No comprendo por qué odian de esta manera a las Misiones.
Las Misiones no hacen más que educar.
Y a España la salvación ha de venirle por la educación.
Manuel Bartolomé Cossío
Sólo un mes y medio después de la proclamación de la Segunda República española, se creó el Patronato de las Misiones Pedagógicas, encargado de «difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural». Al frente del mismo se situó a Manuel Bartolomé Cossío, discípulo predilecto de Francisco Giner de los Ríos, antiguo profesor de la Institución Libre de Enseñanza y ex director del Museo Pedagógico Nacional.
No debe extrañar la urgencia con la que las autoridades republicanas quisieron hacer frente al atávico atraso cultural español, puesto que por aquellas fechas el país contaba con alrededor de seis millones de analfabetos, lo que suponía casi el 32% de la población.
Entre 1931 y 1936, más de doscientas Misiones Pedagógicas emprendidas por entusiastas maestros y maestras, así como por otras personalidades de la cultura, acercaron los libros, el teatro, las artes plásticas, la música y el cinematógrafo a centenares de localidades alejadas de los grandes centros urbanos. A su paso, un reguero de bibliotecas adscritas a las escuelas de los pueblos dejaba plantada la semilla del conocimiento.
Como señala Luis Alfonso Iglesias Huelga, en su imprescindible Manuel Bartolomé Cossío. El arte de educar, «los participantes en las Misiones Pedagógicas también sufrieron un gran proceso de adaptación ya que reconocen en sus testimonios que de su intención primigenia de ir a “civilizar” pasan a descubrir una España rural que les conmueve y de la que aceptan que tienen mucho que aprender».
Aunque en general los misioneros fueron bien acogidos por parte de las poblaciones locales, no faltaron los intentos de demonizar su tarea. Así, en un libelo titulado Una poderosa fuerza secreta: la Institución Libre de Enseñanza, las fuerzas reaccionarias llegaron a señalar que los libros de las bibliotecas populares fueron comprados en masa por «sectarios antiespañoles del Ministerio de Instrucción Pública, tratándose en gran parte de manuales de anarquismo, obras neomalthusianas o novelas revolucionarias, con las cuales se ‘ilustró’ a pobres campesinos que solo sabían leer».
Recientemente, dos autores andaluces, Enrique Bonet (Málaga, 1966) y Joaquín López Cruces (Granada, 1957), han alumbrado El otro mundo, un cómic cuya acción se desarrolla en el marco de la Misión llevada a cabo en la Alpujarra granadina entre los días 14 de julio y 1 de agosto de 1933. La historieta mezcla personajes reales, como los del poeta Antonio Sánchez Barbudo o el cineasta José Val del Omar, con otros puramente inventados al servicio del relato.
El guion corre a cargo de Enrique Bonet, quien se fogueó en los fanzines granadinos de finales de los años ochenta y colaboró con la mítica revista El Batracio Amarillo. Como autor completo desarrolló la historieta El juego de la Luna, un cuento sombrío, que luego conoció una segunda versión ampliada y dibujada en este caso por José Luis Munuera. De nuevo al frente en su totalidad de guion y dibujo, en La araña del olvido Bonet recuperó la olvidada figura de Agustín Penón y recreó la investigación que este llevó a cabo entre 1955 y 1956 sobre la detención y asesinato de Federico García Lorca.
Bonet muestra en El otro mundo el choque entre los participantes en la Misión y las fuerzas vivas del pueblo (alcalde, cacique y cura), que a través de sus partidarios intentan socavar el éxito de la empresa. La narración se articula a través de tres personajes femeninos: la maestra María, una niña abandonada a quien llaman la Tizná y el espectro de una vecina muerta.
Por su parte, Joaquín López Cruces cuenta también con una dilatada trayectoria como dibujante, en la que destaca el álbum Sol Poniente, un conjunto de relatos marcados por el signo trágico de la Guerra Civil. López Cruces es, asimismo, autor de las ilustraciones de los volúmenes publicados por Atrapasueños Y lo llamaban Carapapa, un relato y unas actividades en memoria de Miguel Hernández; Pasionaria, una leyenda que se podía tocar, con textos de Felipe Alcaraz; y Te llamo desde mi muro —Cuéntenles a sus hijos quién fue Marcos Ana—, escrito por Joaquín Recio.
El dibujante otorga una nota de color, en este caso el rojo, a los tres personajes femeninos que vehiculan la historieta, lo que les permite destacarse sobre los tonos apagados de los otros protagonistas. Es particularmente admirable su dominio sobre los cuidados fondos, paisajes y arquitecturas que conforman el ficticio pueblo en que se desarrolla la acción. Sin duda, la imagen escogida para la portada, esos rostros entusiasmados ante su primera visión de una proyección cinematográfica, compendia a la perfección el espíritu con el que ha sido concebido el libro.







