La narrativa construida y promovida por las elites estadounidenses presenta al país norteamericano como un proyecto basado en el ideal de la libertad, cristalizada en un orden democrático, libertades individuales, y un orden internacional basado en reglas y justicia. Es recurrente la imagen de Estados Unidos como la nación indispensable, protectora de los más débiles frente a los apetitos de tiranos y conquistadores y, en su versión más mesiánica, la ciudad brillante sobre la colina, que señala el camino para la humanidad.
La historia, sin embargo, como obstinada testigo de las acciones humanas, muestra un panorama muy diferente. Vista desde fuera —desde Asia, África, Europa y, especialmente, América Latina—, se nos presenta como la evolución de un proyecto de construcción imperial y expansión multiforme, predicado sobre una idea de superioridad moral asumida desde la propia fundación. Desde dentro del país, para amplios sectores de la población considerados no-blancos —indígenas, afroamericanos, latinos, asiáticos, incluso europeos de las regiones “equivocadas”— se ha tratado de una historia de desigualdad, discriminación y limitada o ausente libertas. Más aún, al ser un proyecto definitivamente capitalista desde su surgimiento, la libertad aparente es las clases subordinadas en una jerarquía social vinculada al control del capital: libertad de nombre solamente.
Las aniquilación o sometimiento de las poblaciones nativas no fue un accidente ni una aberración, sino parte esencial del desarrollo de las primeras etapas de la globalización del capitalismo
Colonización, plantación y capitalismo periférico (Siglos XVII-XIX)
La colonización de América en general, y de América del Norte en particular, por las potencias europeas de la modernidad temprana fue parte esencial del proceso de expansión del sistema-mundo capitalista más allá de las fronteras del —mal— llamado Viejo Continente y la absorción de sus arenas exteriores. La aniquilación o sometimiento de las poblaciones nativas de la región no fue un accidente ni una aberración, sino parte esencial del desarrollo de las primeras etapas de la globalización del capitalismo. La implementación de la esclavitud asociada a la “raza”, con esta última vinculada a la piel negra y el origen africano, fue un componente de ese proceso, en la medida en que la extracción directa de recursos naturales —clave en la acumulación originaria por vía del desarrollo mercantil— dio paso a la producción de materias primas y bienes básicos de consumo a través del sistema de plantaciones.
Las colonias inglesas de América del Norte, y a partir de ellas, el Estados Unidos que surgió de su guerra de independencia, fueron una manifestación de la articulación del sistema trasatlántico de intercambio de mercancías, materias primas y fuerza de trabajo esclava, clave para la proyección de Gran Bretaña como hegemón, desplazando a España y Países Bajos, y conteniendo las aspiraciones de Francia. La propia independencia fue el resultado de un complejo conflicto que envolvió a las principales potencias del momento a través de varias guerras de alcance mundial a lo largo del siglo XVIII. Incluso después de establecerse como Estado independiente, las plantaciones estadounidenses continuaron suministrando materia prima a la industria textil británica en expansión, proveyéndolas de todas las ventajas, sin los costos asociados al control directo, y permitiéndole concentrar sus recursos en dominar otras regiones más importantes, en particular India.
Estados Unidos nació con la idea de la dominación interna imbuida en su construcción como nación, y con la idea de la expansión. La Doctrina Monroe declaró el continente como feudo propio
Ergo, Estados Unidos nació con la idea de la dominación interna imbuida en su construcción como nación, y junto con ella la idea de la expansión, para abarcar un continente “vacío”, en el que la frontera representaba solo un punto de descanso en un camino aparentemente ilimitado. La Doctrina Monroe (1823) declaró oficialmente que la élite estadounidense consideraba todo el continente como feudo propio, en el que nadie podía intervenir, y en el que ni siquiera sus poblaciones autóctonas tendrían capacidad para decidir sus destinos por si solas. La guerra con México (1846-48) demostró que el apetito territorial no respetaba a Estados “modernos”, despojando a una nación soberana vecina de la mitad de su territorio. El «Destino Manifiesto», que proclamaba el derecho y obligación de los estadounidenses de llevar su “civilización” a las regiones bárbaras, se parecía sospechosamente al imperialismo clásico europeo, con una retórica providencial única.
La construcción de un Imperio Global (Siglo XX)
El siguiente punto de inflexión en la evolución de Estados Unidos se produjo en 1898. La acelerada industrialización que siguió a la Guerra Civil (1861-1865) permitió la acumulación de grandes volúmenes de capital y la generación de una base manufacturera y tecnológica superior a la de sus contrapartes europeas. Con esta adición, la proyección expansionista de las élites se complementó con las condiciones materiales para su concreción en acciones a gran escala. La intervención en las guerras de independencia de Cuba y Filipinas y su victoria en la Guerra Hispano-(Cubano-Filipino)-Estadounidense puso a Washington en una posición dominante en la cuenca del Caribe y le permitió establecer un protectorado en Cuba, colonizar Puerto Rico, Filipinas y Guam. Los años que siguieron fueron escenario de una extensa serie de intervenciones militares en Centro América y el Caribe, el establecimiento de economías de enclave en la región, intentos continuados de acceder a los mercados de China y otras regiones de Asia Oriental.
La república norteamericana, nacida de una guerra anticolonial, se convirtió en una fuerza colonial, que competía con las potencias europeas por el control de recursos, mercados y posiciones estratégicos. El potencial acumulado, la posición geográfica que le protegía de amenazas directas, su rápido desarrollo, unidos a su proyección imperial, llevaron a Estados Unidos a desafiar la hegemonía británica sobre el sistema-mundo capitalista, aunque de forma relativamente sutil, apareciendo como un aliado “confiable” en el marco de las dos guerras mundiales que llevan ese nombre.
La dominación tradicional fue reemplazada por dominación económica, control político indirecto, el dólar, las bases y alianzas militares y un vasto sistema de industrias culturales
El desmontaje de los imperios coloniales bajo la presión de los movimientos de liberación nacional, la revoluciones, la formación del campo socialista y el declive de las viejas metrópolis, crearon abundantes oportunidades que la élite estadounidense buscó explotar. Estas construyeron un imperio global de nuevo tipo, donde la dominación tradicional fue reemplazada por dominación económica, y control político indirecto, siguiendo el modelo neocolonial, con el dólar instituido como la moneda de reserva y signo monetario del grueso del comercio internacional. Esto fue acompañado por una red de bases y alianzas militares de alcance planetario y un vasto sistema de industrias culturales que promovieron cosmovisiones, patrones de consumo y sistemas de evaluación de la realidad acordes con los intereses norteamericanos. Estos se convirtieron en los polares de la hegemonía global de Washington.
En esas condiciones, la política de Guerra Fría fue presentada como una cruzada global por la libertad contra las “dictaduras” comunistas. El Sur Global lo experimentó como una lucha continua entre dictaduras militares anticomunistas (apoyadas por Washington) y proyectos revolucionarios. Desde el golpe de Estado en Irán (1953) y Guatemala (1954) hasta las guerras secretas en Laos y Camboya, y el respaldo a regímenes como el de Pinochet en Chile o Mobutu en el Congo, la política estadounidense priorizó la estabilidad geopolítica y el acceso a recursos sobre la democracia y los derechos humanos. La «libertad» que Washington exportaba era, en la práctica, la libertad de operar para sus corporaciones y la alineación con sus objetivos.
Unipolarismo y transición hegemónica (Finales del siglo XX – inicios del XXI)
La caída del campo socialista europeo y la ilegal disolución de la URSS abrió una era —muy breve, en la temporalidad de la historia— de poder estadounidense sin contrapesos, que se conoce como la «unipolaridad». Esto se tradujo en políticas que operaron fuera del marco del derecho internacional. Las invasiones de Iraq (2003) y Afganistán (2001), basadas en premisas falsas o cuestionables, y en la doctrina de la guerra preventiva demostraron una voluntad de actuar de manera unilateral, creando décadas de inestabilidad y millones de muertes civiles en Oriente Medio y Asia Central. La política de «cambios de régimen», las sanciones económicas extraterritoriales y el uso de drones para asesinatos selectivos en países soberanos erosionaron la soberanía nacional como principio, estableciendo un nuevo estándar de intervención que pocas otras naciones podrían permitirse.
Resulta interesante que el derecho internacional esencialmente ignorado por esas acciones fue un constructo generado en primer lugar por los propios Estados Unidos, en la inmediata posguerra, cuando tenía que encontrar la manera de acomodar y regular las relaciones con una potencia a la que no podía dominar directamente: la URSS. El cambio de imperativos condicionó el tránsito hacia políticas que ignoraban la institucionalidad internacional, demostrando el papel secundario de esta frente a los intereses de las élites de poder hegemónicas.
Económicamente, la promoción del “Consenso de Washington” —austeridad, liberalización y privatización— por parte del FMI y el Banco Mundial, instituciones dominadas por Estados Unidos, se vivió en África, América Latina y partes de Asia como un neocolonialismo estructural. Estas políticas desmantelaron las formas incompletas de estado de bienestar, aumentaron la desigualdad y modernizaron la dependencia. El sistema financiero global, centrado en el dólar y Wall Street, desprovisto desde 1971 de la convertibilidad del dólar en oro y de las tasas de cambio fijas que generaban un marco de estabilidad relativa, funcionó como un mecanismo que podía extraer riqueza y exportar crisis (como la de 2008) al resto del mundo.
El siglo XXI ha traído una reevaluación global de la hegemonía estadounidense. El poder blando de Estados Unidos se ha erosionado por guerras interminables, la tortura en Abu Ghraib y Guantánamo, y la retórica divisoria de su política interna. Para muchos observadores externos, la crisis del 6 de enero de 2021 fue la confirmación de que la fragilidad democrática no es una enfermedad exclusiva del «Sur». Las protestas mundiales bajo el lema «Black Lives Matter» mostraron que las luchas internas de Estados Unidos contra el racismo estructural resonaban profundamente en sociedades que también lidian con los legados del colonialismo y la esclavitud.
La respuesta a la supremacía estadounidense ya no es solo resistencia, sino la construcción de alternativas. El ascenso de China, la mayor integración eurasiática, los bloques regionales como BRICS y la desdolarización gradual son intentos del mundo de crear un orden multipolar menos dependiente de los caprichos de la política interna estadounidense. La retirada caótica de Afganistán y las tensiones internas han acelerado el declive del viejo hegemón, en retirada, aunque aún tremendamente poderoso.
Es un escenario de transición hegemónica, en el que la potencia en retroceso trata por todos los medios de detener y revertir el proceso, y para ello recurre a instrumentos de poder duro, en la medida en que su capacidad de cooptación disminuye aceleradamente. La clara y aparentemente irreversible tendencia a perder definitivamente la competencia tecnológica con China y otros países asiáticos, clave en la economía del conocimiento que domina las cadenas globales de valor, constituye quizás el factor de mayor peso en ese declive. Las recurrentes amenazas directas, el uso real de la fuerza militar y de los mecanismos de coerción son, al mismo tiempo, síntomas de decadencia y muy serios peligros para la humanidad en su conjunto.
La próxima página de la historia de Estados Unidos no la escribirán solo sus ciudadanos. La escribirá un mundo que ya no está dispuesto a ser simplemente el escenario de su destino manifiesto
Conclusión
Una mirada no estadounidense a su historia política revela una verdad incómoda: el «sueño americano» se construyó con recursos globales (humanos, materiales, financieros) y se protegió con una influencia global a menudo coercitiva. Su política nacional de exclusión y jerarquía racial fue el modelo para su política exterior de alianzas con regímenes excluyentes y jerárquicos. Su discurso de libertad universal ha chocado constantemente con su práctica de apoyo a la tiranía cuando convenía a sus intereses. La próxima página de la historia de Estados Unidos no la escribirán solo sus ciudadanos. La escribirá un mundo que ya no está dispuesto a ser simplemente el escenario de su destino manifiesto.
Este artículo, escrito desde una perspectiva crítica y no estadounidense, busca ofrecer un contrapeso a las narrativas predominantes. Reconoce la influencia formativa de pensadores y escuelas globales, desde la teoría de la dependencia y el análisis del sistema-mundo hasta los estudios poscoloniales, que durante décadas han analizado a Estados Unidos no como una excepción, sino como la expresión máxima y más exitosa de ciertas lógicas de poder modernas.







