Cuando el expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador, reclamó a España que pidiera perdón por el exterminio colonial de pueblos originarios —incluidas sus culturas, costumbres y creencias religiosas—, sorprendió muchísimo el argumento de los intelectuales españoles que criticaron la petición de AMLO, lo cual fue una demanda justa que apelaba a la grandeza de España.
Algunos tildaron la sugerencia de una aberración porque eso era asunto del pasado del cual nada tenían que ver las generaciones de españoles que sucedieron a las de la época de la conquista colonial. Pero no es así. La historia es la huella digital del mundo, y cada nación tiene la suya y es irrepetible. Aquella expresión de los críticos no parece peyorativa, sino resultado de una valoración doméstica del tiempo.
España no le ha pedido perdón directamente a Cuba por haber exterminado a taínos, siboneyes y guanahacabibes, ni por haber quemado vivo en la hoguera al indio Hatuey o hacer sufrir tanto a Anacaona, aunque los cubanos se sienten parte de la corrección formulada por los reyes a México después del reclamo de Amlo, y es suficiente.
Pero, extraordinariamente contradictorio y de una belleza muy suigéneris y especial, España parió en Cuba a un Carlos Manuel de Céspedes, a un José Martí y en República Dominicana a un Máximo Gómez, y África -con los negros traídos a la isla en carabelas y goletas ibéricas, a un Antonio Maceo, una Mariana Grajales y un José Guillermo Moncada Veranes, y de esa mezcla étnica nacieron para honor y gloria de las letras de la isla, un Gabriel de la Concepción Valdés «Plácido”, y un Nicolás Guillén.
Esa conjunción de lo amargo y lo dulce, parió también algo maravilloso y humano que sobrepasa el odio y la venganza, que es la amistad que se ha mantenido y se mantendrá per sécula, entre los pueblos ibéricos y el de Cuba, y se manifiesta hoy con el apoyo y la solidaridad de España frente al bloqueo criminal de Estados Unidos y, más allá de su interpretación litúrgica, provoca un ¡aleluya! en esta hora de los hornos para los cubanos.
Cuba está en un momento épico, como en la época de los mambises, en el que resalta su voluntad de luchar y vencer, en el que se pone a prueba su capacidad de soñar, y de valorar que, en realidad, el tiempo es oro, y que lo pretérito tiene vida y por eso se defiende tanto. No es una crítica a los intelectuales mencionados. Es una mención a lo eterno.
La principal dimensión del ser humano, individual y socialmente, es el tiempo, sin el cual el espacio no significaría nada. Pero a la vez es su negación, entendiendo al ser humano como lo eterno y al hombre en su individualidad como lo continuo en su renovación generacional. Es la cadena que enlaza con sus eslabones la vida.
Es platónico creer en una división entre el mundo sensible, el mundo de las ideas y el mundo de los sueños, porque la historia los hilvana y expresa en esa simbiosis una especie de Santa Trinidad que lo eleva al infinito. El tiempo se nos va de entre los dedos como la arena de mar, pero eso no sucede cuando somos sociedad, y allí radica su poesía, y también su épica y su magia. El pedido de Amlo no fue la arena, sino la roca.
No obstante a esa belleza de atributos, el tiempo tiene fauces con dientes de tiburón y casi todos llevamos alguna cicatriz de su mordida porque siempre estamos en batalla. Eso le sucede a España con su historia colonial, y de forma igual o diferente -no importa el cómo, si víctima o victimario- a todos los demás pueblos, pues de lo contrario, la historia no existiría.
Aceptada esa hipótesis, debemos alertar que tampoco podemos dejarnos ganar por el tiempo porque, en circunstancias que remontan su espacio, esa dimensión puede ser peor que letal cuando se usa como arma mortífera, y eso es lapidario. Es, por ejemplo, la visión del débil cuando lo convierte en cicuta, convertido ya en baba el espumaraje que brota de los colmillos del lobo hambriento convencido de la imposibilidad de encajarlos. El referente es Estados Unidos, por supuesto.
El hombre, desde sus distintas dimensiones, como los intelectuales, por ejemplo, no solo documenta la historia, sino que participa de ella y, al mismo tiempo, como ser social y pueblo a la vez, es su principal protagonista. No es una metáfora, es lo que viven los cubanos bajo el asedio imperial con un tipo feroz e inculto en la Casa Blanca.
No hablamos del tiempo doméstico que cuidamos como a una mascota, lo custodiamos, lo ahorramos, lo disfrutamos y lo gozamos, pero solo en su dimensión hedonística, la de menor valor. En su dimensión histórica, en cambio, vamos a la sustancia del tiempo, que es lo bello y lo docente, por eso lo valoramos tan intensamente.
En la resistencia de Cuba –como aquella heroica de Calahorra ante el cerco romano comandado por Pompeyo–, cuya característica es que se hace a 90 millas de los cohetes y cañones del adversario, se ve con cristal de aumento el espacio real del tiempo y su trascendencia. El adversario, vigilando que el gajo no aguante a la fruta y caiga. El otro, afilando el machete para cortar la mano ladrona.
Curiosamente, los años alertan de la merma temporal irreversible en cuanto al individuo -lo más dramático-, y que es como la brisa del mar, no se ve, pero se siente. Pero en su dimensión perpetua es todo lo contrario, y en la retina del ser humano -no como persona, sino concepto- no es brisa, ni arena de playa, sino rocas ígneas de un volcán secular. Frente a Trump, el tiempo es aliado de Cuba, no enemiga, al igual que la paciencia y la tenacidad.
En el sentido de lo perenne, ni las canas ni las generaciones, sean Baby Boomers o Z, marcan la diferencia, porque el espíritu es unívoco. ¿Qué es el pasado sino pretéritos de un presente lejano cubierto por la pátina del tiempo, no para ocultarlo, sino preservarlo cuando actúa en beneficio, o despreciarlo si es lo contrario, pero en ambos casos sin olvidarlo?
¿Y el futuro? Una batalla interna para que no languidezca la capacidad de amar, soñar y crear, y externarla en cada minuto como parte de los sentimientos de la nación. Amor y sueño son los pilares del alma y el estímulo a la creación. Así es Cuba, aunque sin poner al alcance de la mano siniestra, ni la una ni la otra mejilla.
La mayor fortuna Cuba en 67 años de batallas es haber reído, llorado, sufrido, amado y peleado por la realización de los sueños en el momento exacto. ¿La satisfacción? recoger sus frutos, asimilar los fracasos, y lograr en su hermosa gente una franca conexión entre el yo de adentro y el de afuera, sin simulaciones ni autoengaños.
Cuba, hay que decirlo, es dueña de esa experiencia tan exclusiva de comprender que la infinitud del tiempo solo lo es para el espacio, no para el ser como individuo, pero sin alarmarse y asumiendo con absoluta valentía que cada uno de los cubanos es la pauta imprescindible de la línea que da la continuidad a un patriotismo eterno dentro de esa fascinante dimensión temporal, desde que las Carabelas de Colón llegaron a Cayo Bariay, Holguín, y el almirante genovés exclamó allí lo que es y seguirá siendo por siempre, su mayor verdad: Es la tierra más fermosa que jamás ojos humanos vieron.
España, que está tan imbricada en las raíces cubanas como la palma real, puede seguir ayudando a conservar intacta esa maravilla antillana y preservarla de los peligros y amenazas de los piratas del siglo XXI.







