que resistieron y que había motivos para seguir resistiendo. Pero ¿debían seguir siendo invisibles?

Marta sostuvo una fotografía con cuidado, como si temiera que se deshiciera entre sus dedos. Era una imagen en blanco y negro, ligeramente doblada en las esquinas, con el brillo apagado por los años.  En ella, un grupo de hombres y mujeres sonreía con entusiasmo, recorriendo una calle con una caravana de coches y motos portando banderas seguramente rojas. Eran de aquel sábado santo, 9 de abril de 1977, el día que legalizaron al Partido.

Las caras de alegría en la foto contrastaban con el silencio que ahora envolvía aquellos nombres guardados en cajas. En ese momento, todo parecía posible. Se notaba en la mirada de los jóvenes que alzaban los puños, en los ancianos que aplaudían desde un lado, en los niños que corrían entre la gente sin saber que estaban presenciando un momento histórico.

Marta reconoció algunos rostros. Uno de ellos, le sonaba de la casa de su abuelo. ¿Era Matías? ¿O tal vez Calegio? Había escuchado esos nombres en conversaciones sueltas. Aquellos militantes habían creído en algo grande. Habían luchado por ello. Y ahora, sus nombres y su historia yacían olvidados en un cuarto polvoriento.

Marta supo que no podía quedarse solo con la fotografía. Había que contar todo lo que pasó después. Porque, ¿qué fue de todos ellos tras aquella fiesta de la democracia? La lucha de estos camaradas había sido invisible pero necesaria. Sin su esfuerzo, sin esas noches pegando carteles a escondidas, sin esas discusiones en reuniones clandestinas, la historia habría sido otra.

¿Cuántos panfletos repartieron, doblando las esquinas rápido antes de que alguien los viera? ¿Cuántas reuniones improvisadas en los tajos, aprovechando cualquier pausa para compartir noticias, organizarse, mantenerse firmes? ¿Cuántas veces corrieron por callejones oscuros, dieron esquinazo a la Guardia Civil, se escondieron en casas de confianza hasta que el peligro pasara?

Eran los que nunca salieron en los periódicos, los que no ocuparon cargos importantes cuando llegaron los nuevos tiempos. Muchos de ellos habían sido detenidos, algunos desaparecieron sin dejar rastro, otros simplemente se cansaron y volvieron a una vida anónima, sin más recompensa que la certeza de haber empujado la historia hacia adelante.

Marta sintió un escalofrío. En sus manos no tenía solo papeles viejos; tenía un testimonio de lucha, un legado que nadie había reclamado. No podía permitir que se perdiera y a eso dedicó sus siguientes tres años, a descifrar todos los recuerdos de ese viejo archivador verde y esa caja de madera, a desencadenar todos los fantasmas que habitaban en el cuarto de los tiestos.

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