Llevo ya tiempo escuchando eso de que la derecha nos ha ganado la batalla cultural y, la verdad, nunca se me quedaba muy claro qué es lo que quería decir la frase. Tonto no soy, con lo cual, percibía cuánto había de cierto en la idea, pero, sobre todo, me centraba en las guerras desarrolladas en redes sociales, en la victoria del mensaje simplista o en la tendenciosa palabrería de abundantes medios de comunicación.
Sin embargo, ha tenido que venir la que es tal vez la máxima autoridad, o al menos la cabeza más visible, del Orgullo Ignorante en nuestro país a aclararme las dudas. Y por si acaso alguien no ha adivinado a quién me refiero, digo el nombre para evitar confusiones, Isabel Díaz Ayuso.
El momento fue no hace mucho, justo después de que el Emperador del Planeta, el Sumo Orgulloso Ignorante, anunció el “Plan de Paz para Palestina” (lo pongo así, entre comillas por lo que tiene de torticero). Entonces, Ayuso, sin reparo alguno, como buena Indecente Orgullosa Ignorante, vino a decir, más o menos textualmente: “¿Ahora qué va a hacer la izquierda, se va a seguir manifestando? En realidad, lo que la izquierda quiere es que haya más muertos para poder seguir haciéndolo”.
Sólo por esas palabras, después de negarse a reconocer el Genocidio cometido contra el pueblo Palestino —algo que sí han hecho todos los organismos internacionales, incluidas las Naciones Unidas, así como la Corte Penal Internacional— y, además, apoyar fervientemente al Gobierno Criminal Sionista de Israel premiándolo de manera cruel y soez, solo por eso, que no es moco de pavo, merecería ser despojada de todos su cargos y prebendas.
La actitud de la izquierda y de la gente que se moviliza, en demasiadas ocasiones se reduce a la respuesta inmediata y no a la prolongada y continúa lucha por un mundo libre, justo e igualitario
Pero claro, eso pasaría si viviéramos en una época en donde primara la decencia. Muy al contrario, es la mentira, el bulo, el discurso perverso del matón de barrio aliado con el reprimido meapilas, lo que nos domina. Y ahí es donde en la batalla cultural, el equipo defensor de la incultura va ganando por goleada. Porque la verdad, por mucho que duela reconocerlo, es que la actitud de la izquierda, hoy por hoy, o al menos la que logra movilizar a la ciudadanía, en demasiadas ocasiones, se reduce a la respuesta inmediata, a la acción reacción, y no a la prolongada y continúa lucha por un mundo libre, justo e igualitario, que es lo que nos deberíamos plantear.
Nuestro peor enemigo se encuentra en la firme convicción de estar en la parte correcta de la historia, la que aúna razón y corazón. Nos es difícil aceptar, casi difícil de creer, que alguien, ante la destrucción masiva de un pueblo, el asesinato de niños y niñas, el hambre utilizada como arma de guerra, no sea capaz de conmoverse, sea de la ideología que sea.
De igual manera, cuando el Emperador Anaranjado se atrevió a decir que los emigrantes se comían a las mascotas, a perros y gatos que son los iconos de la cultura rubia, asexuada, ultra religiosa y anglosajona, hicimos chistes, canciones y burla de tamaña barbaridad. Y lo hicimos, porque confiamos en el ser humano y en la inteligencia. Pero, a la vez, nos olvidamos que la herramienta principal del fascismo es el miedo y el miedo, sumado a la ignorancia, se expande veloz, como un virus terrible de consecuencias inimaginables.
Conclusión, a pesar de las chanzas, y en parte gracias a éstas, hoy el mundo lo domina el Ganador del Concurso de Estupideces, el más malvado de los malvados y una mayoría de madrileños, al menos hasta ahora, apoya la falta de humanidad de su presidenta.
Por eso, para no ir a remolque del discurso de “la cólera de los imbéciles”, es más, para romperlo, hay que insistir en que lo que sucede ahora mismo, en el momento que escribo, no es un Plan de Paz, sino un momentáneo alto el fuego. Celebremos cada segundo en que no se cometan asesinatos, pero no apoyemos la confusión. No ha habido una guerra. Hay un genocidio prolongado durante casi setenta años. Por mucha inmundicia que escupan, salgamos a la calle, continuemos la lucha. Aunque solo seamos cuatro o cinco. Aunque sólo haya una persona.
Esta paz impuesta por los criminales no es sino la paz de los corderos en el matadero.








