Gym

Lo de mens sana in corpore sano se nos ha ido un poco de las manos. Tanto tiempo gastado en el cuidado del cuerpo responde a esa necesidad impuesta de seguir unos códigos estéticos establecidos.

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Ejercicios aeróbicos. Gym | Fuente: myself / wikimedia commons / CC BY-SA 2.5
Fuente: myself / wikimedia commons / CC BY-SA 2.5

Mi pueblo ronda ya los casi 40.000 habitantes, cifra nada desdeñable y menos aún en época estival, cuando la cifra aumenta multiplicada por tres. No las he contado una a una, pero debe de haber unas cien peluquerías, incluyendo barberías y perfilado de uñas. Al menos diez centros de tatuaje, sin contar los clandestinos, y otra decena de tiendas dedicadas al vestuario deportivo. También un gran número de centros de estética y masajes, osteopatía, talasoterapia, yoga y un montón más de actividades que prometen bienestar y eterna juventud.

Pero lo que en realidad se lleva la palma, es el Gym que, por si alguien no está al día del lenguaje colonizado que gastamos, quiere decir Gimnasio. Nada que ver con aquellos escolares de mi infancia, espalderas, potro y plinto alternados con raídas colchonetas. No. Aquí, en nuestro tiempo, en nuestro mundo rico, aparte la típica sala de musculación y tablas para bajar de peso, hay nutrition consulting, personal trainer, body pump, fitness, cross trainig, hilt, spinning, pilates, boxing, kickboxing, just pump, ciclo indoor, gap, trx, aerobic, zumba, body hit y un montón más de “noséquesloquees”, pero en inglés.

Prácticamente, no hay una sola manzana en la que no exista un establecimiento de ese tipo. Y si no es un Gym, es una tienda de calcetines blancos, bicicletas, calzado deportivo o centro de estiramiento, cosa que prefiero no adivinar a qué se refiere.

Y es que, tal vez, lo de mens sana in corpore sano se nos ha ido un poco de las manos, sobre todo en lo que se refiere a la segunda parte de la bienintencionada sentencia de Juvenal.

Digo todo esto porque, sin embargo, no hay ni una sola librería. Hace un mes cerró la última digna de recibir ese nombre. Hay papelerías, eso sí, con lápices cuquis, tarjetitas guay y tazas de café con leche con gatitos, perritos o “eres el mejor abuelo del mundo”. Es verdad que ahí también se venden libros, pero de esos de autoayuda, o de primera comunión, o firmados, que no escritos, por conocidos y conocidas cortesanos y cortesanas que ahora se llaman influencers, y, si acaso, best Sellers que en la página veinte te cuentan lo mismo que en la diez, en la treinta lo mismo que en la veinte y así sucesivamente.

No quisiera que nadie de tantos y tantas que intentan aliviar el sedentarismo de la urbe visitando Gyms se sientan ofendidos, pero estaremos de acuerdo en que tanto tiempo gastado en el cuidado del cuerpo, no se corresponde con el necesario para mantener la salud, sino más bien con esa necesidad impuesta de seguir una serie de códigos estéticos establecidos, según los cuales, la diversidad no tiene cabida.

Aunque no solo se trata de estética, sino más bien de una forma de vida en la que el músculo prima, los morritos pinchados de botox seducen y la ignorancia triunfa. Importa la foto, el impacto, la mayor barbaridad, la gran calumnia.

La lectura, la cultura y el arte en general, se hacen imprescindibles como herramientas necesarias para frenar la estupidez que nos acerca, cada día más, de nuevo al fascismo

Y ahí es donde la lectura, la cultura y el arte en general, se hacen imprescindibles como herramientas necesarias para frenar la estupidez que nos acerca, cada día más, de nuevo, al fascismo. El placer de vivir otras vidas, visitar paisajes imaginarios, adquirir conocimientos, todo ello cumple una función primordial. Y más en los tiempos que corren.

Se trata de hacer preguntas y no conformarse con las respuestas. Se trata de saber que ser antisionista, no es ser antisemita. Que la libertad no consiste en tomarse cañitas. Que no todas las ideas son respetables. Que lo de la clase media es un burdo invento para domesticar a quien cree lo que le cuentan y no lo que descubre por sí mismo. Que, si tienes que trabajar para vivir, si no te mantienen las rentas, eres clase trabajadora.

Se trata, en fin, de ser consciente de quién es y donde está el enemigo. De no perderse en batallas estériles y empeñar las fuerzas en la que realmente importa, lograr un mundo justo.

Y, si acaso, luego, nos vemos en el Gimnasio las horas que haga falta.

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