“Desconfiar de todo dogma sobrenatural. Debéis de tener, queridos creyentes, la valentía de ateneros a lo que dice la historia si queréis fundamentar con solidez vuestro cristianismo” (A. Piñero)
Me pone escribir en Mundo Obrero de asuntos relacionados o colaterales a la religión, siento que es como si me internase de forma sacrílega en una finca de toros bravos para torear desnudo a la luz de la luna, expuesto a una paliza de los caporales. Exagero, lo sé, incluso luego de publicar estas crónicas en Mundo Obrero paso buenos ratos comentando el asunto con mis amigos de Europa Laica, que en especial esas son las que leen con mayor interés. Sé que exagero, además, porque las páginas de Mundo Obrero han cobijado memorables artículos del Padre Llanos, sus “Cartas a…”, amén de otros nombres de buenos discípulos de Cristo: Mariano Gamo, Paco “el cura”, etc. Para terminar esta larga introducción, únicamente apuntar que la veta cristiana en la izquierda española nunca debió ser abandonada, quizás ello ocurrió a causa de un fervor desmitificador enfermizo o quizás como respuesta a los postulados de una Iglesia oficial (acordémonos de Juan Pablo II), que hizo de la eucaristía un alarde geopolítico.
Hoy quiero hablar de Don Antonio Piñero, hombre ya mayorcito (nacido en1941), pero aún lúcido y más sabio que nunca. Es filólogo, historiador, académico y escritor, especializado en la vida de Jesús de Nazaret, el judaísmo anterior al cristianismo, la fundación del cristianismo, y en general en lengua y literatura del cristianismo primitivo analizadas desde una perspectiva científica. Don Antonio es, a todas luces una eminencia y por ello considerado “uno de los principales expertos del Nuevo Testamento a nivel mundial”.
La izquierda española nunca debió abandonar la veta cristiana; quizás ocurrió a causa de un fervor desmitificador enfermizo o quizás como respuesta a los postulados de una Iglesia oficial
Aconsejado por su mentor universitario, Luis Gil Fernández, quién le dirigió en su tesis doctoral en Filología Clásica, abandonó los particularismos del griego antiguo (es catedrático emérito de filología griega) para abrir un hueco en el campo del paleocristianismo separando la interpretación religiosa y la histórica mediante una metodología filológica histórica. Ello, junto a su hercúlea labor de traducción al español de todos los evangelios conocidos, incluyendo los canónicos y los no canónicos, ha significado un antes y un después en ese territorio, en España y allí donde dicha especialidad haya reunido a los mayores expertos.
Muchas veces lo ha dicho él mismo, entró en la universidad siendo un ferviente católico y a fuer de dejarse las pestañas en los evangelios separando la historicidad de la interpolación, fue abrazando un agnosticismo hasta el límite del respeto al hecho científico. Por ello nadie le tose, si te has de enfrentar a Don Antonio para hablar de los evangelios (de los homologados por la Iglesia y los relegados a la sombra de los muy cafeteros) habrás de saberte la lección, no valen homilías ni ruedas de molino, o aportas conocimiento y reflexión serena o mejor que no subas la voz. De hecho ya nadie, de sacristías para adentro pone en duda que Jesús nunca dejó de ser judío, ni que por tanto Jesús en modo alguno fue el fundador del cristianismo, incluso se atreve a exponer que la propuesta del herético Arriano era mucho más “palpable” que la ortodoxia triunfante en el primer concilio ecuménico de la Iglesia cristiana, celebrado en 325.d.C en Nicea (actual Turquía). ¡Ahí es nada!
Para Don Antonio nada de lo anteriormente dicho niega que Jesús fuera sí el espíritu “irradiador”, pero ciertamente la cosa del cristianismo llegó después, a partir de Pablo de Tarso, como diría al respecto el recordado Manuel Fernández-Cuesta: “¡qué gran secretario de Organización, Pablo de Tarso!”.
En otro país Don Antonio hace años habría pisado Oviedo para recibir su Premio Príncipe de Asturias, pero la sombra de la Iglesia es alargada y menudean los “comehostias”, aunque se desayunen con quinoa y practiquen el mindfulness (que creo se escribe al final con doble SS). Así es la vida en esta España cara al sol, hace años los curillas se pasaban por lo bajinis “Los cristianismos derrotados” o “Los libros del Nuevo Testamento” de Don Antonio y hoy intercambian estampitas de Marcial Maciel o Álvaro Portillo. Es el aire nuevo de los tiempos, los sabios pueden ser considerados bultos de lejanías en detrimento de los influencer, objetos de consumo cotidiano sin necesidad de receta médica. ¡Un caso este mundo tan líquido y moderno!








