La pregunta de muchos estrategas y analistas especializados insiste en qué sentido militar tenía la decisión de Estados Unidos de bloquear con un despliegue de buques de guerra el estrecho de Ormuz, cerrado y controlado por Irán.
Y con ello, poner en riesgo las naves de su armada surtas a tiro de cohete desde las costas persas en los accesos a esa garganta marítima, la más custodiada y protegida por las fuerzas armadas iraníes.
Trump repitió en numerosas ocasiones que se trata de una maniobra para liberar Ormuz sin necesidad de ayuda de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ni de los aliados europeos y asiáticos, quienes rechazaron participar en ese presunto suicidio, entre otras razones, porque ya le había ganado la guerra a los islamistas quienes se habían quedado sin su Armada, desbaratada por el Pentágono e Israel.
Estrategia en el estrecho de Ormuz y presión militar
Por supuesto que todo era una mentira, un burdo montaje escenográfico bien arriesgado para EEUU porque, en cuestión de horas, podría perder todas las embarcaciones ancladas en áreas marinas muy controladas por la cohetería, la aviación y los drones iraníes.
Solo tenía un único respaldo para ello: el cese el fuego de dos semanas que Irán no violaría porque el país persa vio en las negociaciones debilidad y no fortaleza del adversario.
Las presiones externas, los fracasos con sus aliados, incrementaron los factores negativos de política interior y las condiciones de un avance hacia un impeachment, las fracturas dentro de su gobierno, incluida su base MAGA (Hacer a EEUU Grande, y los pronósticos al parecer irreversibles de una derrota en las intermedias de noviembre.
Ello con el agregado de una visión negativa del estadounidense promedio de sus relaciones con Netanyahu, le aflojaron tanto las tuercas de su andamiaje mesoriental, que se aceleró su urgencia de salir del atolladero en el que se había metido .Pero necesitaba que fuese de una forma honrosa, algo bastante difícil, y la única forma era tergiversando la realidad.
Al aceptar los 10 puntos de las condiciones persas para iniciar el diálogo —no la negociación— y decidir allí el curso de estas en la mesa del debate real, las piernas de todos comenzaron a flaquear porque quien acudía al encuentro en una posición de fuerza era Teherán, no Washington. Netanyahu fue el primero en rebelarse como una esposa regañona, y seguidamente Pete Hegsegth y Marco Rubio, quienes intuyeron que sus bardas empezarían a arder.
Estrategia en el estrecho de Ormuz y presión militar
De los 10 puntos, algunos son claves para el futuro de la guerra, como el cese total y permanente de las hostilidades contra Irán y sus aliados (Irak, Líbano, Yemen). Retirada de las fuerzas militares de EEUU de toda la región. Control continuo por parte de Irán sobre el estrecho de Ormuz, reapertura y establecimiento de protocolos de seguridad bajo coordinación iraní, además, reconocimiento explícito del derecho de Irán al enriquecimiento de uranio para fines civiles.
Lo importante es que Trump los aceptó aparentemente con el objetivo de ganar tiempo, no para proseguir la guerra pues le sería demasiado perjudicial mantenerla —ya no se trataba de ganarla o perderla, sino de ver quién resistiría más—, y en esa relación estaba en desventaja. Un mes más que durara el conflicto sería suficiente para la gran debacle de su gobierno. Lo más inteligente y productivo para él sería acabarla, pero no de cualquier forma, sino bajo la falsa visión de ganador.
La clara estrategia fue conseguir fabricar esa visión, y la solución la vieron en el punto uno que incluía a Líbano en el cese de hostilidades, al igual que a Irak y Yemen. Que Netanyahu formara una rabieta y cometiera un salvaje crimen de guerra y lesa humanidad al bombardear un centro urbano de Beirut y provocar en unos minutos 254 muertes, y otros cientos de heridos.
La reacción de Irán a la masacre fue cerrar nuevamente el estrecho de Ormuz y Trump y sus compinches vieron el cielo abierto para crear una atmósfera publicitaria tipo Hollywood con su pregón de bloquear esa garganta y proclamar que rompería definitivamente el control iraní de esa angostura tan fundamental para la economía y el comercio mundial.
El detalle más importante es que, a pesar de que la masacre perpetrada por Israel contra Líbano era más que suficiente para romper el diálogo y suspender ipso facto el cese el fuego provisional, Trump no lo hizo y evitó provocar que la iniciativa la tomara Irán como habían declarado sus líderes.
Negociaciones Irán-Estados Unidos y alto el fuego regional
Se evidenció que hubo un acuerdo con su socio sionista para que iniciara negociaciones separadas con Beirut y se aceptara un cese el fuego que le diera garantías a la Armada del Pentágono para mantener el bloqueo sin que fuera atacada y golpeada seriamente por los iraníes.
Mientras, negociaba en secreto su salida bajo la perspectiva de los 10 puntos iraníes, con las variantes que surgieran en el camino, pues para eso son las negociaciones, es decir, el tú me das y yo te doy, pues de lo contrario dejarían de ser negociaciones para convertirse en imposiciones y ese no era el asunto porque a Trump le hacía falta mejorar su posición en política interna y eso pasaba por el fin de su guerra en el golfo.
La estrategia parece estar funcionando, pues tras acordarse en Washington la tregua entre Israel y el Líbano —que fue lo que paralizó las negociaciones de Islamabad—, el ministro de Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, anunció que «en consonancia con el alto el fuego en el Líbano, se declara completamente abierto el paso de todos los buques comerciales a través del estrecho de Ormuz durante el resto del período de alto el fuego, por la ruta coordinada que ya anunció la Organización de Puertos y Asuntos Marítimos de la República Islámica de Irán».
Trump, como era de esperarse, no perdió ni un segundo e inmediatamente salió a la palestra a declarar su victoria porque obligó a Teherán a abrir el estrecho, y que en unos días llegarían a un acuerdo que confirmaría su triunfo, mas, todo es mentira. Aunque parezca contradictorio, que no lo es, todo esto confirma que el estrecho de Ormuz no se abre por la vía de la guerra, sino de la paz.
La procesión va por dentro y Trump siente, parodiando el son cubano, el dolor profundo de su partida, y llora lágrimas negras como su vida, por el enorme fracaso sufrido en Irán que lo marcará por siempre.
“Donald Trump, el enterrador del imperialismo yanqui”, podría muy bien ser el epitafio de la lápida simbólica que algún día, más temprano que tarde, aparecerá en los anales de los testamentos que se escriben hoy y se leerán mañana, como se escribieron ayer, antes y después de Cristo, en las mismas tierras que han vuelto a ser escenarios de renovadas definiciones pretéritas. Tal como en aquellos milenarios tiempos cuando los religiosos monoteístas compartían como seres humanos y racionales y en armonía y paz, ideas y territorios, más allá de sus creencias.






