Narcotráfico

Venezuela y Colombia son calificados como narco-Estados con el objetivo apropiarse de las mayores reservas de petróleo, oro o tierras raras del planeta.
Plantación de opio (Afganistán) | davric / Dominio público
Plantación de opio (Afganistán) | davric / Dominio público

Un amigo mío, profesor de economía ya jubilado, cada año, empezaba las clases preguntando a su alumnado cuál era, según su criterio, la labor de la policía en la lucha contra el narcotráfico. Invariablemente, la contestación era la misma. Aunque con diversos matices, siempre se referían a la incautación de la droga y al apresamiento de quienes la ponían en circulación. Mi amigo atendía en silencio, negando con la cabeza, instándoles a que pensaran más, hasta que, al fin, rendida la audiencia, expresaba, sin pelos en la lengua, la contundente realidad: El trabajo de la policía no consiste en eliminar ese tráfico, sino en regular su mercado.

La historia de la humanidad va pareja a la de las drogas. El estado de embriaguez es innato al ser humano y, aun más, me atrevería a decir que al resto del mundo animal. Prohibirlo, combatirlo mediante métodos represivos como se hizo durante la Ley Seca en los años veinte del pasado siglo, solo conduce al aumento de la corrupción y la violencia. Igual pasó en la Colombia de Pablo Escobar. Las fumigaciones indiscriminadas de cultivos a manos de la DEA, la agencia antidroga del imperio, empujaron a los campesinos a engrosar bandas de sicarios y grupos paramilitares, financiados por la CIA con la heroína que proporcionaban los muyaidines afganos y la venta de cocaína en, ¡oh, cielos!, Estados Unidos.

Es del todo imposible eliminar la presencia de las drogas en nuestra cotidianeidad. Y no lo digo yo. Lo dice cualquier fiscal, médico, sociólogo o persona que haya reflexionado sin prejuicios sobre el tema. Todos ellos, y hay países como la República Oriental del Uruguay que lo han demostrado, saben que, si se legalizaran, las nefastas consecuencias que acarrea su comercio, se acabarían de inmediato. Porque el problema no son las drogas. El problema, es el mismo de siempre, la avaricia.

Es en Wall Street, en la City Londinense, en las Bolsas y lujosos despachos, en las transacciones opacas entre multinacionales, en la ficción del dinero y los paraísos fiscales, en los Templos Sagrados de la Avaricia, donde anida la esencia del narcotráfico y se perpetúa su existencia.

Pero no sólo se trata de espurios beneficios económicos. Cuando se ha sufrido en carne propia o en la del vecino, los efectos del abuso de sustancias, es normal aceptar el calificativo de mal universal, de obra del diablo, con el que el salvador de turno anatemiza a las drogas ilegales, a la vez que, de igual manera y con la misma facilidad, absuelve a las legales, alcohol, tabaco, o diversos opiáceos químicos, ansiolíticos y antidepresivos, por poner un ejemplo. Y eso, en nuestras sociedades tan irreflexivas como incultas, se convierte en el mejor aliado del insaciable apetito del poder capitalista.

Bajo la excusa de luchar contra el narcotráfico, Estados Unidos invadió Panamá, se volvió a apropiar del negocio del Canal y amplió bases militares

A finales del siglo pasado, los marines invadieron Granada, una pequeña isla del Caribe. El pecado de sus habitantes fue apoyar al Movimiento de la Nueva Joya y a su presidente, Maurice Bishop, que intentó, en beneficio de todos, desarrollar en su país la industria del turismo. Dijeron que el aeropuerto que estaban construyendo era para traer drogas. Aunque, en realidad, ese no fue el motivo. El asesinato de cientos de granadinos, sirvió para medir la reacción del resto de países, que fue prácticamente nula.

El siguiente paso fue invadir Panamá. Bajo la misma excusa de luchar contra el narcotráfico, Estados Unidos se volvió a apropiar del negocio del Canal y extendió, aún más, sus tentáculos sobre el Continente, construyendo nuevas bases militares. Tampoco nadie dijo nada.

La intención iba más allá. Siguiendo la estela de la acusación de narcotráfico, el objetivo era Cuba. Fidel se adelantó. Para evitar la intervención, tuvo que fusilar a quien, torpemente, había caído en la trampa que la CIA había tendido. Se acabó la coartada.

Y así llegamos a nuestros días. Venezuela y Colombia son calificados como narco-Estados y, además, terroristas. La acusación no tiene más base que obtener la patente de corso para apropiarse de las mayores reservas de petróleo, oro o tierras raras del planeta. Busca, y seguramente lo encontrará, el vasallaje del mundo rico, el mismo que ha permitido y permite el genocidio en Palestina.

Para eso sirve el narcotráfico. Por eso se mantiene la prohibición. No lo olvidemos. No nos confundamos.