Novela gráfica

Formentera, 1940

Ante nuestros ojos desfilan las penalidades de los reclusos, uno de los mejores retratos de la vida carcelaria bajo el franquismo.
Y UN DÍA. FORMENTERA 1940. Víctor Escandell, Vicent Ferrer, Carles Torres, Antoni Ferrer. Editorial La oveja roja, 2025
Y UN DÍA. FORMENTERA 1940. Víctor Escandell, Vicent Ferrer, Carles Torres, Antoni Ferrer. Editorial La oveja roja, 2025

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.
Marcos Ana

Dicen que fue Máximo Cuervo, primer director general de Prisiones con Franco, quien ideó el cínico lema que debía figurar en el frontispicio de los establecimientos penales: «La disciplina de un cuartel. La seriedad de un banco. La caridad de un convento». Testigos oculares aseguran que este cartel presidía la entrada a la colonia penitenciaria de Formentera, que llegó a albergar un total de 1.453 reclusos entre 1940 y 1942.

Los ecos de la existencia de este presidio pronto fueron extinguiéndose, debido en parte a su temprano desmantelamiento y reconversión en una instalación militar. Pero la memoria de los 58 muertos que fueron enterrados anónimamente en el cementerio de San Francesc, así como el hambre, las enfermedades y la humillación por los que pasaron cientos de personas condenadas por el supuesto delito de «auxilio a la rebelión», han devuelto el significado a las piedras derruidas, los barracones abandonados y las alambradas desvencijadas.

Y esto lo ha logrado el trabajo en equipo de cuatro personas (un historiador, dos guionistas y un dibujante) decididas a contar la historia de la Colonia penitenciaria de Formentera usando el lenguaje del cómic. Es verdad que existían antecedentes literarios que mencionaban este penal, como la novela Balada de Juan Campos, de Gonzalo Torrente Malvido, o la obra póstuma de Joaquín Maurín, En las prisiones de Franco, y más recientemente el documental Nosaltres els vençuts, de Antoni Maria Thomàs, pero el libro de historietas Y un día: Formentera, 1940 ha puesto de nuevo el foco sobre una de las siniestras instituciones represivas del primer franquismo.

Resulta decisiva, en primer lugar, la aportación del historiador Antoni Ferrer, que abandonó su especialización en estudios medievales cuando recibió el encargo de realizar un estudio de viabilidad para la exhumación de las víctimas mortales enterradas en las fosas del cementerio de San Francesc. Gracias a su empeño contamos con un corpus de artículos sobre la colonia penitenciaria publicados en revistas especializadas, que dotan de rigor y veracidad al conjunto del cómic.

No menos importante es la tarea de los guionistas, Vicent Ferrer y Carles Torres, que —siguiendo sus propias palabras— no han buscado contar la historia del penal de Formentera, «sino una recopilación de historias en el penal: interacciones imprevistas entre personajes, corrientes de solidaridad y empatía… Historias minimizadas y aplastadas por la gran Historia».

Ante nuestros ojos desfilan las penalidades de los reclusos reflejadas en quince pequeñas escenas, más un prefacio, que en realidad conforman todas ellas juntas un único fresco, uno de los mejores retratos de la vida carcelaria bajo el franquismo, con permiso del magnífico cómic Cuerda de presas, de Jorge García y Fidel Martínez.

En el capítulo «Tránsito» vemos un atisbo de lo que después se ha conocido como «turismo penitenciario», impulsado por Máximo Cuervo, que consistía en el traslado constante de presos políticos entre diferentes cárceles de España. Esta práctica buscaba desarraigar a los detenidos, dificultar las visitas familiares y aumentar su sufrimiento psicológico. No debemos olvidar que una buena parte de los reclusos en Formentera provenían de provincias peninsulares como Badajoz, Murcia o Alicante.

La vida cotidiana en la colonia penitenciaria era una constante suma de padecimientos, de lo que se da testimonio en episodios como «Comer», donde el hambre hace que los penados lleguen a disputar la comida que se da a los cerdos; «El obispo», con esa constante e infructuosa lucha nocturna contra las chinches; o la humillación a la que son sometidas las familias que comunican con los presos, lo que sufren especialmente sus mujeres, tal como se narra en «Visitas».

Una mención final debe corresponder a la parte artística exquisitamente realizada por Víctor Escandell, hijo de otro gran dibujante, Joan Escandell. El propio Víctor Escandell reconoce que ha encontrado inspiración en maestros de la historieta como Alberto Breccia o Dino Battaglia a la hora de concebir la identidad gráfica de los personajes y de un entorno que los encierra por partida doble: en el interior de la alambrada y dentro de las propias viñetas. Su estilo realista utiliza sabiamente una bicromía creada a partir de dos tintas, negro y ocre, que junto con el blanco del soporte en papel, la «tercera tinta», conforman lo que él define como «una línea dura, radical y de grandes contrastes, potenciando la abstracción del estilo».

Otra de sus fuentes de inspiración es la estética de los carteles de la Guerra de España, llenos de composiciones constructivistas y cuerpos robustos. Escandell indica que ha magnificado los torsos de sus personajes como medio para «transfigurar la realidad de sus cuerpos y, así, dignificarlos». De esta manera el cómic rinde el mejor homenaje posible a las víctimas del horror.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.