Comunicación, mentiras e insultos

Los insultos han capilarizado el discurso político. Se usan frecuentemente como estrategia movilizadora y polarizadora de la opinión pública porque suponen una renuncia a la racionalidad en aras de la emotividad.
Emoji que expresa ira | Fuente: Wikimedia commons / CC BY 4.0
Fuente: Wikimedia commons / CC BY 4.0

Vivimos materialmente asediados por un ruido mediático que condiciona nuestro conocimiento del mundo y nuestra capacidad para sobrevivir a sus cambiantes y complicadas circunstancias. La comunicación política está relacionada con la gestión de las crisis y emergencias, seguridad internacional, construcción de la paz, prevención de conflictos internos. Y, como decía el latino, si vis pacem para bellum. El funcionamiento de la comunicación política está relacionado con la enseñanza universitaria, la investigación académica, y/o la elaboración de diagnósticos y estrategias enfocadas a la acción desde los intereses de grupos políticos y económicos, administraciones y aparatos de estado.

La comunicación está ligada con la cultura en la medida en que ésta se manifiesta como  un conjunto de opciones que organizan la interacción social.  La planificación de la cultura es una actividad habitual en la historia de las entidades colectivas de cualquier dimensión, sea una «familia», «clan», «tribu», «comunidad» o «nación».

No hay manera de que un grupo pueda mantenerse sin cultura, sin adherirse a una cultura determinada, es decir, sin recurrir a un repertorio distintivo e identificable. Y la comunicación es la que se encarga de difundir ese repertorio. En esta comunicación política nos encontraremos con investigadores, docentes y profesionales de la comunicación que la practican desde partidos políticos, administraciones públicas y consultorías privadas. Si Even Zohar definía la cultura como la asimilación de un repertorio que era impuesto como referencia para garantizar la semiótica social, la comunicación sería la forma de transmitir ese repertorio e imponerlo.

En estos momentos vivimos una llamativa forma de concebir la comunicación política, como señala la profesora Laura Teruel Rodríguez, profesora de periodismo de la Universidad de Málaga, cuando analiza la existencia de los insultos en política como píldoras de emoción y desconsideración hacia el oponente. Y señala unos cuantos ejemplos:

Donald Trump llamó a Biden “hombre estúpido, enfermo, débil y patético”.  Nicolás Maduro llamó “malparido” a Javier Milei y este le respondió que era un “imbécil”. En España  tenemos un glosario político no menos vergonzante: patético, miserable, gilipollas, botifler, mendrugo, sudaca, etc. Concluye la profesora: “Todo ello podría parecer el guion de una serie dramática (mala), que adereza la tensión inherente a la política con un vocabulario populista, pero a veces la realidad supera a la ficción. La normalización de los insultos necesita de una reflexión desde la comunicación política y, en última instancia, desde la propia sociedad”…

“Las ofensas y tacos se han modernizado con las nuevas generaciones y son más frecuentes como técnica dialéctica”. Los insultos han capilarizado el discurso político. Se usan frecuentemente como estrategia movilizadora y polarizadora de la opinión pública porque suponen una renuncia a la racionalidad en aras de la emotividad.

Las estrategias de comunicación han ido adaptándose a los tiempos y a la propia reinvención de los medios informativos desde la llegada de Internet y, posteriormente, las redes sociales.

La tensión se utiliza para evidenciar ante la ciudadanía que se sostienen discursos diferentes y señalar las debilidades o incoherencias del rival. Pero,  con frecuencia se cruza la línea de la ofensa como recurso fácil para lograrlo.

Los insultos tienen una gran fuerza expresiva; implican agresividad e intencionalidad degradante contra el receptor. No solo persiguen la descalificación del destinatario, sino que buscan su anulación como contrincante político. Denotan una negativa valoración no solo profesional sino  personal contra el oponente.

Los insultos han venido para quedarse. No son una moda pasajera, sino una tendencia sistémica tolerada por la ciudadanía con matices generacionales. Para los estudiosos de la comunicación o la ciencia política, reflejan una carencia de recursos expresivos más elevados y una falta de respeto profesional —y personal— por la opción política del oponente; para los estrategas, pude ser un camino corto para conseguir atención, que se tolera cuando se ve como una respuesta directa y emocional frente a una política que se pretende descalificar. El insulto ha pasado a ser percibido como una muestra de que los políticos se indignan, pisan la calle y hablan como la gente corriente.

El populismo ha exacerbado esta situación. En un contexto donde el CIS refleja sistemáticamente en sus barómetros el descrédito de las instituciones políticas, usar agravios se “vende” como una crítica al sistema desde dentro.

Mientras el votante no penalice electoralmente, la clase política no encontrará incentivo suficiente para dejar de utilizar los insultos. La polarización ha evolucionado de ser un concepto utilizado en ciencias sociales para definir un fenómeno político, a convertirse en una preocupación social significativa en España.

Referencias de interés

https://www.maspoderlocal.com/index.php/mpl/article/view/polarizacion-prensa-espana-mpl59

https://compolitica.com/wp-content/uploads/2025/04/Entrevista1B_N103.jpg