Gaza resiste: el alto el fuego y la victoria del pueblo palestino

La comunidad internacional debe permanecer vigilante para garantizar que Israel, esta vez, cumpla lo firmado.

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Foto: Olmo Calvo

El fuego que no pudieron apagar

El pueblo palestino, especialmente el de Gaza, se lanzó anoche a las calles para celebrar el anuncio del acuerdo de alto el fuego. No celebraban un armisticio diplomático ni una concesión de sus verdugos: celebraban una victoria, celebraban la vida. Porque en Gaza, vivir ya es una forma de vencer. Y ellos siguen vivos, siguen en su tierra, siguen siendo palestinos.

Esa sola existencia —herida, mutilada, pero digna— es una victoria frente al plan genocida que el régimen israelí lleva más de dos años ejecutando contra 2,3 millones de seres humanos atrapados en una franja convertida en escombro.

Si este alto el fuego se cumple, supondrá el cese, al menos temporal, de los bombardeos y el fin de esta fase de la ofensiva genocida, aunque no del sufrimiento, ni de la ocupación, ni de la agresión estructural que define la relación de la entidad sionista israelí con el pueblo palestino.

Pero incluso así, este respiro —ganado con la resistencia y la firmeza de un pueblo que se niega a morir— tiene un valor político y moral que trasciende los términos del acuerdo: es la constatación de que Israel no ha podido derrotar la dignidad palestina.

La muerte del mito: Israel ya no existe como relato

Porque hoy, con cada niño palestino que sobrevive, con cada familia que resiste entre ruinas, con cada bandera que sigue ondeando entre los cascotes, quien verdaderamente ha muerto es Israel como constructo político y moral.

Ha muerto esa idea fabricada durante décadas por los grandes medios y los gobiernos occidentales: la del “Israel democrático”, la “única democracia de Oriente Medio”.

Israel no es una democracia ni en Oriente Medio ni en ninguna parte del mundo.

Es una entidad genocida y terrorista que ha basado su existencia en el exterminio sistemático de un pueblo al que intenta borrar del mapa.

Un proyecto colonial armado y financiado por las potencias occidentales, que ha hecho del crimen una forma de gobierno y del racismo colonial su ideología.

Ha practicado el genocidio con bombas, con hambre, con sed, con frío, con el bloqueo de medicinas y con todas las formas de crueldad imaginables.

Ha utilizado la tecnología y la propaganda para convertir la masacre en espectáculo y la mentira en política.

Pero el resultado es el contrario al que buscaban: hoy el mundo ve lo que Israel realmente es, y ya no hay relato que pueda resucitarla.

La fábula del escorpión

El régimen israelí ha aprovechado hasta el último segundo antes del alto el fuego para seguir asesinando.

Ha continuado lanzando bombas sobre viviendas, hospitales y escuelas hasta el mismo momento de la firma, fiel a su naturaleza depredadora.

¿Conocéis la fábula de la rana y el escorpión?

Cuando la rana acepta cruzar el río con el escorpión sobre su lomo, este la pica a mitad de camino, condenándolos a ambos. Y mientras se hunden, el escorpión le dice: “No puedo evitarlo, es mi naturaleza”.

Así actúa el sionismo.

Es su naturaleza la que lo lleva a asesinar, incluso cuando promete cesar el fuego.

Por eso la comunidad internacional debe permanecer vigilante para garantizar que esta vez cumpla lo firmado y no vulnere, como ha hecho siempre, los compromisos alcanzados.

Cada tregua rota, cada acuerdo traicionado, cada mentira repetida confirman que no hay buena fe en una estructura que se alimenta de la guerra y del exterminio.

La decisión soberana del pueblo palestino

No nos corresponde a nosotros valorar el contenido concreto del acuerdo.

No debemos caer en la soberbia de ser más palestinos que los palestinos.

Lo que nos corresponde es respetar y respaldar la decisión soberana del pueblo palestino.

Si sus organizaciones han decidido firmar el alto el fuego, lo han hecho con la dignidad de quienes conocen mejor que nadie el precio de cada minuto de guerra.

Todos los pueblos del mundo que luchan por la justicia y la paz deben apoyar sin reservas esa decisión.

Porque hacerlo significa reafirmar la confianza en la capacidad de un pueblo para decidir su destino, para resistir la ocupación, el apartheid y el genocidio, y para seguir luchando por su autodeterminación.

La urgencia humanitaria

Debemos exigir la apertura inmediata de un corredor humanitario permanente, ilimitado e incondicional, que permita la entrada de ayuda y suministros esenciales.

El pueblo palestino lleva dos años sobreviviendo entre el hambre, la sed, la falta de medicamentos, combustible y electricidad, y la devastación impuestas deliberadamente por el régimen israelí como armas de guerra.

Deben acabar las trampas, las excusas y los bloqueos.

No puede permitirse que los colonos sigan impidiendo el paso mientras las fuerzas de ocupación fingen comprometerse a facilitarlo.

La ayuda humanitaria debe entrar ya, sin condiciones, sin obstáculos, sin dilaciones.

Cada hora que pasa sin comida, sin medicinas, sin agua, es una condena a muerte.

Una victoria moral que trasciende la tregua

La victoria del pueblo palestino no se mide en términos militares, sino políticos, humanos y morales.

Es la victoria de quienes, frente al intento de exterminio más documentado del siglo XXI, siguen existiendo.

De quienes, aun rodeados por la muerte, se aferran a la vida, a la tierra, a la memoria y a la justicia.

Y frente a esa vida, lo que se desvanece es la legitimidad de sus verdugos.

Israel ha muerto como mito, como relato, como referente político.

Lo que queda es una maquinaria criminal sostenida artificialmente por la complicidad de Estados Unidos, la Unión Europea y los gobiernos que prefieren mirar hacia otro lado antes que perder sus contratos de armas o sus alianzas estratégicas.

La movilización no se detiene

No podemos permitir que el anuncio del alto el fuego desmovilice a la ciudadanía.

Las movilizaciones populares en todo el mundo están siendo históricas, sin precedentes, en solidaridad con el pueblo palestino.

Debemos mantener la tensión y la vigilancia, porque Israel incumple sistemáticamente todo lo que firma, y nada garantiza que esta vez sea distinto.

No podemos descartar que el régimen sionista vuelva a traicionar su palabra en cuanto logre sus objetivos inmediatos.

Por eso, llamamos a la ciudadanía consciente y cabal a seguir movilizándose, a mantener viva la solidaridad activa con Palestina, y a exigir a la comunidad internacional que permanezca ojo avizor y tome las medidas necesarias para hacer cumplir el acuerdo.

Para que Israel no vuelva a irse de rositas, para que los culpables y responsables de estos crímenes paguen por ellos, y para que lo que es evidente para todo el mundo —un genocidio— sea reconocido como tal por la Corte Internacional de Justicia.

Y para que la entidad sionista pase, de una vez, al lugar que la historia le tiene reservado.

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