Intercambios de opiniones

La guerra de la desinformación no excluye el derramamiento de sangre sino que le fabrica una normalización buscando su utilidad como arma para el engaño.
Estudio control de tv | Fuente: Jeff Maurone / wikimedia commons / CC BY 2.0
Fuente: Jeff Maurone / wikimedia commons / CC BY 2.0

Tuvimos en el mes de marzo de 2020 una especie de peste negra pero no nos surgió un Petrarca. Se nos han ido acumulando peleas, disputas, desacuerdos profundos y malintencionados que parecen nacer de una maldad intrínseca de los humanos, aunque sospechamos que donde tratamos de identificar como actos de mala voluntad también nos topamos con la torpeza como guía de nuestros haceres y quehaceres, de nuestras opciones de vida.

Tenemos guerras y conflictos para rellenar un amplio glosario: guerra convencional, nuclear, asimétrica. Tenemos intereses muy variados que nos guían de palabra y obra hacia guerras sucias, santas, de desinformación, cibernéticas, de guerrillas…  los más modernos nos hablan de guerras asimétricas, de baja intensidad, guerras de información, cibernéticas… y a ese maremágnum lo titulan guerra de cuarta generación, que abarca desde el terrorismo de Estado a la población civil convertida en blanco de todos los horrores y dolores.

Así nos llevan hasta una guerra de (des) información que padecemos en sesiones de mañana, tarde y noche y que pregonan en nidos de tertulianos que difícilmente podemos considerar contertulios teniendo en cuenta el griterío que acompaña a lo que difícilmente puede considerarse un documentado y argumentado intercambio de opiniones. Los gritos y abusos del turno de palabra nos convierte cualquier debate en bronca de taberna. Y si protesto por la algarabía (por cierto, palabra de significativo origen árabe) es porque el ruido tapona el sonido y el entendimiento de la parte racional del discurso.

La desinformación que hemos tragado en estos últimos tiempos trata de controlar la narrativa para imponer un estado de ignorancia muy cuidadosamente manipulada

La desinformación que hemos tragado en estos últimos tiempos trata de controlar la narrativa para imponer un estado de ignorancia muy cuidadosamente manipulada que gestiona el hilo del relato y pretende promocionar una guerra psicológica. Como puede observarse fácilmente la guerra de la desinformación no excluye el derramamiento de sangre sino que le fabrica una normalización buscando su utilidad como arma para el engaño. En España estamos notablemente desinformados y tergiversados en el manejo y consumo de una narrativa embutida entre bulos y la utilización del insulto y la mentira como armas políticas.

Estudiemos la situación. Busquemos soluciones para garantizar el bien común basado en la igualdad y la justicia. Ya está bien de broncas. Es un espectáculo tan desmoralizante como necesitado de una estricta corrección democrática. Estamos como pasmados o, lo que es peor, inútilmente enfadados ante las pantallas hipnotizadoras que nos muestran nuestras propias incompetencias y las catástrofes mundiales. La sociedad española tiene que reaccionar para movilizar una suficiente masa social que manifiestamente se plante ante tantos asuntos como tenemos que aclarar y arreglar para poder garantizar un futuro sostenible para España y para quienes queremos vivir en ella con confianza y voluntad de crearnos el mejor futuro posible.

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