El Alarde es una fiesta tradicional que se celebra en Irún y Hondarribia. Recrea un desfile histórico de carácter militar, con compañías, mandos y una estructura bastante jerárquica. El problema es que durante años ha sido un espacio de conflicto porque el llamado “Alarde tradicional” no admite la participación de las mujeres en igualdad de condiciones. Las mujeres solo pueden participar como “cantineras”, que es una figura femenina asociada a cada compañía, con un papel más simbólico y estético que militar. Una cantinera por compañía.
Frente a eso existe desde hace años un movimiento que defiende un Alarde igualitario, donde mujeres y hombres puedan desfilar en las mismas condiciones. Desde el PCE EPK siempre hemos apoyado esa posición igualitaria.
En el último Alarde, en Irún, se ha sancionado internamente a un mando (una persona con responsabilidad dentro de una de las compañías del desfile, con autoridad dentro de la estructura del Alarde) por tocamientos a una cantinera, es decir, a una mujer que participaba en la fiesta en ese rol tradicional. En este caso concreto, según lo que se ha publicado, no se trata de un proceso judicial sino de una sanción acordada dentro de la propia organización del Alarde tras la denuncia de la mujer afectada por comportamientos de carácter sexual no consentidos.
Lo que ha generado polémica no es solo el hecho en sí, sino la reacción: alrededor de 200 personas salieron a la calle a defender al sancionado, en nombre del llamado “alarde tradicional”, lo que muchas interpretamos como una respuesta corporativa y machista ante una denuncia de acoso. Tradicional, sí, pero también excluyente, patriarcal y profundamente desigual.
Lo ocurrido pone en evidencia el clima que lo rodea y la facilidad con la que se moviliza gente para proteger a una figura de poder, mientras cuesta mucho más movilizarse contra la violencia machista o por causas sociales más amplias.
Lo que se sanciona no es una opinión ni una discrepancia política. Se sanciona un hecho muy concreto: tocamientos a una mujer en el marco de una fiesta popular. Y aun así, la reacción no ha sido escuchar, reflexionar o asumir responsabilidades, sino cerrar filas en torno al agresor y atacar a quienes se atreven a señalar que esto no es tolerable.
Desde el PCE – EPK lo decimos alto y claro: no hay tradición que justifique el acoso. No hay identidad cultural que pueda utilizarse como coartada para vulnerar la dignidad y la libertad de las mujeres. Defender un Alarde igualitario no es ir contra la fiesta, es defender que todas las personas puedan participar en ella en condiciones de igualdad, respeto y seguridad.
Y ante esta movilización tan ruidosa en defensa de un mando sancionado, surgen preguntas incómodas pero necesarias:
¿Dónde están esas 200 personas cuando asesinan a una mujer y se convoca una concentración de repulsa?
¿Dónde están cuando denunciamos la violencia machista cotidiana, la que empieza con el silencio, con el “no es para tanto”, con el “siempre se ha hecho así”?
¿Dónde están cuando salimos a la calle para defender la sanidad pública, esa que luego utilizan ellos y sus familias?
¿Dónde están cuando exigimos que pare de verdad el genocidio contra el pueblo palestino?
Ahí, curiosamente, la calle ya no parece tan urgente. La movilización ya no interesa.
Pero eso sí: para estar en la calle defendiendo a un gran señoro del “Alarde tradicional”, del “Alarde machista”, ahí sí aparecen. Ahí sí hay tiempo, voz y pancartas.
Esto no va solo de un alarde. Va de qué sociedad queremos ser.
Va de si seguimos permitiendo que las mujeres sean cuestionadas, silenciadas o señaladas cuando denuncian.
Va de si seguimos tolerando que el machismo se disfrace de costumbre para perpetuarse.
La igualdad no se negocia. No es compatible con medias tintas ni con nostalgias patriarcales. O estamos del lado de quienes sufren las violencias, o estamos sosteniendo —por acción u omisión— a quienes las ejercen.
Desde el PCE – EPK seguiremos defendiendo un Alarde igualitario, feminista y popular. Seguiremos señalando los comportamientos machistas, ocurran donde ocurran. Y seguiremos diciendo, sin miedo y sin ambigüedades, que sin igualdad no hay tradición que merezca ser defendida.







