Fue una casualidad que viera la película de Nanni Moretti, “El sol del futuro”, en el 35 aniversario de la fecha en la que se disolvió el partido comunista italiano, el 3 de febrero de 1991. En un congreso en el que aquel poderoso partido se hizo el harakiri, y causó un trauma a toda la Italia revolucionaria, a la de los viejos partisanos, y a la de los jóvenes rebeldes. Una decisión que yo consideré no sólo un grave error, sino que aparentaba que no decíamos la verdad. Fue una cuestión italiana pero que salpicaba a todos los que habíamos compartido con ellos la aventura de la búsqueda de un modelo nuevo de socialismo, un socialismo en libertad, que también se llamó eurocomunismo. Un camino que empezó a labrarse tras la intervención de la URSS en Checoslovaquia en 1968, que una serie de partidos comunistas, entre ellos el PCE y el PCI, condenaron. Una intervención que definía el concepto de soberanía limitada, por el que debían conducirse los países del llamado socialismo real. Praga se “normalizó” llevando a Dubcek, el líder comunista de aquella primavera, a Moscú, para dictarle lo que debía hacer. Una “normalización” que me recuerda, en otra dirección, a la que los EE.UU. realizan ahora en Venezuela. Carrillo dijo que si él hubiera sido Dubcek, habría resistido con las armas a los tanques. Ese nuevo camino tenía como estandarte que no entendíamos el socialismo sin libertad, que el socialismo debía ser una sociedad más libre y superior al capitalismo en todos los aspectos, también en el democrático, y que ya no admitíamos modelos de obligada obediencia como el soviético. Si ese era nuestro camino, al disolverse el PCI tras la caída del comunismo en el Este, copiando las mutaciones que allí realizaban los partidos comunistas, rebautizándose en muchos casos como socialistas, estaba mandando al mundo el mensaje de que no era verdad aquel camino autónomo (aunque no fuera así), y ese mensaje de falsedad emanada desde el más poderoso partido comunista de occidente, nos contaminaba a los que éramos sus compañeros de viaje. Se le podría decir a aquel PCI que carecía de internacionalismo, al no pensar en las consecuencias de sus actos para los demás.
Éstos eran los efectos de ver la película en esa fecha. Moretti, reclama de otra manera esto que acabo de decir, la vía propia al socialismo, y para provocar un debate más profundo no sitúa el cisma en Praga del 68, donde esa autonomía ya se dio, sino en la revuelta popular de 1956 en Budapest. Entonces esos hechos no contaron con la simpatía de los comunistas occidentales, ni de italianos, ni de franceses, ni del PCE; aún perduraba la resistencia a criticar cualquier acción de la URSS, y, de acuerdo con la interpretación soviética, el movimiento húngaro fue tachado de contrarrevolucionario, y por tanto reprimible. Moretti cuestiona este análisis y sitúa allí un error iniciático, con la pérdida de un tiempo precioso para afianzar la autonomía.
Creo que no interpretamos bien, ni entonces ni ahora, lo que pasó en aquella implosión del Este. El comunismo occidental no se dio cuenta de que en el primer momento de las movilizaciones contra los regímenes del socialismo real, no había una pretensión de restauración capitalista, sino de mejorar el socialismo, haciéndolo más democrático. Eran movimientos que no querían ir al capitalismo, buscaban una tercera vía, criticaban la burocratización, la falta de democracia, pero defendían sus conquistas sociales, en sanidad, trabajo, educación. No se entendió eso, se pensó que eran traidores, y no se les ayudó. Trayendo estas ideas a la actualidad, pienso que uno de los factores que nos impiden crecer electoramente, es el de la falta de un modelo. Criticábamos a aquellos países con razón, pero eran países que construían otra sociedad, países cercanos, europeos, desarrollados, y en la suma de sus insuficiencias con nuestra crítica, se forjaba un esbozo de otra sociedad posible. Ahora no lo hay. Y por eso, en los mejores momentos alcanzamos apenas un diez por ciento de votos, que es el del sector de soñadores que permanece firme; pero la falta de algo plausible, de un socialismo donde las cosas funcionen, no nos permite crecer; porque China, Cuba, Vietnam, tienen otras herencias culturales que los alejan como modelo.
Moretti imagina, en un hermoso final, que Togliatti y el PCI rompen en ese 1956 con los soviéticos, lo que permite construir en Italia la utopía de Marx y Engels, así, con este texto escrito en pantalla termina, dando cierre a una manifestación enorme de gentes distintas con banderas rojas, mostrándonos todo lo plural que unió aquel partido comunista italiano, y a la vez todo el potencial perdido. Es una reclamación de aquel PCI, que era diverso pero era comunista, lo que significa mantener la lucha por una sociedad no capitalista. Decía otro cineasta, Ettore Scola, en aquel debate en el que el PCI se inmoló, que se mostraba como un partido cansado, que ya no tenía ganas de luchar por aquello en lo que creía.








