La rana y el agua caliente: neofascismo acelerado y la urgencia de la acción internacional coordinada

La acción colectiva, la articulación de alianzas entre pueblos y gobiernos que defiendan la soberanía, la justicia internacional y los derechos de los pueblos se convierte en una urgencia histórica.
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Fábula de la rana y el agua caliente. Donald Trump

La fábula de la rana y el agua caliente ha servido como un aviso sobre los peligros de la complacencia: la rana que no salta y termina cocida porque no advierte el aumento gradual del calor. Pero en la política internacional de la era Trump esa metáfora necesita una revisión radical. No estamos ante un proceso lento y gradual que pasa inadvertido; estamos ante un ataque acelerado e implacable dirigido por un personaje que no solo ignora el peligro, sino que pretende avivarlo deliberadamente. Ese personaje es el presidente de la mayor potencia militar del planeta.

Trump no encarna la figura de un estadista preocupado por la seguridad colectiva, la estabilidad global o el respeto al derecho internacional. Su personalidad y su práctica política muestran a un individuo forjado en la lógica despiadada del capital y la acumulación personal, para quien la política es un instrumento de imposición de su voluntad, de lucro y de reafirmación del poder familiar y empresarial. Trump ha proclamado que el derecho internacional no le afecta, afirmando que su única restricción es su “conciencia personal”, una declaración grave que revela la ausencia total de límites objetivos y de respeto por normas que los Estados han construido para mitigar la violencia y la arbitrariedad en las relaciones entre naciones.

Este desprecio por las normas universales se traduce en hechos concretos. Trump ha perpetrado una agresión militar directa contra Venezuela que ha incluido el bombardeo de Caracas y otras localidades y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, un acto que supone una violación flagrante de la soberanía y del derecho internacional. Trump ha presentado esta intervención como la implementación de una versión propia de la doctrina Monroe, rebautizada burlonamente como la “Donroe Doctrine”, en la que afirma que la hegemonía estadounidense no será cuestionada en el continente.

Está claro que la política exterior bajo este mandato va más allá de sanciones económicas o presiones diplomáticas. Trump ha amenazado directamente con extender sus acciones a múltiples países soberanos (Cuba, Colombia, México, Panamá, Groenlandia e Irán) presentando cada vez sus agresiones como necesarias para la protección de “seguridad nacional” o “intereses estratégicos” estadounidenses. La economía venezolana, por ejemplo, ha quedado al borde del colapso tras el bloqueo y el control de sus recursos energéticos por parte de Washington, que ahora pretende supervisar la explotación del petróleo venezolano como si fuera un botín de guerra.

Este patrón de agresión es una intensificación de lo que ya venía ocurriendo. Bajo Trump, Estados Unidos ha llevado a cabo campañas militares en diversos escenarios globales que van desde atrocidades en Yemen hasta ataques contra presuntos narcotraficantes en Venezuela, con muertes de civiles que luego son presentadas como “éxitos de seguridad”. A esto se suman amenazas explícitas de ataque a Irán si desarrolla programas que Trump considera inaceptables, una coerción que se produce fuera de cualquier marco multilateral o mandato internacional claro.

La psicología política de Trump aparece aquí como elemento central: un individuo incapaz de aceptar límites que no emanen de su voluntad personal y de su interpretación caprichosa de “interés nacional”. Su personalidad (formada en entornos empresariales donde la ley es a menudo una incomodidad que se puede sortear con recursos legales, influencias y poder económico) se traslada a la escena geopolítica donde ahora dicta sanciones, bombardeos, secuestros y robo de recursos energéticos como si fuesen decisiones comerciales más que actos de gobierno. Esta fusión del Estado con sus intereses individuales y los de su entorno cercano convierte su acción en algo que va más allá de la política pragmática: es un ejercicio de poder absolutista disfrazado de pragmatismo estratégico.

Además, Trump ha recuperado y exacerbado la retórica del “America First” como justificación para imponer unilateralmente sanciones, retirarse de acuerdos y organismos internacionales y debilitar instituciones globales, desde la retirada de mecanismos de cooperación hasta el menosprecio abierto hacia tratados construidos durante décadas para regular la convivencia entre Estados. Bajo esta lógica, las alianzas no valen nada si no se subordinan a sus criterios y los tratados carecen de legitimidad si limitan su capacidad de acción unilateral.

Los ejemplos concretos recientes revelan que esta no es una administración presidencial tradicional que negocia, coopera o responde a presiones internacionales. Es una administración que actúa con la misma impulsividad y arbitrariedad que un director ejecutivo obsesionado por resultados inmediatos y beneficios a corto plazo, aunque esos beneficios sean para unos pocos y no para los pueblos que pretenden “proteger”. Este sistema de actuación ha producido consecuencias devastadoras: tensiones regionales crecientes, economías colapsadas bajo bloqueos, vidas humanas perdidas en acciones presentadas como necesarias y una erosión profunda de la idea misma de soberanía y autodeterminación.

Frente a esta realidad, mirar, analizar o criticar desde la distancia es un trabajo estéril. La acción colectiva, la articulación de alianzas entre pueblos y gobiernos que defiendan la soberanía, la justicia internacional y los derechos de los pueblos se convierte en una urgencia histórica. Ahora mismo, la política de Trump no está dejando espacio para la gradualidad; está quemando el mundo con rapidez. Y solo una respuesta consciente, coordinada, organizada y decidida podrá detener esta escalada antes de que sus consecuencias sean definitivas.

(*) Responsable de Relaciones Internacionales del PCE

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