¡Atención! Estamos de celebración. ¿Quiénes? Las lectoras y los lectores, claro. ¿Por qué? Porque el pasado mes de abril, la editorial asturiana Hoja de Lata publicó una nueva edición de la novela El exilio interior, del periodista y traductor exiliado Miguel Salabert (1931-2007), con un estudio introductorio a cargo de Isabelle Touton y Germán Labrador, y un epílogo de Juana Salabert, hija del autor y escritora también. Publicada en Francia en 1961, no vio la luz en España hasta 1988, a pesar del éxito inmediato que tuvo en el extranjero.
El título de la novela tal vez os resulte familiar. No es para menos: con el sintagma “exilio interior” nos referimos comúnmente a la experiencia de silenciamiento y represión de los vencidos de la Guerra Civil en el interior del país; es decir, la experiencia de aquellas personas que no pudieron o no quisieron exiliarse y tuvieron que callar, disimular, olvidar y humillarse para sobrevivir. Con esta novela —y un artículo anterior—, Salabert pone nombre a y ejemplifica las condiciones de existencia de un grupo innumerable de personas vuelto repentinamente otredad.
La sátira social se despliega contra explotadores, cínicos y oportunistas aprovechados que se enriquecen con el estraperlo. La crítica de la sociedad franquista es aquí mordaz
El exilio interior se divide en dos partes y un paréntesis o interludio. En la primera, “Los años inhabitables (1936-1951)”, se narra desde las claves más sobresalientes del género picaresco la vivencia de la guerra de un niño, Ramón, y sus experiencias como hijo de vencidos: la miseria, el hambre y el vacío de una vida marcada por su recorrido por distintos colegios y los agotadores y míseros trabajos que se ve en la obligación de realizar para ayudar en casa con un par de monedas. La crítica de la sociedad franquista es aquí mordaz, cruda y directa, y el retrato de la infancia demoledor. La sátira social se despliega contra explotadores, cínicos y oportunistas aprovechados, entre los que se incluye el hermano del protagonista, que se enriquece con el estraperlo. Una cuestión transversal en esta primera sección, por obsesiva, es sin duda el hambre. El hambre a todas horas. Atendemos a colas infinitas por un cazo con cuatro garbanzos (“cuarenta, ochenta, cien personas abalanzándose sobre un cacahuete, derribándose, pisoteándose, mordiéndose”, leemos en la novela), pero también al sonido inmisericorde de las tripas, a la ingesta desesperada de hierba y al desvalimiento de unos niños, los de la novela, que juegan nada más y nada menos que a comer. No hay, como bien sostienen los editores del libro, ninguna “infancia habitable” en la España de posguerra para quienes son hijos de represaliados.
No hay ninguna “infancia habitable” en la España de posguerra para quienes son hijos de represaliados…. El hambre a todas horas. Los niños juegan a comer
El interludio, por su lado, conforma una suerte de parábola protagonizada por un personaje que no tiene conexión directa con el resto de la novela cuya experiencia permite reflexionar sobre un exilio interior distinto al de Ramón: el exilio interior metafísico, cifrado en la impotencia derivada de la incapacidad individual de actuar en un contexto en el que los lazos sociales y comunitarios se han roto.
La segunda parte de la novela, “El tiempo estancado (1951-1955)”, avanza en la vida de Ramón y en los años de autarquía franquista, presentándonos un retrato bien completo de la miseria moral e intelectual del mundo universitario franquista. El protagonista llega a la universidad, sí, pero por méritos propios: estudiando por las noches cuando vuelve de trabajar. El resto de sus compañeros no, por supuesto: ellos son hijos de vencedores y, por tanto, con condiciones materiales y simbólicas suficientes para acceder a cualquiera de las opciones del menú. Son, en efecto, un grupo burgués que, como los protagonistas de El Jarama (1956), de Sánchez Ferlosio, Entre visillos (1958), de Martín Gaite o Tormenta de verano (1962), de García Hortelano, practican el cinismo como huida. Sobresale por encima de cualquier otra cosa en esta parte la crítica a la Iglesia y a la indigencia intelectual. Sin embargo, si hay algo que, creo, es transversal en toda la obra es la cuestión de clase: las diferencias entre los compañeros en los distintos colegios de Ramón en la primera parte son aquí las diferencias entre las formas de hacer, pensar y decir del protagonista y su grupo de amigos. Las diferencias, en otras palabras, entre ricos y pobres o vencedores y vencidos.
¿Por qué leer El exilio interior? Tres razones rápidas. La primera, porque este no es el relato de una infancia burguesa, sino la de un niño pobre, muy pobre. Segundo, porque es un texto publicado en el exilio, así que su autor pudo evitar la autocensura (con todo lo que eso implica: el señalamiento directo de contradicciones, desigualdades e injusticias). Tercero, porque luchar contra el olvido o contra versiones dulcificadas de la dictadura pasa sí o sí por el conocimiento del pasado: por leer libros así.








