El cáncer está considerado como una enfermedad asociada a la edad, sin embargo, según el doctor Nicolás Olea, catedrático de la Universidad de Granada, y otros organismos sanitarios, sus tasas se están multiplicando por tres entre la población no anciana. Ante este hecho, nadie parece sorprenderse, al contrario, se continúa afirmando, incluido el estamento médico, que es una lotería que puede afectar a cualquiera, lo que contradice las declaraciones de la Organización Mundial de la Salud en las que se afirma que el 75% responde a causas ambientales y podrían, por tanto, prevenirse.
La salud viene condicionada por cuatro factores: el genético (al que suele darse excesiva importancia), el estilo de vida, el ambiente y la calidad de los servicios sanitarios que la cuidan. Hablaremos a continuación sobre la influencia ambiental.
Se han elaborado mapas o atlas del cáncer en España por investigadores del Centro Nacional de Epidemiología. ¿Qué concluían? Que allí donde existe más contaminación química se registran más casos de cáncer. En Andalucía destacan zonas de Cádiz y Huelva, además de otras en Cataluña, Asturias o País Vasco. Observaciones similares se han realizado en otros países.
Es en las naciones industrializadas donde las tasas de cáncer son mayores. Europa, por ejemplo, presenta un 25% de la carga global de cáncer cuando, por su población, deberían corresponderle valores más bajos. En las sociedades tradicionales el cáncer es una enfermedad poco frecuente, pero cuando sus ciudadanos emigran a zonas desarrolladas, acaban por tener el mismo índice de enfermedad que los que viven en ellas. Todo lo cual desmonta lo genético como factor relevante y apunta hacia una mayor influencia del entorno.
Y contrariamente a lo que ocurrió con las enfermedades infecciosas, que pudieron controlarse en parte con medidas preventivas, como la higiene o la dieta, con el cáncer este principio parece haber olvidado, dedicando los esfuerzos a curar más que a prevenir.
La industria química ha producido más de 120.000 compuestos de los que la mayor parte no se han evaluado adecuadamente. Están dispersos en el medio y desde ahí afectan a la vida en todas sus formas. Algunos presentan toxicidad aguda, otros afectan a largo plazo y pueden acumularse en nuestros organismos. Son discutibles las dosis consideradas seguras, pues cada persona es diferente, y no digamos la población vulnerable.
El cáncer de mama, por ejemplo, está muy vinculado con la exposición a plaguicidas, aunque otros productos conocidos como alteradores hormonales también lo generan. Algo similar puede comentarse del cáncer de próstata en el que el Instituto de Salud Carlos III ha notado una prevalencia en agricultores, aunque no era el único pues también se citaban de estómago, leucemia y otros. Los informes del Ministerio de Sanidad del reino Unido han señalado la relación entre la exposición a herbicidas y cáncer de próstata, lo que otros estudios europeos también confirman.
El cáncer de testículos se ha doblado en el planeta, creciendo singularmente en los países desarrollados. El 80% de los casos se dan en hombres de edad inferior a 45 años y se observa una clara relación con diferentes productos químicos. El cáncer de páncreas, según el Instituto de Investigaciones Médicas de Barcelona se encuentra asociado a ciertas actividades como la industria del caucho y goma, impresión, petrolera, química, curtidos o metalúrgica. En ellas los trabajadores se exponen a disolventes organoclorados, hidrocarburos aromáticos, etc.
No hablamos aquí de los diferentes tipos de cáncer que origina el tabaco, el alcohol o las radiaciones, suficientemente conocidos; más bien hemos querido llamar brevemente la atención en dos aspectos: el cáncer está más relacionado con el medio de lo que creemos, y por ello debemos protegernos.
La protección comienza con evitar hábitos absurdos (tabaco, exposición prolongada al sol, bebidas destiladas…), observando después las condiciones laborales a las que estamos expuestos. No solo fábricas o agricultura, en la ciudad también existen edificios de oficinas “enfermos” cuando la renovación de aire no es la adecuada. En todo caso debemos informarnos exigiendo las medidas de protección necesarias, incluyendo la posibilidad de cambio de empleo, pues la vida es lo más valioso.
Y como consumidores reivindicando aire y agua limpios, además de consumir alimentos procedentes de agricultura ecológica, que debiera estar más promocionada y protegida. En todo caso deben evitarse las grasas animales, que suelen disolver y acumular tóxicos.
Si bien la crisis climática puede hacernos la vida más difícil, lo que verdaderamente atenta contra nuestra salud y nuestro futuro como humanidad es esta contaminación química silenciosa que ya llevamos en nuestro interior. Mas, no debemos resignarnos, hay que continuar apostando por un medio limpio al que tenemos pleno derecho, colocándolo en los programas políticos; y, por nuestra parte, protegiendo nuestros hogares a través de una alimentación saludable y una vivienda y puesto de trabajo (otra importante tarea sindical) libre de tóxicos.







