Donald Trump, Cuba y el Guayabero

Trump soñó mucho con que sería suficiente para reducir a la obediencia a los cubanos meter un férreo bloqueo petrolero.
Marco Rubio y Donald Trump | Fuente: Molly Riley / The White House / Public Domain
Marco Rubio y Donald Trump | Fuente: Molly Riley / The White House / Public Domain

Todo el que ha visitado a Cuba sabe que desde tiempos inmemoriales en la isla se le dice “guayabero” al mentiroso y al que exagera las cosas, y a un artista muy popular se le conoció así por sus guarachas de doble sentido en las que se mofaba del figurado, del parlanchista, y parodiaba con hilarantes bromas el hábito de ser más cuando se es menos, y hasta de presidentes que se identifican con el gran Zeus.

Hace unos días, ante el público, como si estuviesen en un set de TV, Donald Trump y Marco Rubio comparecieron como si fuesen personajes de alguna de las guarachas de doble sentido de El Guayabero. Créanlo que es así. Nada de bromas. Algo muy serio.

Trump, con su persistente boca torcida para semejar una sonrisa tipo Chucky, el muñeco malvado de la pantalla, afirmó mirando a Rubio, parado a su lado y mirándolo con ojos enternecidos, que cuando termine la guerra en Irán (con lo cual admitió de paso que es de él y no de Israel cuyo inicio se lo quiere endilgar), se centrará en Cuba.

Le puso una de sus manchadas manos en el hombro al secretario de Estado anticubano, aunque hijo y de cubanos, y le dijo circunspecto: “Solo será cuestión de tiempo antes de que usted y mucha gente increíble regresen a Cuba». El aludido pretendió sonreír, pero solo esbozó una mueca, como si aquellos cinco dedos pesaran una tonelada cada uno y lo aplastaran contra el piso.

Junto a ellos dos estaban quienes ya Trump ha designado miembros del gabinete en La Habana cuando Rubio sea el presidente de la isla y su ejército invasor ocupe la isla en escombros desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio, sin cubanos a quien doblegar porque los más de 10 millones habrán muerto pues, según sus cálculos, todos lucharán bravamente hasta el fin de sus días, y ni perros deambularán por las calles.

Bueno, en realidad no cuesta dinero soñar, aunque a él le sobra si fuese necesario pagarlo. Por ejemplo, Trump soñó mucho con que sería suficiente para reducir a la obediencia a los cubanos meter un férreo bloqueo petrolero, reforzar las medidas económicas, comerciales y financieras propias de un bloqueo de seis y media décadas porque dijo, ahí no ha de nada. (Bueno, ahí se equivocó, porque a los cubanos les sobra lo que a ellos dos les falta tanto).

Además, para acabar de doblarles las piernas, que la gente muera de hambre, los niños enfermos por falta de medicinas, los adultos por numerosas epidemias por falta de vacunas o simples ingredientes químicos para acabar con los mosquitos transmisores de todo tipo de virus, y un colapso total por la paralización de la industria y el transporte, soponcios por el calor, la angustia por los apagones, estrés por encima de los límites que hagan estallar los nervios, y la infección por la acumulación de basura en cada esquina.

Su fértil cerebro imaginaba escenas de la época de Bocaccio en la Europa feudal comida por las epidemias de peste, muriendo en manada y los voluntarios, también salpicados de manchas de viruelas, arrastrando en parihuelas los cadáveres para quemarlos en hogueras en las esquinas y plazas, en un intento de frenar la propagación de la pegajosa enfermedad.

Su mano, extendida como los brazos mecánicos de robots, y colocada palma arriba debajo de la fruta —gozando mientras esperaba de forma ansiosa como los esquizofrénicos, que cambiara su color verde como la manzana el suyo cuando es cortada en partes—, se estremecía como chatarra caliente desprendida del torno, en espera del momento que se desprendiera de la rama.

La impaciencia por la demora lo perturbó, y su capacidad neuronal no fue suficiente para asimilar con qué material estaba abonado aquel árbol, que la fruta no se podría, sino que, por cada acción para madurarla, conseguía un resultado proporcionalmente inverso al propósito.

Fue allí que llegó a la gran conclusión de que el bloqueo no era la vía para que Rubio llegara a la presidencia de Cuba, y no le quedaba otra que ser drástico, y arrancar la fruta verde, aún cuando le parecía que, extrañamente, su pedúnculo era cada días más grueso y robusto.

Lo peor era que los cubanos lo escuchaban con tranquilidad, cada quien en su cola si sacaban pan, o había llegado a la bodega el chícharo y el arroz donado por manos amigas, algunas mujeres tejiendo, y los viejitos con sus gastadas jabitas casi vacías en sus trajinadas manos.

Eso le molestaba mucho porque no acababa de entender cómo personas en tal situación de pobreza y escasez de todo, fueran émulas de Juan sin miedo, y ni siquiera con el cubo de agua a punto de congelación, como fue el incremento de las medidas de bloqueo y más apagones, pudo, como sí pasó en la fábula, que entraran en pánico.

El mayor asombro lo sobrecogió cuando uno de aquellos en la cola del pan agarró una vieja latica y un palito y comenzó a tocar y cantar aquella famosa guaracha-son del Guayabero, “Mi son retozón” (El tren de la vida), mientras la gente que esperaba en la fila le hacían coro:

Es la vida un tren expreso/ Que recorre leguas miles/ El tiempo son los raíles/ Y el tren no tiene regreso./ En él se embarcan por eso/ El viejo, el nuevo y el serio,/ El vivo, el del Ministerio/ Y el tren a todos complace/ Y en las paradas que hace/ /Los deja en el cementerio.

En él se embarcan señores,/Premieres y mariscales,/Ministros y generales,/Reyes y emperadores;/Los Papas y los doctores/Potentados con dinero,/Cuando llega un paradero/

Que le llaman Camposanto/Allí les tiende su manto/De tierra el sepulturero.

¡Esto es Cuba, Chanito!, gritaban desde la cola mientras el improvisao cantor seguía repicando con el palo y la latica.

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