De repente, y será por variar, un calentón con sorpresa social en vez de climática. Nos hemos chocado en nuestra vida cotidiana con un revuelto muy celtibérico: una crisis gubernamental, dimes y diretes de tertulianos, bulos y desconfianza sobre dónde y cómo se alcanza la verdad de la corrupción y la identidad de los corruptores, debemos abordar una más que probable manipulación e interpretaciones apresuradas e interesadas de los datos que se van conociendo a chivatazo limpio, que provocan un caos comunicacional organizado o utilizado con la corrupción como la mala seña de identidad de una democracia en peligro que desborda, desde las páginas y pantallas de supuestos medios de comunicación y/o manipulación, noticias que generan incertidumbres, amenazas a los derechos humanos, a la seguridad jurídica y a la supervivencia del planeta vía calentamiento global o nuclear (si un oligarca gesticulante y esperpéntico como el presidente Trump dejara escapar un estornudo agresivo).
La paradoja de la corrupción en España: hay relativamente poca, pero hace mucho ruido. La percepción es el mayor problema. En algún periódico, por ejemplo El Confidencial, puede leerse que la preocupación por esta problemática se ha duplicado en sólo un mes en el CIS y pasa del 4,9% al 12,4%. Los expertos apuntan al modelo de partidos y su imbricación en la Administración como el origen del problema que se transformó en un goteo de informaciones que alumbraron el modo de funcionamiento de la trama, pura caca de palabra y obra con conversaciones entre Koldo, Santos Cerdán y Ábalos y ramificaciones en varios ministerios y los Gobiernos autonómicos de Baleares y Canarias. Hay una cultura de impunidad que en algunos momentos es terrible, nos ilustra algún especialista en la materia, que cree que la alarma que provoca este caso va a ir a más considerando que no se hacen muchas cosas para solucionar este problema.
Cada vez somos más susceptibles en el tema de la corrupción y cualquier señalamiento que marca su presencia entre nuestros políticos nos come la moral y nos envenena las emociones. Nos desmoraliza. Pero no somos del todo capaces de protegernos ni de la corrupción ni de los corrompidos y cuesta mucho señalar públicamente a los corruptores, que son una derecha española que está muy vacunada de los virus y miasmas del beneficio a toda costa que expanden por la sociedad y ha sido capaz de incorporarse a un “capitalismo de amiguetes” a la sombra de los poderes instalados en su momento con la participación del capital colonizador de Francia o Gran Bretaña. Y cuando les convino, apoyándose en el militarismo y más tarde sosteniendo a la Dictadura de Franco para después transformarse en tutela sobreprotectora de la Constitución del 78 y en “demócratas de toda la vida”.
Por eso no es de extrañar que se divulgue antes el nombre de Koldo que el de Acciona y por eso en los consejos de administración de los bancos y grandes empresas se repitan y hereden los mismos apellidos.
Y ¿qué podemos hacer ante este escenario? Reivindicar y fortalecer los planteamientos de la izquierda: Estado laico, derechos humanos, democracia radical, abolición de la ley mordaza, es decir, convencer con nuestra práctica diaria que hay vida a la izquierda del PSOE, al margen de las corruptelas. Y eso se demuestra en la calle y en los centros de trabajo. En la vida militante. En la capacidad contrastada de convocatoria para defender públicamente la alternativa política a un sistema imperialista que nos lleva al desastre global.
Como escribe Juan Rivera, del Colectivo Prometeo, de Córdoba: Nuestra historia contemporánea es pródiga en ejemplos de representantes políticos que han tenido como divisa en su trabajo público la honradez y la transparencia. Sigamos su ejemplo. Hay mucho que defender para ganar el futuro.








