El mundo celebra este 9 de mayo la histórica victoria del Ejército Rojo soviético hace 81 años sobre el nazismo hitleriano, y ya es tiempo más que suficiente para que los europeos reflexionen y reconozcan sin rencores que sus antepasados y las actuales generaciones, han vivido casi un siglo en una paz relativa gracias a los 26.6 millones de soviéticos que murieron para librar a la humanidad del fascismo.
Es muy triste, sin embargo, que los descendientes de aquellos europeos que murieron bajo las botas de las SS, de los bombardeos de los aviones de la Luftwaffe y su salvaje blitzkrieg, estimulen con su apoyo irracional a los neonazis de Ucrania que harían cualquier cosa por resucitar a Adolfo Hitler y volver a convertir en ruinas al viejo y culto continente.
El Ejército Rojo y la derrota decisiva del nazismo
Sin embargo, lejos de buscar una salida racional al conflicto inducido por el gobierno de Estados Unidos que lo provocó al bloquear todos los caminos pacíficos a un diálogo factible para llegar a un entendimiento justo, lo taponean y complican.
La verdad hay que aceptarla. A las pocas horas de la claudicación nazi el 8 de mayo de 1945 —cuando más de siete millones de soldados soviéticos lucharon para liberar a pueblos europeos del régimen fascista—, ya los usureros de Estados Unidos, que no recibió en su territorio ni un bombazo y se enriqueció chupándole dinero con la venta de armas, estaban ordenando la toma económica y financiera del agotado continente, mediante el Plan Marshall de post guerra que los esclavizaría hasta hoy.
Austria, Albania, Bélgica, Dinamarca, Grecia, Luxemburgo, Noruega, los Países Bajos, Polonia, Francia, Italia, Checoslovaquia y los balcánicos de la antigua Yugoslavia, debieran estar agradecidos de que Rusia los liberara de la ferocidad nazi, y los de Hungría, Rumanía, Bulgaria y Finlandia, recuperaran su independencia gracias a Moscú.
Y mientras las grandes victorias las cosechaba el Ejército Rojo sobre sus millones de muertos, Estados Unidos y Gran Bretaña se confabulaban pensando desde antes de la claudicación de Hitler cómo convertir a la URSS en el enemigo de Europa, no en su salvador. Pero en ese momento no podían hacer nada para ocultar las grandes victorias soviéticas desde el otoño e invierno de 1942 cuando marcaron una ruptura fundamental en el curso de la guerra.
En esos tiempos la URSS inicio la liberación de Ucrania que se concretó entre el invierno de 1943 y la primavera de 1944 con una gran contraofensiva que hizo sucumbir a las tropas alemanas mientras paralelamente iban dibujando con sangre y coraje la de Europa, que le costó la vida a más de tres millones de sus soldados.
Ucrania, OTAN y el nuevo conflicto geopolítico europeo
Lamentablemente, las células nazis se enterraron como topos en territorio ucraniano, y desde aquel mismo momento empezaron a organizarse para enfrentar a los rusos y entorpecer la solución de lo que Stalin había denominado conflicto de nacionalidades entre las repúblicas de la unión.
Cuanto más se acercaban los grupos de asalto soviéticos al centro de Berlín, más se confabulaban Washington y Londres contra Rusia, en especial cuando los soviéticos, emprendieron un asalto decisivo contra el Reichstag, los soldados de las SS y de la Wehrmacht ya estaban vencidos, y la bandera roja fue colocada sobre el edificio. Las fuerzas aliadas intervinieron para que la capital no quedara en manos de los vencedores, y fuera dividida en partes.
La URSS fue el factor decisivo en la derrota del fascismo por el simple expediente de que soportó el 80% del ataque alemán con episodios gloriosos que no registró ningún aliado, logrando hitos clave como Stalingrado y la toma de Berlín en mayo de 1945. Estados Unidos, con ayuda de Hollywood y sus medios de comunicación, pasó años tergiversando y dramatizando hechos como el desembarco de Normandía en agosto de 1944 para presentarlos como puntos de inflexión decisivos que, según su publicidad, llevó a la victoria aliada en Europa, escamoteando el mérito del Ejército Rojo.
Es curioso cómo conspiraciones pretéritas se repiten, o quizás se tomen de modelo, como sucedió con la Ucrania actual entre los presidentes de Estados Unidos, Joe Biden, y el canciller de Alemania, Olaf Scholz, principales inductores de una guerra que no debió de existir si se hubieran sentado a la mesa de negociaciones con Vladimir Putin, reexaminar los acuerdos de Minsk sobre el Donbás, aceptar la responsabilidad de la Unión Europea en el golpe de Estado de febrero de 2014 en Ucrania al presidente Víktor Yanukóvich, y asumir las consecuencias con el renacimiento del nazismo en el país.
Ambos, Biden y Scholz, sostuvieron una reunión en Washington con la intención aparente de enviar a Rusia y China un mensaje de “alianza confiable” en el caso de Ucrania. El encuentro fue muy importante, no tanto por lo que ambos gobernantes declararon a la prensa, sino porque se realizó unos pocos días después de otra de mucho mayor envergadura en Beijing entre el líder chino Xi Jimping, y Putin.
Se trataba, en los hechos, de una ronda de negociaciones inéditas, con la característica de que los planetas no estaban alineados y giraban dentro de órbitas muy específicas alrededor de Ucrania dando la falsa apariencia de que era el centro del sistema de esa rotación cuando Kiev era solamente el punto que la motivaba.
En realidad, lo que estaba en debate en torno a Ucrania eran los términos de un equilibrio estratégico en Europa que atañía al mundo entero y que involucraba un nudo de contradicciones entre lo nuevo que surge y lo viejo que fenece.
Lo trascendente fue que se evidenció la posibilidad de que las posiciones antagónicas no fueran irreconciliables para intentar impedir una guerra y no llegar a extremos sin marcha atrás. Pero ya ambos, en particular Biden, estaban induciendo al Kremlin a ordenar una operación militar especial por la amenaza de un avance de la OTAN hacia el este, arrebatar el Donbás, cercar a Rusia y mantener a raya a China.
La analogía con los finales de la segunda guerra está en que, al analizar los mensajes de las reuniones de Biden y Scholz, por un lado, y los de Xi y Putin, por otro, daba la impresión que regresábamos a Yalta en 1945 cuando los estertores del fascismo hitleriano aconsejaron una reunión de los tres grandes para decidir el futuro de Europa y del mundo.
La memoria histórica que Europa y Estados Unidos disputan
Lo triste de aquel memorable momento de principios del año 1945 fue que casi ninguno de los acuerdos entre Josef Stalin, Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill se cumplieron y, en los hechos, allí mismo dio comienzo la guerra fría que se mantuvo hasta la caída del muro de Berlín.
Yalta, como se sabe, tuvo en buena medida un final muy cercano a lo que tramaron dos días antes, el 2 de febrero de 1945, en La Veletta, capital de Malta, Roosevelt y Churchill, para rechazar las posibles peticiones de Stalin, una vez que cayera el III Reich.
Esto quedó confirmado pocos meses después cuando los líderes se reunieron en Potsdam del 17 de julio al 2 de agosto de 1945 y se constató que Londres y Washington no cumplieron los acuerdos de Yalta. La situación estaba clara: en Yalta Stalin partía con ventaja puesto que el Ejército Rojo estaba a solo 70 kilómetros de Berlín, y ocupaba casi toda Europa Oriental.
En cambio, los aliados occidentales retrasaron su avance hacia el Este tras la batalla de las Ardenas, que tuvo lugar entre diciembre de 1944 y enero de 1945.
El filósofo griego Heráclito de Éfeso decía que nadie se puede bañar dos veces en la misma agua de un río, pero nada tan parecido a Yalta 1945 que Washington 2022 con la reunión de Biden y Scholz contra Putin a quien empujaban a la guerra.
Hasta dónde llegó el compromiso de Scholz con Biden al respecto es una buena pregunta, pues el alemán no se abrió mucho con los periodistas cuando indagaron si compartía el criterio de su anfitrión de destruir el gasoducto Nord Stream 2 (como más tarde lo sabotearon) si el Kremlin decidía atacar a Ucrania. Él sabía que un ataque a Ucrania no dependía solamente de Moscú ni de Kiev, y allí estaba en juego lo que deseaba ambos que hicieran los rusos.
Las intenciones de Europa, representa por Alemania, y de Estados Unidos, por Biden, quedaron al descubierto en el comunicado conjunto difundido tras la reunión en Beijing de Xi y Putin en el que se oponíann a “ciertos países, que siguen obstinados en promover el unilateralismo”, y “socavan los intereses de otros Estados, además de crear fricciones y enfrentamientos, lo cual frena el desarrollo”.
Y advertían a Washington y la OTAN: hay un apoyo recíproco en los temas de máximo interés de cada parte. Beijing rechaza cualquier ampliación de la OTAN hacia el este y Moscú la alianza de Washington, Londres y Canberra en el espacio de Asia-Pacífico. No había medias tintas. Era el súmmum de la situación creada en torno a Ucrania que ha llegado a este 9 de mayo de 2026.
¡Qué curioso! A los 46 años de derrotado el fascismo, en 1991 ideólogos estadounidenses proclamaron con la desintegración de la URSS el triunfo definitivo de Washington en la II Guerra Mundial, porque para ellos no concluyó en 1945 con la toma de Berlín por el Ejército Rojo, sino con el supuesto fin de la guerra fría, simbolizando así una espectacular victoria del hegemonismo.
Sin apenas darse cuenta, el mundo vio de improviso cómo se iban desmoronando los factores de equilibrio que condujeron a la guerra de Ucrania y sirvieron de caldo de cultivo para que un maniático narcisista tomara por asalto al pensamiento racional y pusiera al mundo como en los finales de la década del 30 del siglo pasado, pero en una espiral más peligrosa que la de Hitler por la presencia nuclear que el führer por suerte no tuvo.
Es importante celebrar este 81 aniversario de la derrota del nazifascismo gracias al Ejército Rojo, rendirles homenaje a los 26 millones 600 mil soviéticos que murieron por culpa de aquel fanático esquizofrénico, pero muy atento a las jugarretas de la vida que está reproduciendo como al calco desde el 28 de febrero de 2026, los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial con las acciones expansionistas de Hitler de 1936 a 1939.
Recordemos solo algunos: Hitler comenzó a insultar, denigrar, burlarse y poner a prueba a líderes políticos, organizaciones e instituciones democráticas de potencias occidentales como Francia y Gran Bretaña. Aplicó una política exterior agresiva e insultante y no ocultó el objetivo de lo que llamó “recuperar territorio” ajeno, y expandirse.
Remilitarizó la Renania, violando el Tratado de Locarno y afianzó su poder mediante una visión extraterritorial. Buscó la anexión de Austria y los Sudetes en Checoslovaquia, violó el Pacto de Múnich, destrozó el orden mundial, irrespetó el derecho internacional, ocupó el resto de Checoslovaquia, y cuando ya se creía invencible, el Zeus del universo, preparó un montaje para la invasión, conocida como la «Operación Himmler».
La Guerra Mundial estalló el 1 de septiembre de 1939 con la invasión de Polonia. No parece que sean cosas de hace 87 años, sino de ahora, ¿verdad?







