La agresión terrorista, contraria al derecho internacional que EE.UU. ha cometido contra un Estado soberano como Venezuela, miembro de NN.UU., llegando a secuestrar a su presidente y llevarlo ante un tribunal de EE.UU., saltándose toda legalidad internacional, no es un hecho aislado ni una acción esporádica. Se corresponde con un paso más en el desarrollo de las pretensiones expansionistas con las que Trump trata de evitar el derrumbe del Orden Internacional que sostiene la hegemonía del capitalismo sobre la economía y la política mundial desde hace siglos.
Una vez más en la historia, el capitalismo recurre al fascismo ante una situación que se escapa de control, de esta manera, aunque las comparaciones históricas siempre conllevan riesgos y ningún proceso político se repite de forma idéntica, un repaso de la historia del siglo XX puede servir para identificar patrones de comportamiento político, dinámicas de poder similares entre la política exterior de Donald Trump y la desarrollada por Adolf Hitler en los primeros años del Tercer Reich que empiezan por el desprecio de la legalidad internacional y la primacía de la fuerza como principio ordenador de las relaciones internacionales.
Desde esta realidad comparar la política exterior e interior de Donald Trump con la que aplicó Adolf Hitler no es un ejercicio académico, es un esfuerzo para entender lo que nos estamos jugando y cómo evitar que se repita la historia, esta vez como un drama aún mayor.
Para empezar, comprobamos que tanto el nacionalsocialismo hitleriano como el nacionalcapitalismo trumpista, articulan su propuesta política sobre un nacionalismo autoritario, excluyente e insolidario. En el caso alemán, el principio rector era la supremacía de la “raza aria”, acompañada por la exclusión y eliminación de las minorías raciales consideradas impuras o amenazantes, que se ampliaban a todo enemigo político, como comunistas, socialistas…
En el caso de Trump, el discurso se articula en torno a la idea de un pueblo estadounidense auténtico, implícitamente blanco, cristiano y anglosajón que se considera superior y se defiende frente a una amenaza percibida proveniente de inmigrantes, musulmanes que pueden corromper la sociedad, y enemigos políticos caracterizados nuevamente como comunistas.
El nacionalsocialismo se alimentó del resentimiento alemán tras la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles. Hitler construyó una narrativa donde Alemania era víctima de una humillación histórica y de una traición interna que requería reparación radical.
De manera análoga, el trumpismo se construye sobre la idea de que EE.UU. está perdiendo su categoría de potencia hegemónica y está siendo degradada, en lo económico, comercial y militar por otros países, en complicidad con los gobernantes anteriores a Trump.
Al mismo tiempo, el desprecio por el orden internacional es otro punto de contacto. Hitler rechazó abiertamente la Sociedad de Naciones y todos los mecanismos de resolución colectiva de conflictos. Su política exterior fue abiertamente expansionista y unilateral.
En el caso de Trump, se observa un patrón de ataque y desprecio a las NN.UU. y abandono y debilitamiento de organizaciones internacionales clave como UNESCO, OMS, Acuerdo de París, etc. Lo hace desde un discurso que denigra el multilateralismo como amenaza a la soberanía nacional.
El recurso al enemigo interno es fundamental para la cohesión simbólica del proyecto político. En el caso nazi, el enemigo era concreto y organizado: los judíos, los comunistas, los liberales. En el caso trumpista, el enemigo es igualmente funcional: los inmigrantes ilegales, los medios de comunicación, los demócratas radicales, los gobernantes que no asumen dócilmente la hegemonía de EE.UU”.
El Fascismo es expansivo y hay que frenarlo
Las fuerzas políticas europeas del siglo XX tardaron años en darse cuenta de que al fascismo no se le contenta con cesiones parciales entregando Austria, Checoslovaquia, la República Española, Etiopía, porque el fascismo es por definición expansivo, totalizador y criminal. El resultado fue la mayor barbarie conocida en la historia hasta ese momento: la Segunda Guerra Mundial con toda su secuela de muerte y destrucción.
Trump ha enseñado claramente sus cartas, y su pretensión de continuar su expansión. Después de controlar Gaza, ahora pretende dominar militarmente Venezuela, y seguir estrangulando al pueblo cubano, no solo para quedarse con petróleo venezolano, sino como un paso importante para el control total de América Latina Caribe. Al mismo tiempo sigue su pretensión de apoderarse de Groenlandia para apoderarse de sus riquezas naturales, y seguir humillando a una Europa cada vez más devaluada. En el horizonte está su intención de aislar a China para impedir que le pueda frenar en su intento de construir un orden unipolar hegemonizado por EE.UU.
Lo preocupante no es solo el paralelismo entre el nazifacismo del siglo XX y las políticas de Trump, sino una cierta analogía en la respuesta internacional de evitar el conflicto. Los intentos de apaciguar a Hitler no sirvieron
Dicho todo esto, aparece un elemento tremendamente preocupante al comprobar que no solamente existe un paralelismo entre el nazifacismo del siglo XX y las políticas de Trump, sino que también existe una cierta analogía histórica en la respuesta internacional. En los años treinta, las potencias europeas optaron por evitar el conflicto, tratando de apaciguar a Hitler, y en el caso actual se observa una inquietante tolerancia a la ruptura de normas internacionales y una incapacidad de las instituciones internacionales para imponer límites efectivos que impiden respuestas coherentes.
La experiencia nos demuestra que el nazifacismo es expansivo por naturaleza, porque el capitalismo que representa necesita dominar por la fuerza el ordenamiento internacional, porque es incapaz de competir en igualdad de condiciones con las potencias emergentes, especialmente la República Popular de China.
Aprendiendo de la historia tenemos que proclamar que es imprescindible una reacción internacional que frene la política agresiva de D. Trump, antes de que sea tarde y estemos abocados a una confrontación global que en este momento seria de fatales consecuencias para el futuro del planeta.
Cómo organizar y poner en marcha esta respuesta desde la más amplia alianza política, social e institucional es el reto que tienen las principales articulaciones de carácter progresista, que no están de acuerdo con la vuelta del hegemonismo fascista. Se trata de aprender de los errores del siglo XX y construir esa alianza mundial antes de que sea demasiado tarde y nos veamos en una confrontación mundial de imprescindibles consecuencias, porque la historia nos enseña que al nazifacismo y sus pretensiones expansivas no se le contenta a base de cesiones parciales.
Articular la respuesta
En esta dirección es una esperanza el encuentro, que con una amplia representación de articulaciones internacionales, entre las que se encontraba el Foro de Sao Paulo, el Partido de la Izquierda Europea, el Foro Internacional por la Paz, la Internacional Progresista, Grupo de Puebla, se celebró los días 24 y 25 de enero en Colombia aprobando la Declaración de Bogotá por la Soberanía y la Integración Antiimperialista de América Latina por la que mostraban su plena adhesión y respaldo al acuerdo de la CELAC que declara a América Latina y el Caribe como Zona de Paz, reafirmando que dicho compromiso sigue plenamente vigente y debe ser respetado y aplicado en su integridad por todos los Estados, tanto de la región como extrarregionales.
Exigiendo que cesen todas las acciones que atentan contra la paz regional, incluyendo la amenaza o el uso de la fuerza, las sanciones económicas unilaterales, las políticas de bloqueo, las injerencias en asuntos internos y cualquier forma de presión que vulnere la soberanía de los pueblos latinoamericanos y caribeños y, de forma expresa, que los Estados Unidos retiren todas sus fuerzas armadas desplegadas en América Latina y el Caribe, y procedan a la disolución del Comando Sur, en coherencia con los principios de la Zona de Paz y con el respeto al Derecho Internacional.
Ahora se trata ampliar esta declaración a otras regiones del planeta en una respuesta coordinada que permita construir el más amplio frente social y político con capacidad para hacer frente al expansionismo fascista de Donald Trump. En este reto el PCE debe poner, una vez más, toda la carne en el asador asumiendo la responsabilidad histórica que el momento requiere.







