El escritor que se mete

Para Armando López Salinas, las fronteras entre la literatura y la política eran inexistentes. Pasaba de un terreno al otro sin cambiar de intención ni de sintaxis.
Armando López Salinas junto a Dolores Ibárruri en la Fiesta PCE 1978 | Fuente: Archivo Histórico PCE (AHPCE)
Armando López Salinas junto a Dolores Ibárruri en la Fiesta PCE 1978 | Fuente: Archivo Histórico PCE (AHPCE)

Los artistas del realismo socialista tienen en cuenta el grado de formación y la pertenencia social de su público, así como el estado de la lucha de clases.
B. Brecht

En el 2006, con motivo de un documental sobre Armando López Salinas que por entonces estaba rodando Gerardo Tunduri, un director afiliado al llamado cine sin autor, tuve ocasión de mantener un encuentro con el autor de La mina. Descubrí que casi eramos paisanos pues me contó que su padre había nacido en una pequeña parroquia, Bosende, muy cercana a la ciudad de Lugo. “Mi padre, me contó, a los doce años o así, fue andando de Lugo hasta Madrid huyendo de las intenciones de un cura que, típico de la época, “recolectaba” vocaciones para el Seminario entre las familias campesinas más necesitadas. “En Madrid encontró trabajo en la hostelería y acabaría afiliándose a la CNT y admirador de Buenaventura Durruti”. Aprovechando lo que en aquel documental hablaba sobre algunos aspectos de su vida y circunstancias, trataré de reproducir, con sus propias palabras, las cuestiones sobre literatura o política que allí se abordaron.

Sobre sus primeras relaciones con las letras recordaba que además de la lectura de libros y prensa cenetista, como el diario Tierra, en su casa se podían encontrar novelas como Los tejedores de Gerhart Hauptmann, libros de Eliseo Reclús, cuentos de Federico Urales, seudónimo literario del padre de Federica Montseny, tebeos de Flash Gordón, mucha “novela popular” o de kiosko, del Oeste o historias más o menos galantes. “Yo era un niño que leía. En la primera etapa de mi vida soy un lector empedernido. En el sentido de que era un niño muy muy politizado con un padre que era de la CNT, con una cultura en donde los libros eran algo importante. Al lado de casa además había una trapería donde alquilaban novelas que o bien leías allí mismo o si las llevabas a casa tenías que devolverlas a los tres días. Estaban allí muchos libros de la colección Oro con historias policíacas y de aventuras. Leo libros y juego en la calle con amigos con los que se jugaba al fútbol, a la pelota en lo que se llamaba el Campo de las Calaveras que estaba por donde hoy es Arapiles, sobre el cementerio abandonado de San Martín. Poco de después de terminar la guerra, tenía catorce años, vi como se llevaban detenido a mi padre”.

Para Armando López Salinas, las fronteras entre la literatura y la política eran inexistentes. Pasaba de un terreno al otro sin cambiar de intención ni de sintaxis. Sigue siendo llamativo la especie de pudor desde el que habla de su papel como escritor, moviéndose siempre en un tono de modestia que no le impide, cuando lo ve conveniente, mostrar su convencimiento sobre la importancia de la escritura. Es bien sabido que su encuentro con Antonio Ferres supuso para él un impulso hacia la escritura. En Memorias de un hombre perdido, el libro de memorias del autor de La piqueta, se narra el encuentro del que surgiría una singular y fuerte amistad donde las afinidades literarias que comparten en sus primeras obras se recogen en los libros y estudios (pocos, son pocos) que analizan sin sectarismos estéticos la historia de la novela del siglo XX: “Una tarde, —escribe Ferres— a la salida del trabajo, mientras bajábamos hacia la glorieta de Atocha por la cuesta de Moyano, bordeando las casetas donde vendían libros viejos, me leyó Armando un cuento obrerista que había escrito.

—No sé si quiero ser escritor —dijo— pero hace tiempo que tengo empezada una novela sobre la vida de los mineros del carbón. Quizá algún día me decida a continuarla.

—No hay en España novelas en las que el tema sea la lucha de clases entendida como Marx la entendía —dije.

—Lo que no hagan los obreros y los campesinos creo que no va a hacerlo nadie —dijo.

“Claro que el partido quería tener presencia en la lucha cultural y política y naturalmente apoya una corriente realista pero no había ninguna consigna. Era lo que nos parecía que había que hacer”.

A través de Ferres conoce a Jesús López Pacheco, el autor de Central eléctrica, a Juan Eduardo Zúñiga, a Fernando Avalos y a Juan García Hortelano. Afiliados al PCE , a su tarea como escritores suman su trabajo de difusión y agitación en los ambientes culturales de aquellos duros años de la posguerra: “Empezamos a tomar conciencia de que éramos un grupo político a partir de los años cincuenta, a partir del 56 sobre todo, un año de mucho movimiento en la universidad. Con Ferres montamos una organización del Partido en obras públicas, en el laboratorio central. Era una agitación política y literaria pero más política que literaria. La política y la literatura se cruzaban. Aquel grupo de escritores empezó a publicar en una revista que se llamaba Sábado Gráfico, que publicaba cuentos, después contactamos con la gente de Triunfo. No está planteado solo como un grupo literario que puede influir, digamos, en la vida literaria sino que quiere influir en la vida política. No teníamos medios de expresión nuestros, a la hora de publicar teníamos que expresarnos a través del tipo de revistas o editoriales que existían en aquel momento, como Acento y otras publicaciones del SEU. Y luego Destino nos abre las puertas para editar. Es así pero no previamente programado. Hay problemas en la universidad y se ha producido una especie de corrimiento crítico hacia la izquierda, se da también que los hijos de los vencedores cuestionan el país que les ha tocado vivir. La historia de esa España que iba a amanecer y que no amanecía. Y desde un punto de vista de clases hay una rebelión de la pequeña burguesía de este país con entrada de algunos sectores de esa pequeña burguesía en el Partido. Es un reflejo de lo que está pasando también en los medios profesionales, no solo universitarios; hay médicos, ahogados, arquitectos, entran los jueces y vendrán los escritores, aunque ahí ya hay algunas experiencias anteriores significativas por ejemplo la de Cremer en León con la revista Espadaña o de Celaya en San Sebastián con Norte. Se suele teorizar sobre cierta polarización de esta literatura, que yo tampoco rechazo, pero me parece que teníamos más lecturas de Hemingway o Faulkner o Sinclair Lewis que del realismo social soviético, que en realidad, salvo a Gorki, casi desconocíamos totalmente. Yo no creo que sea tan extraña la influencia de Faulkner porque al fin y al cabo las novelas de Faulkner son novela social, que habla de los derrotados del campo. Es decir ¿quiénes son los personajes de Faulkner? Pues gente marginada como Popeye, de un nivel cultural bajo. Es más de la generación perdida, algunos a lo mejor habíamos leído algún libro pero en gran medida se partía de cero. Eso de las consignas del Partido es absolutamente falso. Claro que el partido quería tener presencia en la lucha general cultural y política y naturalmente apoya una corriente realista pero no había ninguna consigna. Era lo que nos parecía que había que hacer.”

“En mis libros, no aparece prácticamente otra capa social que los propios trabajadores, porque ese era el mundo que yo quería contar; mostrar un espejo de la situación: esto es como estamos viviendo”.

En el documental al que nos venimos refiriendo, López Salinas es consciente de los ataques teóricos contra ese grupo de escritores a los que se les deprecia estéticamente bajo el rótulo del realismo socialista ignorando tanto su calidad literaria como su importante papel a la hora de despertar la conciencias de los derrotados en la Guerra Civil. Esa condena y desprecio sigue hoy siendo dominante en nuestro campo literario. Pero no es este el momento de retomar ese combate. Sobre cómo vivieron los autores aquel momento nada mejor que volver a concederle la palabra a López Salinas: “A mí me lleva a escribir una especie de curiosidad, siempre me importó lo que ocurría a mi alrededor, me quedaba preocupado y quería contar lo que pasaba. No tenía ninguna idea sobre escribir; no era ingenuo pero sí un poco inocente. Para mí lo de escribir era un oficio como cualquier otro. Me gustaba ese tipo de cosas, yo quería contar lo que conocía, lo que vivía y lo que sabía y por tanto en mis novelas, si observas un poco lo que he escrito, en definitiva, en mis libros, no aparecen prácticamente otra capa social que los propios trabajadores Y no otras, primero, porque no las conocía y tendría que inventarlas, y porque ese era el mundo que yo quería contar. Yo había visto, aunque no teorizado en absoluto, que los personajes de casi toda las novelas que había leído eran sobre gentes muy capaces, que habían hecho una carrera; la gente que tenía una especie de cultura del amor sofisticada y tal, y yo quería contar otro tipo de vidas más directas. Aunque luego nos acusaron de que escribíamos para gente que no leía yo quería que leyera cualquiera, pero fundamentalmente aquellos que se reconocieran en esa dirección y, además, lo quería como un instrumento de agitación, sinceramente. Yo escribía para quien quisiera leer, si alguien tomaba conciencia a través de eso, claro que buscaba eso, entre mi propia gente en primer lugar. Entre los propios míos que tomaran conciencia de su situación. Mostrando un espejo de la situación: esto es como estamos viviendo. Como estamos viviendo, no como estáis, porque yo me meto”.

“Porque yo me meto”. En esa afirmación se encuentra todo el sentido de la responsabilidad y compromiso, literario y político, de ese escritor comunista del que hoy celebramos el centenario de su nacimiento.

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