El documental Dolores Ibárruri. Pasionaria no es solo un ejercicio de memoria histórica. A través del tiempo y las distancias nos llega la viva voz y la imagen de una mujer que se convirtió en símbolo de la lucha por representar a una parte invisible de la España del primer tercio del siglo XX, la voz de los trabajadores más humildes, sus mujeres (las esclavas de los esclavos) y sus hijos, que morían de la enfermedad llamada pobreza. Y para los que la conocimos y, en mi caso particular, que conviví con ella durante años, fue un ejemplo de fortaleza, voluntad, generosidad y fidelidad al camino que eligió en sus años jóvenes, pero también una abuela entrañable, que en ausencia de mis padres se hizo cargo de los nietos, siendo nuestro referente familiar más importante.
Conmueve el tono íntimo con el que está narrada la historia. No hay efectos grandilocuentes, sino recuerdos, fotografías, cartas, testimonios que se entrelazan como una conversación entre generaciones familiares. Hay una entonación en el relato que convierte la historia de Dolores en algo cercano, que toca recuerdos sensibles en nuestra propia memoria aunque no hayamos vivido esos años. Su dolor, su coraje, su lucidez, nos siguen hablando.
La narrativa emocional y comprometida de Amparo Climent nos acerca con delicadeza a la figura de Pasionaria más allá del mito.
Dolores Ibárruri fue mucho más que una dirigente política. Fue madre, hija, exiliada, huérfana de sus propios muertos, voz de millones. Desde sus orígenes humildes en Gallarta hasta convertirse en referente internacional del comunismo, su vida fue una lucha constante por la justicia, la libertad y la dignidad. El documental logra algo difícil: mostrarnos no solo a la política que ocupó escaños y lideró discursos, sino también a la mujer que enterró a sus hijas en una caja de cerveza, a la madre que perdió a su hijo Rubén en la batalla de Stalingrado, a la anciana que regresó del exilio con un país cambiado y con heridas aún abiertas.
Amparo Climent ya había mostrado en trabajos anteriores su compromiso con la recuperación de la memoria histórica y las voces femeninas olvidadas. Pero aquí da un paso más arriesgado y valiente: ofrece una biografía emocional que no busca el panfleto ni la idealización, sino el retrato honesto y complejo de una mujer atravesada por la historia. Y lo logra con una dirección sobria, cargada de respeto y humanidad. Se nota la mano de una directora que no solo admira a su protagonista, sino que la comprende, que busca sus grietas tanto como sus luces.
El documental intercala imágenes de archivo, entrevistas a historiadoras, políticas, periodistas, y fragmentos de discursos memorables. Pero lo más potente no está en los grandes momentos políticos, sino en los detalles humanos: las manos envejecidas repasando papeles, los silencios cuando el recuerdo duele, la emoción contenida de quienes aún luchan por mantener viva la memoria. Es ahí donde la película respira y se vuelve profundamente real.
Como espectadora, me vi interpelada. Me pregunté qué nos queda de las figuras como Pasionaria más allá del eslogan “¡No pasarán!”. Me pregunté también qué país se ha construido de las ruinas y por qué sigue siendo necesario rescatar del silencio a quienes lo dieron todo. En tiempos donde la memoria se relativiza y se reescribe la historia al gusto del presente, Dolores Ibárruri. Pasionaria se convierte en un acto de resistencia cultural, política y emocional.
Dolores aparece como una mujer de convicciones inquebrantables, pero también como una madre marcada por la pérdida, una figura pública que arrastró una gran soledad. El film no la blinda, no la esculpe, la humaniza
Uno de los mayores logros del documental es no justificar ni condenar. No es una biografía al servicio de una ideología, sino un relato honesto sobre lo que cuesta sostener una vida de lucha, lo que implica renunciar, perder y seguir adelante. Dolores aparece como una mujer de convicciones inquebrantables, pero también como una madre marcada por la pérdida, una figura pública que arrastró una gran soledad. El film no la blinda, no la esculpe, la humaniza.
Hay escenas de una enorme tristeza: cuando se habla de sus hijos, cuando se describe la soledad del exilio. Esas grietas emocionales hacen que el documental trascienda el género histórico y se acerque a lo poético. Son momentos donde las palabras sobran y el silencio lo dice todo.
En definitiva, esta película es un homenaje imprescindible. No solo a Dolores Ibárruri, sino a todas las mujeres que lucharon y siguen luchando por un mundo más justo. Gracias al trabajo delicado y comprometido de Amparo Climent, la figura de Pasionaria vuelve a latir, no como estatua de bronce ni como símbolo congelado, sino como mujer de carne y hueso y lágrimas. Una mujer que nos obliga a recordar, a reflexionar y a no rendirnos.
Un documental para sentir, pensar y compartir. Porque hay memorias que no deben dormir en el olvido.

Pase especial del documental de Amparo Climent, «Dolores Ibárruri. La Pasionaria»
Sábado 27 septiembre – 18h – Espacio Josefina Samper (Fiesta PCE 2025)







