Cine palestino: resistencia a 24 fotogramas por segundo

"Once upon a time in Gaza”, de Arab y Tarzan Nasser
"Once upon a time in Gaza”, de Arab y Tarzan Nasser

El cine no es inocente. Jamás lo ha sido. Cada encuadre, cada corte de montaje, es una decisión política, consciente o no. Y si hay una cinematografía que ha entendido que hacer cine es hacer memoria —y a veces supervivencia—, es el cine palestino. Su historia es también la historia de un pueblo fragmentado, desplazado, asediado, pero obstinadamente vivo. Hablar de Palestina en el cine es hablar de resistencia, de las grietas por las que se cuela la humanidad en medio de la ocupación, de una mirada que se niega a ser reducida a estadísticas de guerra o titulares de telediario.

Durante décadas, la narrativa dominante en Occidente presentó a Palestina a través de un cristal deformado, cuando no completamente ausente. La imagen del palestino estaba condenada a ser estereotipo: el terrorista, la víctima muda, el personaje secundario en un conflicto contado por otros. Pero algo empezó a cambiar cuando voces palestinas lograron tomar la cámara en sus manos y colocarse detrás de ella. De pronto, la historia dejó de ser rumor y pasó a ser testimonio.

Uno de los cineastas que abrió esta puerta fue Han Abu-Assad, cuyo Paradise Now (2005) sacudió a la crítica internacional con su retrato de dos amigos reclutados para cometer un atentado suicida. La película incomodó —como debe hacer el buen cine— al mostrarnos no monstruos, sino seres humanos, atravesados por dilemas éticos imposibles. Ganó el Globo de Oro y fue nominada al Óscar, pero sobre todo, abrió una conversación global. Abu-Assad insistió en volver a ella con Omar (2013), un thriller político y romántico que se llevó el Premio Especial del Jurado en Cannes, confirmando que el cine palestino no era una rareza sino una voz indispensable.

La generación siguiente continuó ese camino. Annemarie Jair ha filmado tres piezas fundamentales para entender la vida cotidiana bajo ocupación: La Sal de este Mar (2008), donde una joven nacida en Estados Unidos regresa para reclamar la herencia que le fue arrebatada; Al Verte (2012), que recupera el espíritu revolucionario de los campamentos de fedayines en los 60; y la bellísima Wajib (2017), un viaje de padre e hijo por Nazaret repartiendo invitaciones de boda, que es en realidad un diálogo sobre pertenencia, exilio y heridas generacionales.

El cine palestino también sabe condensar el drama en pequeñas dosis. The Present (2020), de Farah Nabulsi, apenas dura 24 minutos, pero es suficiente para dejarnos sin aire. Un padre que quiere comprar un regalo de aniversario se topa con un checkpoint tras otro, con un sistema burocrático diseñado para recordarle que incluso el amor tiene obstáculos en Palestina. Ganó el BAFTA y fue candidata al Óscar, demostrando que a veces la resistencia cabe en un cortometraje.

Otros autores eligen la vía de la fábula y el humor. Elia Suleiman, maestro del absurdo poético, lleva años filmando su propio cuerpo como termómetro del mundo. En De repente, el paraíso (2019), viaja de Palestina a París y Nueva York, solo para descubrir que la vigilancia, el racismo y la violencia no son patrimonio exclusivo de su tierra natal. Su cine es una carcajada contenida que duele en el estómago.

Y en los últimos años, nuevas voces han surgido con fuerza. A 200 metros (2020), de Ameen Nayfeh, cuenta la historia de una pareja separada por el muro de Cisjordania, a solo 200 metros de distancia, obligada a emprender un viaje imposible. Más recientemente, los hermanos Arab y Tarzan Nasser llevaron a Cannes Once Upon a Time in Gaza (2025), un relato coral sobre la vida en la Franja desde 2007 que se convirtió en uno de los títulos más comentados de la Croisette. “Cannes es nuestra única ventana para contar lo que pasa”, dijeron sus directores, subrayando que hacer cine en Gaza no es solo un acto creativo, sino casi un acto de contrabando emocional.

Un Oscar, una bofetada a la barbarie y la respuesta sionista

Este año, el cine palestino dio un puñetazo en la mesa con No Other Land (2024), documental que retrata la destrucción sistemática de aldeas en Masafer Yatta por parte del ejército israelí y los colonos. Ganó el Óscar a Mejor Documental en 2025, y Basel Adra, su protagonista, pronunció un discurso que se convirtió en historia: “Espero que mi hija no tenga que vivir como yo, siempre temiendo las demoliciones”. A su lado, el israelí Yuval Abraham pidió el fin de la limpieza étnica y señaló la complicidad de EE. UU. con el régimen israelí.

La reacción fue inmediata: el ministro de Cultura de Israel llamó al galardón “un momento triste para el cine”y acusó a la película de ser “propaganda antisionista”. Poco después, Hamdan Ballal —uno de los codirectores— fue golpeado brutalmente por colonos y detenido en una base militar. Pasó la noche esposado y vendado. Ningún organismo internacional detuvo la barbarie.

Pero el silencio se rompió: cientos de miembros de la Academia de Hollywood firmaron una carta exigiendo protección y justicia. Y en Cannes, más de 380 figuras del cine —Pedro Almodóvar, Susan Sarandon, Javier Bardem, Mark Ruffalo, entre otros— pidieron públicamente no ser indiferentes al “genocidio en Gaza” y citaron el caso de Ballal como ejemplo del precio de contar la verdad.

Cuando el cine toma partido

Ya no se trata solo de utilizar los festivales para presentar películas. El propio ecosistema cinematográfico internacional ha empezado a posicionarse con más fuerza frente a la tragedia palestina. En Venecia 2025, el festival abrió con el documental The Voice of Hind Rajab, sobre la niña de seis años que murió en Gaza tras pedir ayuda por teléfono. La sala se puso en pie, no solo para aplaudir la película, sino para expresar un rechazo colectivo a la impunidad de la guerra. Brad Pitt, Alfonso Cuarón y Joaquin Phoenix fueron algunos de los nombres que respaldaron públicamente la proyección.

En el Festival de Toronto, Annemarie Jair estrenó Palestine 36, un drama histórico que conecta la revuelta árabe de 1936 con la crisis contemporánea, recordando que el conflicto no es un accidente reciente sino un proceso largo de colonización y resistencia. La ovación en la gala fue leída por muchos como un acto de resistencia cultural.

Y no son gestos aislados. Más de 1200 figuras del cine —entre ellas Yorgos Lanthimos, Ava DuVernay, Tilda Swinton y Riz Ahmed— firmaron recientemente un boicot cultural a instituciones israelíes “implicadas en genocidio y apartheid”, marcando un precedente en la industria. En España, el Festival de San Sebastián fue aún más lejos: su comité directivo emitió un comunicado oficial condenando lo que llamó “genocidio en Gaza” y exigiendo un alto el fuego inmediato. “Es insoportable tanta atrocidad, tanto terror”, decía el texto. Pocas veces un festival de esta magnitud se había expresado en esos términos.

Lo personal es político: ver cine como acto de resistencia

Este artículo no es un simple listado de películas: es una invitación. Ver cine palestino es resistir la anestesia. Es negarse a la normalización del horror. No basta con leer titulares ni con indignarse en redes: hay que ver, escuchar, compartir.

No es un gesto neutral: ver estas películas es elegir ponerse del lado de quienes están siendo expulsados, bombardeados, deshumanizados. La neutralidad, en estos casos, no existe. El silencio es complicidad.

Mira estas películas. Compártelas. Habla de ellas. Rompe el cerco informativo que intenta reducir Palestina a cifras de muertos. Y cuando salgas del cine o apagues la pantalla, pregúntate: ¿De qué lado de la historia quieres estar cuando el horror se cuente en pasado?

Omar: se puede ver en Filmin

La Sal de este Mar: se puede ver en Filmin

The Present: se puede ver en Apple TV

De Repente el Paraiso: se puede ver en Filmin

No Other Land: se puede ver en Filmin

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