Con la posesión de Abelardo de la Espriella se cerró en Colombia un ciclo político que empezó a configurarse en el 2016 con el Acuerdo de Paz de La Habana, se proyectó en el estallido social —2018 y 2019— y se consolidó con las victorias del Pacto Histórico en las elecciones parlamentarias y presidenciales del 2022. En las décadas anteriores el país se situaba en contravía a los desarrollos políticos progresistas de América Latina, en el marco de la permanente disputa por el control de la región, que se viene expresando en oleadas que parecieran tener menos tiempos de duración que en las oscilaciones del llamado péndulo de la primera ola.
El momento derechizador tiene unas nuevas características. Ya no son los golpes de Estado e incluso ni los lawfare los instrumentos para destituir, enjuiciar y encarcelar presidentas o presidentes, tal como de alguna manera se abortó la primera ola de gobiernos progresistas. Ahora hay una guerra de nuevo tipo con nuevas y sofisticadas armas y con una base ideológica —o propagandística— más fuerte y de masas, enmarcada en la llamada guerra cultural que considera la extrema derecha como la última gran batalla para hacer desaparecer definitivamente a la izquierda de la faz de la tierra.
En el escenario regional de arrasamiento de la extrema derecha pensábamos que Colombia iba a salir victoriosa y podría avanzar hacia un segundo gobierno progresista. Existían todas las posibilidades. En condiciones más o menos normales, incluyendo los tradicionales ventajismos y la corrupción electoral, el triunfo estaba garantizado. Pero no nos imaginamos la arrasadora fuerza de todo el montaje de manipulación, compra de votos, fraude, abierta intervención de Estados Unidos y el apoyo cibernético y financiero de Israel. Que incluso se hubieran podido derrotar, si no fuera por algunas pequeñas equivocaciones que se tuvieron durante la campaña. De todas maneras el Pacto Histórico estuvo a punto de realizar en la segunda vuelta una victoriosa remontada. No tanto por méritos de la dirección de la campaña, sino porque la gente, especialmente la juventud y los estudiantes, se lanzaron a las calles con sus propias iniciativas y recursos.
El gobierno de extrema derecha en Colombia revertirá la masiva entrega de tierras al campesinado. Y su ministra de Educación dice que sacará a Marx de las aulas para volver a meter a dios
El nuevo gobierno llegó para aplicar la guerra cultural ultraderechista, con el peligroso agravante del nivel de violencia, guerra sucia y terrorismo de Estado que ya ha conocido el país. Y no son diferentes los ejes de sus políticas a los de otras derechas gobernantes en la región, como la chilena, por ejemplo. Desmontar los avances en derechos laborales, sociales y democráticos es una agenda común. Mientras De la Espriella busca enfrentar al narcotráfico con la presencia militar yanqui en el país, Kast pretende enfrentar la inseguridad con una ley que le otorga poderes dictatoriales. Ambos quieren reducir el papel del Estado desmontando instituciones con finalidades sociales y mediante la desfinanciación de lo que quede. Kast propone un megaproyecto tributario y financiero con la premisa de que el problema fiscal chileno es de gasto y no de estructura de ingresos, y De la Espriella construye el relato de la “olla vacía” encontrada, para aplicar un modelo similar, basado, además de la desfinanciación de todo lo social, lo relacionado con derechos humanos y con los temas de paz, en una reforma tributaria que beneficie a las más grandes fortunas y golpee a las mayorías nacionales.
Lo que viene en Colombia puede ser peor de lo esperado. El gabinete montado se apoya en viejas castas corruptas, en la familia del presidente y en su propio bufete de abogados especializado en defender a narcos, paramilitares y otros grandes delincuentes. No solo buscan desmontar todas las reformas sociales y derechos que logró impulsar el gobierno de Gustavo Petro. Buscan retomar, y con mayor agresividad, el neoliberalismo salvaje en un gobierno radicalmente confesional con anuncios demenciales como el de prohibir hablar de “niños y niñas” en las escuelas, cambiar todos los textos de formación y desmontar o debilitar las asignaturas y carreras humanistas. “Sacar a Marx de las aulas y volver a meter a dios en ellas”, es el anunciado de la ministra de educación, reconocida lideresa de una iglesia protestante. Uno de los puntos fuertes de las contra reformas que impulsará el nuevo gobierno será en el tema agrario, revirtiendo la masiva entrega de tierras al campesinado que realizó el gobierno del cambio, proceso democratizador de la tenencia de la tierra que se efectuó sin necesidad de expropiaciones ni nada parecido. Se sustentó en la compra de tierras por parte del Estado, de manera concertada y a precios del mercado, y su entrega gratuita a cooperativas y colectivos de campesinos y campesinas. O en la entrega de las haciendas y latifundios confiscados a narcos y paramilitares. El importante desarrollo económico del país que se venía conociendo, y las rebajas en los precios de la comida, se debió especialmente a la reactivación de la economía y las exportaciones de productos agrícolas. Al unísono de los provocadores anuncios oficiales se están incrementando las amenazas y provocaciones contra las familias campesinas que fueron beneficiarias de la reforma agraria, situación que puede ser el preludio de un nuevo ciclo de violencias en las regiones.
Adenda: además del grave recetario neoliberal encontramos en los dos nuevos gobiernos, colombiano y chileno, bastante improvisación, desprolijidad, confusión, pasos erráticos y salidas apuradas. Las crisis están garantizadas.







