Donald Trump ha vuelto a utilizar el poder presidencial para premiar a los suyos. Esta vez, el beneficiado ha sido Changpeng Zhao, fundador de Binance, la mayor plataforma de criptomonedas del planeta, condenado por blanqueo de capitales y por no impedir que su empresa sirviera de vía para el tráfico de drogas, la financiación del terrorismo y los abusos sexuales a menores.
Zhao, que cumplió apenas cuatro meses de prisión, había solicitado el indulto al propio Trump, con quien comparte intereses financieros. Ambos mantienen vínculos con World Liberty Financial, la empresa de criptomonedas que el presidente y sus hijos Eric y Donald Jr. lanzaron en septiembre, y que se ha convertido en uno de los mayores proyectos de criptofinanzas del país.
El último informe financiero del mandatario, citado por The Associated Press, revela que solo el año pasado obtuvo 57 millones de dólares de beneficios con esta compañía. Su producto estrella, el USD1, es una “stablecoin” vinculada al dólar en proporción 1:1, presentada como un instrumento “seguro” y “patriótico”. Pero su utilización dista mucho de ser neutral: hace apenas unas semanas, un fondo de inversión de Emiratos Árabes Unidos anunció que usará 2.000 millones de dólares en USD1 para comprar una participación en Binance, cerrando así el círculo de intereses entre el presidente, su criptomoneda y el empresario recién indultado.
Trump, los indultos y la impunidad de clase
El indulto a Zhao no es un hecho aislado, sino parte de una larga cadena de perdones presidenciales que dibujan la moral política de Trump. Desde que volvió a la Casa Blanca, ha liberado o amnistiado a los responsables del asalto al Capitolio de 2021 y al excongresista republicano George Santos, encarcelado por fraude y robo de identidad. La lógica es clara: quien sirve al poder o al dinero tiene garantizada la absolución.
En este caso, el perdón presidencial no solo blanquea —nunca mejor dicho— a un delincuente financiero, sino que legitima un modelo de capitalismo sin reglas, en el que el delito económico se reinterpreta como “innovación” y el fraude como “libertad de mercado”.
La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, defendió la decisión asegurando que el proceso judicial contra Zhao “buscaba castigar a la industria de las criptomonedas”, negando la existencia de víctimas. Pero las víctimas existen, y no son solo los reguladores: son los trabajadores y pequeños ahorradores que creyeron en un sistema que prometía independencia financiera y acabó siendo una trampa especulativa.
Criptocapitalismo: la nueva frontera de la acumulación
Lo que estamos viendo no es una simple historia de corrupción, sino una forma avanzada de acumulación capitalista en el terreno digital. Las criptomonedas, nacidas con el discurso libertario de “democratizar las finanzas” y “romper el poder de los bancos”, han sido apropiadas por las mismas élites económicas que dicen combatir.
Empresarios como Zhao y políticos como Trump no han usado las criptos para emancipar a nadie, sino para crear nuevas burbujas especulativas que extraen riqueza de quienes menos tienen.
La lógica es simple: mientras el capital financiero tradicional se enfrenta a regulaciones y controles, el capital cripto ofrece un espacio opaco, desregulado y global donde el dinero circula sin trabas, permitiendo el blanqueo, la evasión y el fraude masivo.
De la fábrica al algoritmo
El capital ya no necesita explotar únicamente al obrero en la cadena de montaje: ahora especula con su esperanza, con su deseo de escapar de la precariedad. Y esa es la nueva forma de alienación: creer que se participa en un sistema de “libertad financiera” cuando en realidad se está alimentando una maquinaria que concentra aún más poder en manos de los mismos.
Trump encarna esa fusión entre el capitalismo financiero, el populismo autoritario y la desregulación criminal. Su indulto a Zhao no solo borra un delito, sino que consagra un modelo donde los ricos nunca caen y donde el Estado —que debería proteger a los débiles— se convierte en cómplice del saqueo digital.
Un capitalismo sin rostro, pero con nombre
El perdón presidencial simboliza algo más profundo: la alianza entre el capitalismo especulativo global y el poder político nacionalista, dos caras de una misma moneda.
Mientras Trump predica soberanía y libertad económica, su gobierno protege las redes que permiten mover dinero sucio, blanquear capitales y consolidar fortunas opacas.
El resultado es un sistema donde la impunidad no solo se tolera, sino que se celebra; donde el crimen económico se disfraza de emprendimiento, y donde los trabajadores vuelven a ser los paganos de la historia.







