Maruja Mallo vino del futuro

“Sorpresa del trigo”, 1936 | Colección particular
“Sorpresa del trigo”, 1936 | Colección particular

El Museo Reina Sofía le ha devuelto las alas y ha recuperado la obra de esta artista clave de la generación del 27 y de las vanguardias españolas de la primera mitad del siglo XX, en la exposición “Máscaras y compás” que puede verse en el museo madrileño hasta el 16 de marzo.

La obra de Maruja Mallo es heterogénea y difícil de encasillar. Ella también. Fue una mujer libre, optimista, vital, inteligente, alegre, independiente, magnética, combativa y transgresora, con un ácido sentido del humor que le sirvió para hacerse hueco y dejar impronta en un mundo dominado por hombres. Llegó a Madrid con veinte años. Nació el 5 de enero de 1902 en Vivero (Lugo) con el nombre de Ana María Gómez González. Era la cuarta de catorce hermanos. A veces vivía con sus tíos en Asturias y fue allí donde empezó su interés por dibujar.

Llegó a Madrid en 1922. Y se convirtió en Maruja Mallo. Fue una de las primeras mujeres que aprobó el acceso a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí conoció a Dalí, que, como siempre suspendía —explicaba Maruja—-, repetía curso. Y éste le presentó a García Lorca y a Buñuel. El conocido trío de Dalí, Lorca y Buñel, no era de tres. Eran cuatro. La cuarta era Maruja Mallo que influyó en la obra de todos, no como musa, sino como creadora, y como igual.
Eran los años de la dictadura de Primo de Rivera. A Maruja y aquellos jóvenes llenos de inquietudes que hervían en la ciudad cultural de Madrid, ese mundo les quedaba estrecho. Un día en que Maruja paseaba con su amiga, también pintora, Margarita Manso, con Dalí y García Lorca, decidieron quitarse el sombrero en un gesto de provocación. Maruja contó que lo hicieron “porque parecía que estábamos congestionando las ideas”. Llevar sombrero era un signo de elegancia, feminidad y decoro. Quitárselo era una manifestación de rebeldía. Era mucho más, era un grito de libertad. Ese gesto dio nombre a “Las Sinsombrero” con el que hoy conocemos aquellas mujeres de la Generación del 27 que desde el arte, la literatura, el compromiso y la militancia levantaron la palabra, las pinturas y las manos para construir un futuro colectivo libre, igualitario, valiente. Mujeres como María Zambrano, Elena Fortún, Margarita Manso, María Teresa de León, Ángeles Santos, Ernestina Champourcín, Carmen Conde, Delhy Tejero, Rosa Chacel, Ruth Velázquez, Margarita Ferreras, Luisa Carné, Concha Méndez, Marga Gil Roësset, Josefina de la Torre. “Las Sinsombrero” fueron la primera generación femenina de la historia cultural, artística y literaria de España que reivindicaba la construcción de un futuro colectivo, libre y valiente en el que sus voces fuesen escuchadas y tenidas en cuenta como parte integrante de la sociedad. Algunos, con intención de descalificarlas, las llamaban “Las Modernas de Madrid” por no cumplir los cánones estéticos y sociales que se esperaba de ellas. Muchas de aquellas mujeres se alojaban en la Residencia de Señoritas y su punto de encuentro era el Lyceum Club Femenino, donde debatían de política, literatura y de lo que se terciara.

Maruja Mallo, con su personalidad arrolladora irrumpió con fuerza en Madrid y entró en contacto con el círculo intelectual de la Generación del 27. Colaboró con la Revista de Occidente y fue su director, Ortega y Gasset, el que, por primera vez, decidió abrir la sede de la publicación para organizar una exposición artística. Fue la exposición dedicada a Maruja Mallo. La joven tenía 26 años. Ramón Gómez de la Serna, también quedó impresionado con ella. La vio como una figura emblemática de la modernidad, casi un personaje salido de sus greguerías. El día de la inauguración, aquel el 28 de mayo de 1928, Ramón la retrató como “la autora pequeñita con ojos de lince, la cabeza como una veleta de giros rápidos, apretada la nariz a la barbilla como un pájaro orgulloso de su nido de colores”.

Aquella exposición sólo fue el comienzo. También participó activamente en la Escuela de Vallecas. En aquella época trabajó estrechamente con Rafael Alberti —fueron pareja sentimental entre 1925 y 1930— en proyectos escenográficos y literarios, antes de que el joven poeta conociera a María Teresa León.

En 1931 Maruja gana una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para continuar formándose en París. Allí conoce a André Breton y a los surrealistas, René Magritte y Max Ernst, entre otros y se relaciona con el círculo artístico e intelectual parisino. Breton le puso en contacto con Jean Cassou, Picasso, Aragon, Jean Arp, René Magritte y el grupo Abstracción-Création. También fue él quien antes de que realiza su primera exposición en París, en la Galería Pierre, en 1932, le compra nada más verla la obra Espantapájaros, que había pintado en 1929 y que forma parte de su colección Cloacas y campanarios, considerándola digna de estar entre los grandes hitos surrealistas.

La exposición de París le abrió a Maruja los circuitos artísticos europeos. Le ofrecieron la posibilidad de quedarse más tiempo, pero ella lo rechazó; quería volver a la recién nacida República española donde se construía un nuevo país de libertades e igualdad con el que ella y todos sus amigos soñaban.

A su regreso trabajó como docente en Arévalo, y en la Escuela de Cerámica de Madrid. Participó en las Misiones Pedagógicas y el golpe fascista la sorprendió en Galicia. De ahí fue a Portugal donde Gabriela Mistral, que había sido cónsul chilena en España y entonces ya estaba destinada en Portugal, le ayudó a salir hacia Buenos Aires. Un exilio que duró más de 25 años, una ruptura vital y una nueva vida artística. Allí triunfó. Vivió en Argentina, Uruguay, México, Nueva York… Expuso en París, Nueva York y Brasil. De aquella época son sus series de Religión del Trabajo, Naturaleza vivas y las máscaras. «El mundo es una arquitectura viviente», proclamaba para explicar sus Arquitecturas minerales y Arquitecturas vegetales. Lo natural y lo artificial se confunden en una suerte de realismo mágico geométrico». Maruja fue también una precursora del ecofeminismo.

La profesora estadounidense Alejandra Zanetta, autora del libro La subversión enmascarada. Análisis de la obra de Maruja Mallo la considera una de las pintoras más innovadoras e interesantes de la vanguardia española e internacional. “No solo por su dominio de la técnica pictórica y de la geometría, sino también por su imaginería absolutamente personal y original, por su conocimiento de la historia del arte y de diferentes mitologías y corrientes filosóficas. Además, ofrece una perspectiva completamente distinta a la vanguardia masculina». Maruja Mallo nunca dejó de formarse a sí misma. Detrás de cada obra había un amplísimo trabajo de lecturas y documentación.

Pero cuando volvió a España en 1962, era una desconocida en su país. Era la España gris de Franco. Nada quedaba del Madrid que ella vivió. Tampoco sus amigos. Paloma Chamorro, en una entrevista que le hizo para TVE a finales de los años setenta, la describió como una mujer refinada, de un nivel intelectual admirable y de amplia y profunda cultura. “Mallo exhibía en las pantallas de la Transición una imagen de máscara de Carnaval tan excesiva como la que había desplegado su antiguo amigo Dalí, pintada exageradamente y como travestida de sí misma”. Acabo inventando un personaje, que fue eclipsando su obra, y lo representó hasta el final. Dalí ya decía de ella cuando la conoció que era “mitad ángel, mitad marisco”, combinando lo sublime con lo grotesco, reflejando su mezcla de fascinación y extrañeza. Maruja conectó con la juventud y con la Movida madrileña, pero más como personaje que como artista.

Con la democracia llegaron también los reconocimientos. En 1982 el Ministerio de Cultura le otorga la Medalla de Oro de las Bellas Artes, y el premio de Artes Plásticas de Madrid. Poco después recibirá la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid y un año más tarde la Medalla de Galicia.

Maruja murió en 1995, en una residencia, inmovilizada a la edad de 93 años. Había ingresado por un coma diabético y luego, en una caída, se rompió la cadera. Y las alas. “He perdido por completo la noción del tiempo…. Mis manos no obedecen. Caen desplomadas junto a mi cuerpo, rígidas y mudas. Fueron alas que en giros de vértigo sobrevolaban el papel, los lienzos y la piedra, apresándolo todo hasta convertirlo en arte. Fueron pájaro y ángel. Luz y alegría. ¡Crearon Belleza! Ahora sólo los ojos están libres…. Desde entonces (la caída que la inmovilizó) una sola perspectiva, siempre idéntica. El único pasatiempo es combinar los ángulos y sus huecos, alterar el orden de los planos por donde los ojos van a pasar. Hoy empiezo por encima, en el techo…”. Así comienza el libro Notre Dame de la Alegria, de Ana Rodríguez Fischer en el que recrea la vida de Maruja Mallo. “¡Matrúnica! Así prefiero que me llamen, porque para eso trabajé duramente: para ser una de las aventuras más fascinantes del arte español contemporáneo, forjando una obra de excepcional magnetismo, hija de un rigor tan impecable como de una imaginación desbordante, y que deslumbró desde el mismísimo momento de su aparición”.

El Museo Reina Sofía le ha devuelto las alas y ha recuperado la obra de esta artista clave de la Generación del 27 y de las vanguardias españolas de la primera mitad del siglo XX, en la exposición “Máscaras y compás” que puede verse en el museo madrileño hasta el 16 de marzo. La comisaria de la exposición, Patricia Molins, define la obra de Mallo como “un equilibrio entre geometría y emoción, razón y poesía”.Valiente y libre, no desistió ni por un momento en mantener su arte único y original durante toda su vida. Constantemente a la vanguardia de su tiempo, en lo artístico, en lo social y hasta en lo personal, Maruja Mallo abrió un camino que nadie más se atrevió a seguir.

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MUJERES QUE AVANZAN

Maruja Mallo no pinta mujeres bellas, pinta mujeres posibles. Creó imaginarios donde la mujer dejaba de ser objeto para convertirse en sujeto político, corporal y simbólico. “Las mujeres no solo queríamos estar: queríamos crear”, dijo. Las mujeres que habitan su pintura son fuertes, autónomas, deportivas, trabajadoras, a veces andróginas. Son mujeres que avanzan. Y en ese gesto de caminar, ocupar el espacio, mostrarse sin complacencia, reside gran parte de la radicalidad de su obra. Su vida es como su obra, y ella misma se convierte en protagonista de anécdotas transgresoras como entrar pedaleando hasta el altar mayor de una iglesia en plena liturgia y narrar la historia diciendo que las mujeres incrédulas pensaron de ella que era un ángel que había entrado. Tampoco se dejó encasillar: “por ser chica no se me puede colocar en el grupo de las pintoras, creo que la pintura es un arte andrógino”, expresó.

Los cuerpos que pinta Maruja no esperan, no seducen y no piden permiso. No responden al ideal femenino, suave y maternal. Son mujeres de rasgos duros, volúmenes rotundos con cierta ambigüedad de género. Se muestran categóricos, representan a la nueva mujer. Como La ciclista (1927) que elevada sobre el sillín avanza en bañador por la playa con la mirada resoluta proyectada en lo que tiene de frente, un culto al deporte como estética de la mujer liberada.

Su obra La mujer con la cabra(1927–1929)sintetiza esa visión de la mujer nueva. En el cuadro aparecen dos mujeres: una parada mirando por la ventana, desde el interior, en la casa, en lo doméstico. La otra, con un cuerpo rotundo, casi geométrico, avanza enérgica ocupando el espacio público, mirando decidida al frente, marcando espacio. Una alegoría de la emancipación de la mujer.

La mujer de Maruja Mallo es constructora del mundo. Es la fuerza generadora colectiva. De sus manos nacen las espigas, como en El canto de las espigas (1939)o peces. La mujer no sólo crea vida sino que la mantiene con su trabajo. Crea una mitología de la mujer tierra y la mujer mar.

En sus Cabezas de mujer(décadas de 1940 y 1950), los rostros aparecen frontales, casi hieráticos. Son mujeres robustas y fuertes, de expresiones serias y facciones geométricas. No sonríen. No coquetean. Existen. Cada cabeza es distinta, singular, el mestizaje confluye y enriquece. Mallo “desactiva el deseo masculino como eje de la representación” y propone una imagen de mujer autocentrada, pensante, autosuficiente. Mallo es un referente en ese proceso de emancipación de la mujer.

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UN ARTE NUEVO

A una humanidad nueva corresponde un arte nuevo, porque una revolución artística no se contenta solamente con hallazgos técnicos. El verdadero sentido que hace a un arte ser nuevo, integral, es, además de un conocimiento científico sólido y un oficio manual seguro, la aportación de una iconografía para una religión viva, para un nuevo orden. La función del arte abstracto es apoderarse de la nueva realidad, descubrir la naturaleza, todas las conquistas técnicas deben encauzarse hacia un orden universal.

La misión de las artes plásticas está en su integridad. El nuevo arte debe descubrir leyes, considerar la naturaleza como un todo. El artista debe ser un compendio de conocimientos, tiene que darse cuenta exacta del lugar que ocupa en el conjunto de los hechos naturales e históricos.

El arte es un compendio universal, tiene su historia en el tiempo, como la naturaleza, y representa el pensamiento de su momento. La naturaleza, los hechos históricos y el arte van unidos incesantemente.

(Maruja Mallo. Fragmanto de Maruja Mallo y el proceso de la plástica, recogido en el catálogo del Museo Reina Sofia sobre la Exposción de Maruja Mallo. Máscaras y compás.)

(*) Subdirectora de Mundo Obrero

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