Luchó tanto que un día se dejó la literatura en el camino y nunca quiso volver para recogerla. O no tuvo tiempo.
¿Por qué dejaste de escribir, Armando? Te miraba fijamente, con la pupila algo mineral, como si esperara la pregunta que de verdad interesaba. Y no contestaba.
Al final solía repetir una frase a la hora de describir un presente cargado de corrupción y superchería: “Este diluvio universal de mierda”.
Armando había colaborado en la redacción interior de la Pirenaica, y en la construcción del tejido político de la transición, y en miles de luchas y rebeldías. Contribuyó como nadie en la coordinación de los intelectuales antifranquistas. Se desarrollaban las reuniones en una especie de contrabodeguillas: conspiraciones contra el poder. Quizá por eso no participó en el archipiélago de bodeguillas que se inauguró a partir de 1982, y que aún persisten: conspiraciones para el poder.
Su novela La mina se ha publicado de nuevo (en ediciones de David Becerra). En su momento fue condenada al ostracismo y tachada de los manuales de literatura. Pero él y sus amigos (Ferres, Jesús López Pacheco, Grosso), la denominada generación de la berza, persistieron. Pero hay que repetir que La mina no pasó “por motivos literarios”; también habría que decir que a pesar de las argucias críticas no se ha podido ocultar que el asunto era otro contexto: contenía un proyecto revolucionario frente a una cultura de la reconciliación con el poder y del secuestro de la literatura en la torre de marfil de la neutralidad.
Armando siguió así hasta el final: digno, pensativo y humilde. Sin siquiera molestarse en abrir el paraguas ante la tormenta. Aunque hay que decir que el diluvio universal de mierda ni siquiera le rozó.
Tomado de libro:
1917-2017. Desde que NOVIEMBRE se llama OCTUBRE
Felipe Alcaraz y Andrés Vázquez de Sol.
Editorial Atrapasueños







